Diario III
Agosto de 1998
Hoy, como en todos los días anteriores, recibí mi "comida", por llamarla de algún modo. Varía muy poco: un trozo de pan duro, debe comprar el día anterior a dármelo, una especie de guiso de arroz con legumbres; otros días es un potaje y, en ocasiones, algo de carne desmenuzada de pollo o cerdo. En todas está presente el mismo sabor metálico y algo ácido, lo que le hace pensar que siempre es comida de bote. Para beber, un mísero vaso de agua: eso es todo lo que recibo como alimento.
En cuanto a la higiene, me proporcionan un rollo de papel higiénico por semana, una vieja esponja y un cubo de plástico medio lleno para hacer mis necesidades. También me dejan otro cubo, más limpio y lleno, para lavarme el cuerpo.
Para dormir, lo que parece una esponja sacada de algún viejo sofá, colocada sobre unos cartones y una manta; una silla de madera y una mesa es todo lo que tengo a mi alrededor. Aquí abunda la humedad, y la tos —que al principio iba y venía— ya no me abandona. Creo que mis pulmones no están bien, ni mi piel; desde que esto empezó habré sufrido infecciones respiratorias y episodios de diarrea. A él, sin embargo, le da exactamente igual; creo que no tiene el valor de matarme: espera que, poco a poco, facilitando las circunstancias, ese final termine ocurriendo.
Pistas en París
Lunes, 23 de octubre de 2023.
La vida de Simona tampoco era sencilla. Sus padres trabajaban de lunes a domingo en La Poissonnerie, un restaurante pequeño cerca del muelle. El negocio sobrevivía gracias a la calidad, pero sin empleados: todo recaía en ellos, que regresaban a casa tarde y agotados. Simona asumía el resto: limpiar, hacer la compra, mantener el hogar. Nunca les faltaba nada, pero sí el tiempo, y la relación se había vuelto áspera, marcada por portazos y frases cansadas.
Aquella tarde, tras el instituto, ella y Alan fueron en bici al parque. Allí retomaron el tema del libro que la obsesionaba.
—¿Sigues con esa novela rara? —bromeó Alan.
—No es rara, es brutal —respondió ella, dándole un codazo—. Cada página es como un golpe. Me deja helada.
—Pues nunca te había visto así con un libro.
—He buscado a la autora y a la editorial... y nada. Casi como si no existieran.
Alan se quedó pensativo.
—¿Y si probamos con otra editorial de París? Igual conocen la historia.
Más tarde, hambrientos, entraron en el restaurante de los padres de Simona. Su madre, Marie, los recibió con una sonrisa cansada y un gesto cómplice; en minutos tenían delante dos gofres rebosantes de chocolate. Entre bocado y bocado, Alan insistió:
—Venga, probemos a llamar ahora. Total, solo es una llamada.
Alan sacó el móvil y buscó rápido.
—Mira, hay una tal Éditions Nouvelle Plume, en el Odéon, y llevan ahí desde hace mil. Igual conocieron a los otros, que estaban cerca de la rue de la Huchette.
—Pero son casi las ocho... ¿no habrán cerrado ya? Alan se encogió de hombros con una sonrisa nerviosa.
—Bah, probemos. Total, solo es una llamada.
Alan marcó el número fijo que aparecía en la web y, tras varios tonos, se escuchó una voz al otro lado. Un hombre mayor contestó:
—Disculpe, señor. Buscamos información sobre una antigua imprenta: Éditions Bijou Littéraire, en la rue de la Huchette.
Hubo un silencio breve, cargado de memoria.
—Ah, sí. Ese negocio cerró hace años. Lo llevaba René Le Guen. No era realmente editor, más bien impresor. Hacía folletos, calendarios... Cuando decayó el trabajo, se vendió como editor barato para autores noveles. Al final se jubiló, hace seis o siete años.
—¿Y vive todavía? —preguntó Simona, conteniendo el aliento.
—Que yo sepa, sí. Se le ve pasear por el barrio.
—Y, por último, y no le molesto más, ¿no tendrá su teléfono o su dirección? —Oh, no, lo siento, no tenía relación directa con él. —Vale, de todos modos, muchas gracias por atenderme.
—Espera, dame un momento. Acabo de recordar que Vincent, uno de mis trabajadores, trabajó hace años para él, cuando aún tenía empleados; él debe saber dónde y cómo encontrarlo al señor René.
—¿Podemos hablar con él?
—Lo siento, solo quedaba yo en el despacho. No suelo coger el teléfono a estas horas, pero lo he cogido. Si este es tu número, le diré que se ponga en contacto contigo mañana a primera hora, ¿te parece bien?
—Le estaría muy agradecida.
Se quedó mirando a Alan con una chispa en los ojos.
—Tenemos un nombre. René Le Guen.
Alan sonrió.
—Nuestra primera pista.
Ya de noche, Simona se despidió de él y subió a su cuarto. El libro la esperaba sobre la mesilla. Dudó unos segundos, pero al final lo abrió de nuevo.
Cada página era como un golpe directo al pecho. Y mientras avanzaba en la lectura, tuvo la clara sensación de que Claudia quería hablarle a ella, solo a ella.
Diario IV
Septiembre de 1998
No recuerdo mucho de aquel primer día; creo que mi mente se quebró, abrumada por el dolor y el sufrimiento. Solo conservo la imagen de mí misma caminando sola, en un intento de desconectar del mundo y de las presiones diarias. Pasear por aquel sendero me ayudaba a ordenar mis ideas en paz.
Observaba los árboles y sonreía, dichosa al escuchar el murmullo del viento entre sus ramas. Quizás esas voces eran advertencias, señales de un peligro que no supe interpretar.