El hallazgo del libro
Sábado 21 de octubre de 2023
Cada sábado, puntual como un reloj a las diez y media de la mañana, Simona cruzaba las puertas de la biblioteca municipal Beaupré–Tohannic, en el 56, Av. du Général-Delestraint, al este de Vannes.
Desde hacía al menos dos años, Alan y ella mantenían aquella costumbre: perderse entre estanterías en busca de nuevas lecturas. Era su refugio, un ritual casi sagrado.
La biblioteca, con sus pasillos impecables y su silencio casi quirúrgico, tenía algo de refugio... y algo de cárcel. En la terraza interior solían leer durante horas, aislados del mundo, como si los muros blancos los devoraran.
Simona no siempre había sido lectora; fue Alan, su mejor amigo, quien le contagió la costumbre. Pasaban las tardes sumergidos en novelas de misterio, suspense y aventuras. Incluso, de vez en cuando, se atrevían con alguna historia romántica.
Aquella mañana, mientras exploraban los estantes del fondo, Simona percibió un volumen distinto. Estaba encajado en la última balda, sin el código de la biblioteca en el lomo, cubierto de un polvo fino. Lo tomó entre las manos. La portada era sobria: una cerradura antigua y una llave.
El título: Ilusiones bajo llave.
Autora: Madeleine Le Brun, un nombre desconocido.
En la contraportada aparecía el sello de una editorial francesa: Éditions Bijou Littéraire. Ninguno de los dos había oído hablar de ella.
Curiosa, Simona lo abrió y leyó en voz baja la sinopsis:
«Un diario, unas letras cada día, eran su única conexión con la vida.
Un encierro.
El tiempo que no deja de avanzar.
Las ilusiones de una mujer, escritas bajo llave.»
Sintió un escalofrío. Sin pensarlo más, llevó el libro a una mesa.
Alan la observaba desde el pasillo, extrañado, mientras ella abría la primera página con una mezcla de fascinación y recelo.
No podía saberlo entonces, pero aquellas páginas cambiarían todo lo que creía conocer sobre Vannes.
Diario I
Junio de 1998
Me llamo Claudia y estas son las primeras líneas de un cuaderno que, tras suplicar un millón de veces, he logrado obtener de mi secuestrador, a quien llamo "la sombra". Es lo único que consigo ver de él.
Al fin, aparentemente cansado de mis ruegos, cedió y me lo entregó.
No tengo más opción que plasmar mi calvario en estas páginas, un calvario al que llamaré Ilusiones bajo llave. Supongo que me permite hacerlo, ya que, tarde o temprano, acabará por destruir tanto estas páginas como, quizá, a mí.
Mi infierno comenzó el siete de mayo. Para el resto del mundo fue un día cualquiera, rutinario, insignificante; para mí, en cambio, supuso el giro irreversible que destrozó mi vida.
Ahora debemos de estar en junio, quizá a mediados, pues llevo ya más de un mes encerrada a manos de la Sombra: un ser despreciable, porque hay que serlo —y con creces— para perpetrar un acto tan brutal como secuestrar a alguien sin razón aparente y mantenerla cautiva indefinidamente... al menos, por ahora.
Ya me he cansado de preguntarle por qué. También me he cansado de preguntarle si alguna vez me dejará marchar. No sé cuánto tiempo más me mantendrá con vida. Quiero tener esperanza; deseo aferrarme a ella, pero cada día se vuelve más difícil.
Sé que me observa al otro lado de la puerta. Puedo sentir su presencia, aunque ahora entra cada vez menos, solo lo suficiente para que no muera, nada más. Ya me he acostumbrado a la oscuridad. No entiendo por qué me castiga con eso. ¿Es parte de su juego? Apenas una fina rendija en la puerta me permite saber que aún existe la luz allá afuera. Apenas puedo ver lo que escribo, pero lo hago; es irónico cómo mis ojos y mi mente logran soportar algo así, intentando adaptarse y acostumbrarse a vivir de esta manera, a soportar, tanto física como psicológicamente, un proceso tan extremo sin volverme loca, aunque no sé si mi cordura resistirá lo que dure mi cautiverio.
No sabía que era tan fuerte. Las primeras semanas creí que moriría a diario. Ahora solo sobrevivo. Aún recuerdo el asco que me hacía vomitar una y otra vez, el hedor insoportable de mis propias heces y la orina acumulada en el cubo que solo cambia una vez al día. Pero al final me he acostumbrado a eso también.
Primeras investigaciones
Sábado 21 de octubre de 2023
Apenas habían pasado unos minutos cuando Alan notó cómo la expresión de su amiga cambiaba. Alzó la vista de su novela y frunció el ceño: Simona sorbía por la nariz y se secaba los ojos con la manga.
—¿Qué pasa? —preguntó, desconcertado.
—Luego te cuento —susurró ella, sin apartar la vista de las páginas.
El silencio entre ambos se volvió denso. Media hora después, Simona cerró el libro de golpe. El sonido retumbó en la sala como un disparo. Se levantó bruscamente, respirando entrecortada, y salió a la terraza sin pronunciar palabra.
Alan dejó su lectura y la siguió con el estómago encogido.
La encontró de pie, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el cielo gris. Estaba pálida; los ojos enrojecidos hablaban por sí solos.
—Simona, ¿qué ocurre? —preguntó en voz baja, temiendo la respuesta.
Ella tardó unos segundos en reaccionar, como si aún no hubiera regresado del lugar en el que aquellas páginas la habían sumido.