“Hay memorias que ninguna base de datos puede procesar, y adioses que, aunque se griten bajo el sol del Caribe, terminan convertidos en un error de sistema: Identidad no encontrada”.
Eliminación del virus
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La noche era gélida, como si el invierno finalmente hubiera reclamado el espacio que el verano y sus ruidosas peleas dejaron vacío. Natalia no recordaba la última vez que hubo paz en esa casa. Sus padres finalmente habían decidido separarse; o más bien, su padre había cedido por fin firmar el divorcio, que su madre tanto rogo.
Natalia deambulaba por el pasillo sintiéndose un fantasma en su propio hogar; su madre estaba en algún bar, tal vez intentando olvidar, el estrepitoso fracaso de su matrimonio, aunque a esas alturas ya nada importaba.
Bajó a la cocina con la esperanza de encontrar un trozo de pastel. Sus padres habían elegido el día de su cumpleaños para romperse definitivamente. “¡Qué grandes padres!”, pensó con una punzada de sarcasmo amargo.
Al entrar el olor a alcohol barato le inundó las fosas nasales. Allí estaba él, encorvado sobre la mesa, con el tintineo del hielo contra el cristal como única banda sonora. Llevaba tres semanas refugiado en ese sonido.
—Papá, deberías irte a dormir ya —murmuró ella, evitando mirar las botellas vacías—. Has tomado mucho.
Él intentó ponerse en pie, pero sus piernas fallaron y se tambaleó, volviendo a caer pesadamente sobre la silla de madera.
—Estoy bien, hija... no te preocupes —arrastró las palabras con una voz que Natalia apenas reconoció.
—¿Sabes qué día es hoy? —preguntó ella, dejando que una pequeña chispa de esperanza brillara en su voz.
—Sí, 15 de octubre, viernes ¿No? —respondió él con una indiferencia que dolió más que un golpe físico.
Natalia apretó los puños, tragándose las lágrimas. Era su cumpleaños número trece.
—¿Sabes qué? Mejor me voy a dormir. Buenas noches, papá—dijo con resignación, si su madre no lo recordó, menos su padre que era el que más la había ignorado estos últimos años de su vida.
Subió las escaleras a oscuras, sintiendo el peso de cada escalón, el frío del piso traspasaba sus calcetines, antes de las peleas, tal vez su padre la hubiera llevado cargada a la cama. Entro a su habitación, y cerró la puerta con llave, camino hacia su cama, se sentó y encendió la linterna del celular; la luz blanca y fría iluminó, la solitaria y deprimente habitación, pego sus rodillas contra el pecho y las abrazo, mientras en un susurro quebrado, empezó a cantar:
—Cumpleaños feliz... —sollozó, mientras las lágrimas trazaban surcos calientes por su rostro—. Te deseamos a ti... cumpleaños, Natalia.—Dejo que sus lágrimas cayeran libremente—Cumpleaños feliz.
El llanto terminó por agotarla tanto, se acomodó en la almohada y se quedó dormida. Horas después, el rugido de un motor la sobresaltó, despertandola. Se restregó los ojos para quitarse el sueño y se levantó, camino descalza hacia la ventana para ver el auto de su padre perdiéndose en la oscuridad de la calle; seguramente iba a buscar más alcohol. Natalia soltó un suspiro, miró el reloj de su mesa: las 11:59
P.M
—Por fin se terminará este cumpleaños de mierda —se dijo a sí misma.
Nunca había pasado un cumpleaños sola hasta que cumplió los once. Desde entonces, las peleas los habían cegado tanto que ella dejó de ser el centro de su mundo para convertirse en un daño colateral. Camino hacia el otro lado de su cama y abrió el cajón de su escritorio para sacar una caja de madera. Lo abrió con nostalgia y entre fotos viejas, encontró una especial: su cumpleaños número siete. Lucía un vestido rosa de princesa y su cabello rizado flotaba libre. Sus padres posaban a su lado con gafas de sol rosas, con los brazos cruzados como si fueran sus guardaespaldas personales. Parecían invencibles. Natalia sonrió.
¿Dónde había quedado esa familia? ¿Dónde se habían ido las risas?
No entendía cómo la familia perfecta de repente empezó a destruirse lentamente. Extrañaba esos momentos donde iban a la playa y corrían por la orilla del mar mientras reían felices y su única preocupación era cuando se raspaba una rodilla.
De pronto, la vibración de su celular la hizo dar un salto, y la saco de sus pensamientos. Lo tomo y al revisar vio en la pantalla una llamada entrante. Era su madre. Natalia contestó con la voz endurecida por el reproche.
—¿Aló, mamá? ¿Qué pasó?
—¡Hija! ¡Natalia! —el grito al otro lado era puro pánico—. ¡Llama a la policía! ¡Tu papá y yo estamos en peligro!
—Mamá, no entiendo, ¿qué pasa? —el miedo le heló la sangre ¿Era una especie de broma?
De repente, un estallido seco retumbó a través del auricular. Un disparo.
—¡¿Mamá?! —gritó Natalia, su voz rompiéndose en un alarido asustado—. ¡Mamá, contesta!
Pero la llamada se cortó. Natalia no lo pensó; agarró su suéter, bajo las escaleras corriendo, y salió de la casa. La estación de policía estaba a solo una calle, pero sintió que el asfalto se estiraba. Sentía miedo, si, habían olvidado su cumpleaños pero aún así eran buenos padres. Después de correr por lo que pensó fue una eternidad, logro llegar a la estación. Entró tropezando, con los pulmones ardiendo. Habían dos policías hablando.
—Por favor... —logró decir con la respiración entrecortada—. Mis padres...
—¿Qué te pasó, muchacha? —preguntó uno de los oficiales tomándola de los hombros—. Cálmate, respira. Estás muy pálida.
—Mis padres, ellos...—respiro profundo para calmarse—Mi mamá me llamo y de repente se escucho un disparo al otro lado de la línea no se que pasó.
—Tranquila vamos a encontrarlos—el oficial estaba apunto de pasar el reporte, cuando en ese momento, otro oficial cruzó el pasillo corriendo, poniéndose el chaleco y revisando su arma.
—¡Código 13! ¡Necesitamos refuerzos ya!