Ilusiones Bajo Llave

PRÓLOGO

El lago (Francia, 7 agosto de 1999).

Una joven pareja pasea con su hijo y un pequeño bichón maltés por el camino que bordea un lago. El aire es fresco, con ese aroma húmedo de los bosques cercanos, y el sol de la tarde se refleja en el agua llenando aquel lugar de una mezcla de colores dorados que se funden con los tonos azules intensos del agua.

—Marcel, por favor, no te alejes mucho de papá y mamá, ¿vale? —le dice su padre con voz cálida pero firme.

El niño, de nueve años, corretea unos metros por delante de sus padres mientras sigue a Tico, que recorre el paseo olfateándolo todo. El perro se aleja corriendo y Marcel lo persigue. Mientras los padres conversan, sin darse cuenta de que apenas pueden ver a su hijo y al perro desde donde están, Marcel le grita:

—¡Tico, para, para! ¡No puedo correr tanto!

De repente, pierde de vista a Tico, quien ha abandonado el camino y se ha metido entre los arbustos que bordean el lago. Marcel logra alcanzar el lugar por donde cree haber visto desaparecer a Tico; se detiene y lo llama. Mientras tanto, el perro olisquea algo entre los matorrales que, junto a un par de árboles, son lo único que impide que caiga al lago.

Es entonces cuando Marcel ve lo que Tico estaba olisqueando.

El niño se queda petrificado, incapaz de moverse. Sus pequeños brazos caen inertes a los costados, y su rostro, que hace un instante irradiaba alegría, se torna pálido, como si toda la sangre se hubiera drenado de golpe. Sus ojos, abiertos de par en par, reflejan terror puro.

Mientras, los padres continuaban avanzando; se encontraban apenas a unos veinte metros detrás del niño. Fue en ese preciso instante cuando el padre advirtió que estaba inmóvil; algo no andaba bien.

—¿Qué pasa con Marcel? —pregunta la madre, inquieta.

—Seguro que es por Tico —responde él, aunque en su interior comienza a gestarse una preocupación creciente.

Aceleran el paso. Cuando llegan junto a Marcel, notan que el niño se ha orinado encima. Su madre, alarmada, lo abraza inmediatamente.

—Marcel, hijo, ¿qué te pasa? —pregunta su padre, arrodillándose a su lado.

El niño no responde al principio. Su cuerpo tiembla, y sus labios balbucean algo ininteligible. Después de unos largos segundos, levanta lentamente un brazo y señala hacia un lugar entre los matorrales que bordean el lago.

El padre sigue la dirección que le indica con el dedo. Su expresión pasa de confusión a horror en un instante.

Ahí, medio oculto entre las sombras de los arbustos, yace el cuerpo de una mujer joven.

La madre, aún abrazada al niño, sigue la mirada de su esposo. Entonces lo ve. Su gesto se quiebra en un seco y desgarrador grito cuyo eco se extiende por todo el lago. De entre los árboles cercanos, una bandada de aves alza el vuelo sobresaltada, oscureciendo por un instante el cielo antes de que el silencio vuelva a caer sobre el lugar.

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