Jonathan Mercer despierta con frío.
No es el frío del invierno ni el que entra por una ventana mal cerrada. Es un frío clínico, sin matices, que parece salir de las paredes mismas.
Abre los ojos lentamente.
El techo es blanco. Demasiado blanco. Sin molduras, sin imperfecciones, sin la lámpara moderna que recuerda haber instalado en su habitación meses atrás.
Parpadea.
Se incorpora con esfuerzo y la sensación lo golpea primero en el cuerpo: pesa. Cada movimiento es lento, torpe, como si los músculos no respondieran con la precisión habitual.
Respira hondo.
El aire huele a desinfectante.
No a madera, no a café recién hecho, no al perfume suave de su esposa.
Desinfectante.
Se sienta al borde de la cama y observa la habitación. Una mesa pequeña. Una silla metálica. Una cortina beige demasiado corta. Una puerta cerrada con una placa plástica que indica un número.
No reconoce nada.
Se lleva la mano al rostro.
La piel no se siente igual.
Se levanta con dificultad y avanza hacia el espejo pegado a la pared.
Y entonces lo ve.
El hombre que lo observa no tiene cuarenta y cinco años.
Tiene más de ochenta.
El cabello es escaso, completamente blanco. Las mejillas hundidas. La piel surcada por líneas profundas que no estaban allí anoche. Los ojos, aunque reconocibles, están rodeados de un cansancio antiguo.
Jonathan retrocede un paso.
Niega con la cabeza.
—No —susurra.
Cierra los ojos con fuerza, como si eso pudiera corregir la imagen. Cuando los abre, el anciano sigue allí.
Levanta la mano.
El reflejo la levanta también.
Tiembla.
La puerta se abre sin previo aviso.
Una mujer de uniforme entra con expresión tranquila, seguida por un hombre mayor de caminar pausado.
—Buenos días, Jonathan —dice la mujer con voz entrenada para la paciencia.
Jonathan la mira como si estuviera observando a una extraña en su propia casa.
—¿Dónde estoy?
El hombre mayor se adelanta. Tiene una sonrisa suave y ojos atentos.
—En el hogar, amigo. Otra vez despertaste agitado.
—¿Hogar? —repite Jonathan—. Yo no vivo aquí.
La mujer intercambia una mirada breve con el hombre.
—Jonathan, has vivido aquí los últimos siete años.
La frase cae con un peso insoportable.
—Eso no es posible.
Su voz suena frágil. No por emoción, sino por edad.
—Tengo cuarenta y cinco años —continúa—. Soy socio fundador de Mercer & Hale Capital. Anoche firmé el contrato más importante de mi carrera.
El hombre mayor se acerca un poco más.
—Siempre dices eso.
Jonathan lo observa con intensidad.
—¿Y tú quién eres?
—Mike. Compartimos habitación desde hace tiempo.
Jonathan vuelve la mirada al espejo.
El anciano sigue ahí.
Pero él recuerda otra cosa.
Recuerda la cena.
El vino.
La risa de Emma desde la cocina.
La discusión animada de Daniel sobre un partido.
La sensación en el pecho al decirle a su esposa:
Tenemos que hablar.
Recuerda el sonido del agua corriendo en el baño.
Recuerda haberse sentado en la cama.
Y después…
Nada.
Un vacío absoluto.
—Esto es un error —murmura.
Mike suspira con paciencia.
—No es un error, Jonathan. Son los episodios.
—¿Qué episodios?
La mujer interviene:
—A veces tu mente construye recuerdos alternativos. Vidas diferentes. Es común cuando hay culpa acumulada.
Jonathan siente que el suelo se inclina bajo sus pies.
¿Culpa?
¿Recuerdos alternativos?
No.
Lo que él recuerda tiene textura. Tiene olor. Tiene detalles imposibles de fabricar.
Recuerda la amante.
Recuerda el mensaje que la noche anterior pensaba enviarle.
Recuerda haber decidido dejar a su familia.
Ese recuerdo lo golpea con claridad brutal.
Si esto es un delirio, ¿por qué incluiría algo que lo convierte en el villano?
Se lleva ambas manos al rostro.
La piel es vieja.
Pero la culpa es joven.
Mike se acerca un poco más.
—Tranquilo —dice con suavidad—. Siempre pasa igual. Despiertas creyendo que aún tienes cuarenta y cinco años. Que estabas a punto de irte.
Jonathan levanta la cabeza lentamente.
—¿Irme?
Mike asiente.
—Siempre sueñas lo mismo. Que estabas por abandonar a tu familia.
El silencio que sigue no es vacío.
Es revelador.
Jonathan siente que algo se abre dentro de su pecho.
Si esto es un sueño…
¿por qué duele tanto?
Y si no lo es…
¿qué ocurrió después de que decidió irse?
La pregunta queda suspendida en la habitación blanca, más fría que antes.
Y por primera vez, Jonathan Mercer teme no haber olvidado nada.