I. Sydney | Homeless

| capítulo catorce; un amigo |

Kodaline — Brother

2012, ago. | australia, sydney

Vanna;

Apagué el teléfono al escuchar que sonaba otra vez. La luz de la luna entraba por la ventana de mi cuarto, alumbrando así la panza de Puerca, que dormía en el suelo, a los pies de mi cama. En la televisión se seguía reproduciendo Los Palacios Escondidos en Praga: La Maldición de la Corona, aunque ya no veíamos ni prestábamos mucha atención.

Si había algo que yo amaba de mi hermana, era que se trataba de la persona más demostrativa del universo, y ni hablar de lo familiera que era. Si yo le decía que no estaba bien, era capaz de tomarse un avión esa semana para verme aunque fuere dos días, antes de volverse a Europa con Gusti, que ya debía volver a los entrenamientos.

Apenas pude moverla cuándo me dí vuelta entre las colchas. Me acomodé en su abrazo para poder seguir durmiendo con la misma sensación de calma que había sentido toda la noche, cuándo escuché mi teléfono sonar otra vez.

Me quejé, y me enderecé apenas. Me froté los ojos, mientras sentía el frío que me recorría la espalda y se colaba entre las sábanas.

Levanté el teléfono, y respondí con los ojos cerrados:

—¿Sí?

—¿Vanna? ¿Estabas despierta? —escuché a Cam.

—¿Sabes qué hora es?

—Sí, yo… perdón por llamarte a esta hora pero… No sabía… no sé…

Su voz sonaba extraña, como si hubiera estado llorando.

—¿Estás bien? —pregunté, sintiéndome de repente más despierta.

—No, yo… Yo… No sé…

—¿Te pasó algo?

—Yo… peleé con mi mamá y… estaba muy molesta y… y dije cosas, Vanna. Cosas horribles.

Escuché un auto pasar de fondo.

—¿Dónde estás? —pregunté, bajando los pies de la cama.

—Estoy… estoy en la reserva.

—Son las tres de la mañana, Cam. ¿Qué haces en la reserva?

—Yo… me fui de casa.

—¿Qué? —me puse de pie.

—Sí, yo… no sé a dónde ir y…

—Quédate ahí, iré a buscarte —caminé por mi cuarto, intentando hacer el menor ruido posible.

—No, Vanna. No quiero que… no sé que hacer y… Eres la única persona a la que puedo recurrir ahora, pero no, no quiero que te molestes, yo…

—Cameron —lo corté, tomando mis zapatillas de un estante —, voy a matarte si me despertaste para decirme que no vaya. ¿En que parte estás?

—Yo…

—¿En que parte estás?

—Te espero cerca del Mc Donald’s.

—De acuerdo.

Corté el teléfono antes de que dijera nada más. Me puse mis zapatillas como pude, y no llegué ni a atarme los cordones. Salí de mi cuarto casi en silencio, lo que era muy complicado con Puerca siguiéndome para todos lados.

Crucé el pasillo apresurada y me metí al cuarto de mis hermanos. Enzo estaba boca arriba, con la boca abierta, roncando como si estuviera disputando un campeonato mundial de “quién respira más fuerte”. Gusti, en cambio, dormía boca abajo, abrazando una almohada. La luz azulada del televisor parpadeaba sobre sus caras, dándoles ese look de cadáveres en escena del crimen.

—Enzo… —susurré, acercándome a su cama.

Nada.

Literalmente nada. Ni una ceja se le movió.

—Enzo… —repetí, esta vez empujando su hombro.

El muy muerto respiró hondo y se dio vuelta, dándome la espalda.

—Dale, la concha de tu madre… —murmuré entre dientes. Lo empujé con más fuerza —¡Enzo, despertate!

—¿Qué te pasa, enferma? —dijo, sin abrir los ojos —¿Qué hora es?

—Las tres —susurré, mirando hacia la puerta para asegurarme de que no se despertara nadie más—. Necesito que me digas donde dejaron las llaves de la camioneta.

—¿Ahora? —frunció el ceño, como si yo fuera la loca —¿Por qué?

—Cam está en la reserva. Se fue de su casa.

La expresión de Enzo cambió de inmediato. Se incorporó un poco, todavía con la mitad de la cara hundida en la almohada.

—¿Está bien? ¿Dónde mierda está?

—En el McDonald’s. Voy a buscarlo.

—Voy.

—No, no —negué rápido—. Dormí. Yo voy y vuelvo.

Enzo me clavó esa mirada de hermano gemelo de la misma edad, que igualmente se cree mi padre.

—A las tres de la mañana no vas a ir sola a la reserva.

Me quedé callada un segundo. Era inútil discutir con él. Si yo era cabeza dura, él era peor.

—Bueno —cedí—. Pero movete.

Enzo asintió, se levantó de un salto que no entendí cómo no lo mató, y empezó a buscar una campera en la oscuridad. Gusti seguía dormido como si nada, ajeno a todo, con la boca abierta contra la almohada. Me estiré y le saqué el buzo que tenía a los pies de la cama, pensando que me moriría de frío. Era blanco, y tenía una estampa bordada en dorado de las Islas Malvinas.




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