Imagine Dragons — Demons
2012, ago. | australia, sydney
Vanna;
Sentirme perdida en mi propia cabeza a veces se sentía como en las películas de terror, cuándo un grupo de adolescentes imbéciles entraban a la casa embrujada y después ya no podían escapar. Pasas el tiempo pegado a la pantalla, intentando anticipar cuál será el próximo movimiento, para intentar no asustarte, pero no tiene sentido, pasará de todas formas.
Mi cabeza era como eso: una casa embrujada llena de fantasmas que no quieren irse. Mi primer fantasma era un progenitor cobarde, que volvía la vida de su hija mayor, usándola como vía para un regreso a la vida del resto de sus hijos. Hijos que ya no le pertenecían, por supuesto. Mi lealtad, como la de mis hermanos, incluyendo a Gigi, estaba con Henry Grant, mi padrastro. Porque a veces, la paternidad era eso: quedarse, y cuidar.
¿De qué me servía a mí un padre que no había sido nunca capaz de empatizar con lo que sentíamos? Su deseo de irse fue más fuerte que el deseo de cuidarnos, de protegernos. Mis hermanos varones tuvieron que aprender por su cuenta lo que significaba ser caballeroso, ser protector, saber cuidar, saber tener un detalle. Y nosotras, las hijas mujeres que Lucio Giordano había tenido, tuvimos que esperar años para saber lo que se sentía tener unaa figura masculina que si tenía ganas de ser padre.
Yo no iba a permitir que volviera, no. Pero no podía evitar que su fantasma rondara por mis recuerdos.
Mi segundo fantasma era yo misma. O bueno, una parte de mi misma. Una parte de mi persona que no podía abrir su corazón, su mente, por más que intentara. Ethan me amaba, o al menos eso decía. Y siempre me recordaba lo mismo: que yo nunca lo decía. Pero, ¿cómo puede mentir una persona sobre algo como eso?
El amor era algo banal aquellos días, la gente realmente no siente lo que dice, ni se responsabiliza por lo que hace. Si alguien ve que sientes cosas que se supone que no deberías sentir, no te lo dicen. Prefieren hacer estallar la situación cuándo tienes el corazón en la garganta, las manos temblando, la mente hecha un torbellino, esperando que decidan que quieren hacer las cosas bien. Y estás ahí, esperanzada, rogando y aferrándote a esa pequeña parte que te dice que sí, que va a salir bien. Pero es mentira, porque nunca sale bien.
Hay muchos que aún creemos que decir lo que sentimos de una sola vez, intentando dejar las cosas claras, es una opción que arreglará todo, pero no. Nunca arregla nada. La gente se asusta con la honestidad. Quieren libertad, pero no demasiada. Quieren que los quieran, pero no tanto, porque así podrán huir a tiempo, cuándo todo se ponga muy serio. Piden un amor intenso, pero huyen cuándo ven que debe ser recíproco.
¿Cómo puedo decirle a alguien que lo amo si ni siquiera yo sé si me amo a mí misma? Eso me hacía una mala persona, y no mencionar que también era una pésima novia. Pero yo no quería salir con Ethan en primer lugar. Lo hice por un amigo, y luego me gustó que no fuera tan idiota, pero ya amarlo… No sé.
No podía mentirle, igualmente. Sabía que lo que estaba haciendo estaba mal, tenía que hacerme responsable por eso, pero peor hubiera sido si yo le hubiera mentido que sí, que si lo amaba.
Mi tercer fantasma tenía nombre, apellido, rostro y era partícipe de todos los recuerdos felices que yo tenía de mi adolescencia: Liam Hawthorne.
En él, este fantasma tomaba forma de culpa. Culpa por todo. Por lo que me dijo, por lo que no me dijo, por lo que dejó morir, lo que se animó a soltar, y lo que aún sostenía. Yo sentía que no me dejaba ir, no me soltaba, y yo a él tampoco. Los dos tirábamos tan fuerte de una soga que nos hacía doler las manos, y nos provocaba yagas.
En mi casa embrujada, cada fantasma tenía su hábitat. A veces estaba en una, a veces en otra. A veces, como en aquel momento, decidían juntarse y era más de uno en una sola habitación, y yo tenía que escucharlos a todos al mismo tiempo.
Pero Liam… Liam no. Liam tenía su propio cuarto, lleno de pósters de bandas, de instrumentos, de luz. Ese cuarto, con su nombre en la puerta, era el más hermoso de aquella casa embrujada. Pero estaba cerrado con llave. Una llave que escondía en lugares raros, porque así me costaría encontrarla para volver a entrar. Era muy difícil salir cuándo yo estaba ahí adentro.
A veces, cuándo era de noche y miraba el techo, mi mente paseaba por esa casa, e iba directamente a ese cuarto, pero intentaba no entrar. Lo rodeaba, caminaba de un lado a otro pasando frente a la puerta, hacía ruidos, pero nunca lo abría del todo, porque era como una perdición.
Para mí entrar ahí era como acercarme un paso a admitir la verdad, una verdad que me hundía y me hacía sentir el peor ser humano del mundo entero. Yo no podía amar a Ethan, porque seguía enamorada de Liam. Y creo que sería para siempre.
Y la culpa no era de él, era mía. No podía controlar como era él, y tampoco sabía como controlar quién era yo cuándo estaba con él.
Esa noche, en el cumpleaños de Gusti, la anécdota no había sido tan divertida como los años anteriores. No, no había sido divertida para nada. Cuándo dijo que había estado enamorado de mí toda su vida… “Tu tienes lo que yo siempre quise.” Esas fueron sus malditas palabras.
¿Por qué esperar tanto? ¿Por qué esperar a que yo me alejara un poco para darse cuenta de que sí me quería? ¿Por qué no hacer coraje antes, cuándo tuvo la oportunidad? Tuvo millones de oportunidades, en realidad, y jamás hizo nada. Y cuándo descubrí que no debía esperarlo para siempre, ahí se dió cuenta de que me quería.