La oscuridad en la habitación era tan densa que casi se podía tocar. Solo el parpadeo de neón de la lluvia tras la ventana la rasgaba con finas cuchillas azules y púrpuras, reflejándose en el brillo de las superficies metálicas. Allá abajo, la ciudad respiraba smog y el zumbido sordo de las autopistas de múltiples niveles, pero aquí, en el piso ochenta, reinaba un silencio artificial y estéril.
Me detuve frente a la cápsula de inmersión total: mi altar personal en un mundo donde los dioses hace tiempo se redujeron a algoritmos cerrados, y la vida real se convirtió en el privilegio de quienes pueden pagar por ilusiones de alta calidad.
Por fuera, la cápsula parecía un monolito liso de polímero negro mate; en su interior, una luz de diodos palpitaba apenas perceptible. Me estaba esperando.
El reloj vibró suavemente en mi muñeca. Un roce al sensor táctil y, con un leve siseo, un holograma translúcido se desplegó sobre mi piel. La interfaz del sistema flotó en el aire con letras cristalinas:
«Inicializando Protocolo de Sincronización: 0%... Comprobando constantes vitales... Pulso estable».
Me quité la pesada chaqueta, quedándome solo con el fino traje térmico que se ceñía a mi cuerpo como una segunda piel. En el mundo real, yo no era más que otra pieza en esta jaula de hormigón gris, asfixiada entre facturas de aire limpio y las interminables actualizaciones del sistema operativo. Pero en el mundo más allá de la cápsula, las leyes de la física se escribían con líneas de código. Allí, por fin, podría respirar a pleno pulmón.
Di un paso al frente. El receptáculo me recibió con su relieve anatómico y el escalofrío del gel médico, que al instante comenzó a moldearse a las curvas de mi columna. En algún lugar debajo, los ventiladores de refrigeración emitieron un zumbido sordo. Cuando la cubierta transparente se deslizó suavemente hacia arriba, sellando la cabina, los ruidos de la megalópolis se desvanecieron por completo. Solo quedó el latido desbocado de mi propio corazón.
Cerré los ojos e eché la cabeza hacia atrás, dejando que la matriz de contacto encontrara el puerto en la base de mi nuca. El familiar cosquilleo se transformó en una descarga leve y milimétricamente calculada: la interfaz neuronal se había conectado a la red.
—Inicia —susurré a la absoluta nada de la cápsula.
«Iniciando escaneo total... 12%... 45%... 89%...»
La mirada de halcón del sistema me recorrió de pies a cabeza. Pude sentir físicamente cómo los rayos del escáner devoraban mi biometría: cada milímetro de mi piel, la capacidad de mis pulmones, la temperatura corporal y la velocidad de mi sangre. La cápsula no se limitaba a hacer un molde de mi aspecto. Penetró hasta lo más profundo de mi sistema nervioso, calibrando mis sinapsis, preparándose para inyectar en mi cerebro las señales que me harían creer en la mentira más hermosa de la humanidad.
«Sincronización completada. Bloqueo de funciones motoras del cuerpo real... Exitoso. Bienvenida al Nivel Cero, Astro».
Por un instante, mi conciencia se precipitó al abismo. El espacio a mi alrededor estalló en miles de millones de píxeles, giró en un vórtice cegador y volvió a ensamblarse en una fracción de segundo: brutalmente nítido, brillante e impecable.
Pero en lugar de la habitual sala de inicio, con sus paredes blancas y estériles, sentí... ¿una ráfaga de viento cálido? Jugaba con mi cabello, trayendo consigo el olor a ozono tras una tormenta y un rastro metálico casi imperceptible. Aquello era demasiado visceral, demasiado real, incluso para una simulación premium.
Abrí los ojos lentamente. Bajo mis pies no estaba el parqué digital del vestíbulo, sino un asfalto oscuro y empapado, en cuyos charcos se reflejaban los incesantes letreros de neón de una ciudad completamente distinta.
Levanté las manos, examinando mis propias palmas. Eran idénticas. Hasta el último lunar. Hasta la línea casi invisible de mi muñeca. Pero cuando deslicé los dedos de una mano sobre la piel de la otra, una sacudida ardiente, casi dolorosa, me atravesó el cuerpo entero. Una descarga que no figuraba en ningún maldito protocolo de seguridad. La sensación era abrumadora, más afilada que la propia realidad.
Esto no era una simple transmisión visual. Era la Ilusión de Carne: el lugar exacto donde el código se transforma en sangre.
Y allí, en algún punto de aquella arquitectura perfecta, oculta en las sombras entre los rascacielos virtuales, había alguien. Alguien que ya estaba observando mi despertar. Sentí el peso de su mirada mucho antes de poder distinguir su silueta. Una mirada intensa, devoradora, dominante. Me estaba leyendo con la misma obscena facilidad con la que lo había hecho la cápsula.
El sistema guardó un silencio sepulcral; ni una sola alerta de error. Pero mis instintos gritaban la verdad: esta sesión no terminaría con una simple desconexión. El juego al que me acababan de arrastrar no tenía un botón de «Pausa».
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Editado: 05.04.2026