Diario VI
Noviembre de 1998
Mi diario, eres ya mi único refugio, el único lugar al que puedo escapar. Me siento débil, y cada día más. Creo que la falta de luz y el no alimentarme bien me están debilitando rápidamente.
Hoy quiero hablarte de mi padre, ese pobre hombre con el que pasé poco tiempo, pero que, a pesar de todo, siempre ha estado muy presente en mi vida. Sé que su vida no fue fácil y ni siquiera quiero imaginar lo duro que debe ser esto para él y para mamá.
Pero tú, papá, sé que detrás de tu apariencia fuerte y resistente siempre fuiste el más frágil. Recuerdo el día en que tuviste aquel accidente en la panadería con la máquina y perdiste dos dedos. Aquel día vi miedo en tu rostro, tristeza. Yo, que siempre te había visto como un gigante poderoso y seguro de sí mismo, entendí en ese instante la fragilidad del hombre. Todo es fachada, una falsa seguridad que se rompe en mil pedazos cuando un problema serio nos golpea.
A pesar de todo, te lamiste las heridas y, en poco tiempo, volviste al pie del cañón en tu panadería, luchando por nosotros, como solías decir en casa, en la mesa, a modo de consejo: «Nada de dar pasos atrás, como mucho uno, para tomar impulso y avanzar».
Te disfruté poco, papá. Ahora que me sobra el tiempo para reflexionar sobre mi corta existencia, siento tristeza por tu destino. Sé que, aunque amabas tu oficio entre harinas, ese mismo trabajo te obligó a renunciar a muchas cosas. Gracias a tu sacrificio, yo pude tenerlas: los estudios, aquel viaje de fin de curso... Entonces no supe valorar que durante meses tú y mamá prescindisteis de casi todo para que yo pudiera ir a Mallorca. Más tarde me dabas dinero para empezar mi vida fuera... mientras tanto, tu vida se consumía y tus arrugas crecían.
Quizás el cansancio y la rutina fueron los culpables de aquel accidente que te arrebató los dedos que tanto necesitabas para crear el pan que con tanto cariño hacías cada día. Esa rutina, esos horarios imposibles de conciliar con una vida medianamente normal. Mientras la ciudad dormía, tú trabajabas; cuando el mundo despertaba, tú debías dormir. Apenas te quedaban unas pocas horas libres por la tarde, que muchas veces ni siquiera pudimos compartir, porque yo prefería salir con mis amigas... y, más tarde, el trabajo terminó por separarnos aún más.
Espero que este calvario no dure mucho más y que, algún día, pueda volver a sentir tus fuertes brazos rodeándome, dándome aliento, animándome a seguir adelante, como siempre lo hacías. Extraño tu sonrisa, esa que siempre tenías para mí, y tus palabras llenas de sabiduría, esas que, sin importar el tema, siempre encontrabas y compartías conmigo.
El vídeo
Jueves, 26 de octubre de 2023.
El despertador del móvil sonó, anunciando un breve pero reparador sueño tras la emotiva noche anterior. Bajó las escaleras con prisa, ansiosa por desayunar algo más sustancioso de lo habitual. En el camino se cruzó con su padre, Renaud, que aún no había salido hacia el restaurante. Sin dudarlo, Simona se lanzó a sus brazos, fundiéndose en un fuerte abrazo.
Su padre, con una tostada a medio comer en la mano, se sorprendió gratamente ante aquella muestra de afecto, acostumbrado a ser él quien iniciara esos gestos. Respondió con la misma ternura y amor que sentía por su hija.
—¿Y esto? —rió Renaud—. Podría acostumbrarme, ¿sabes? Tendrás que darme uno así cada mañana.
—Calla, tonto. Te quiero, papá —dijo Simona.
—Y yo a ti, hija.
Apretándola con un brazo, Renaud apoyó su mejilla sobre la cabeza de Simona.
—¿Estás bien, cielo? ¿Hay algo que quieras contarme?
—No, papá, no te preocupes. Es solo que os veo poco, y no quiero que pienses que no os quiero a ti y a mamá.
Hizo una breve pausa, bajando la mirada antes de continuar:
—Sé que últimamente estoy un poco borde contigo... bueno, con los dos, pero sobre todo contigo. No te agobies, ¿vale? Dicen que es cosa de adolescentes, que no dura para siempre. Estoy rara, nada más. Ten paciencia conmigo.
Renaud la miró con una mezcla de ternura y preocupación.
—Siempre la tendré, Simona.
—Lo sé —respondió ella, esbozando una sonrisa antes de soltarlo.
Simona regresó a su habitación y se preparó para ir al instituto.
Esa mañana, algo estaba a punto de suceder.
Simona salió de casa como de costumbre, pero esta vez Alan no estaba en la puerta esperándola. Extrañada, se quedó unos minutos mirando a su alrededor, pero no podía permitirse seguir esperando. Con un suspiro, montó en su bicicleta y se dirigió al instituto.
Al llegar, le envió un mensaje por WhatsApp, pero no obtuvo respuesta.
Mientras caminaba por los pasillos, notó risas y murmullos a su alrededor. Al principio, pensó que no tenían nada que ver con ella, pero, a medida que avanzaba, sintió cómo las miradas se clavaban en su espalda. Bajó la cabeza y apresuró el paso hasta llegar al aula.
En cuanto cruzó la puerta, el bullicio cesó por un instante, solo para transformarse en nuevos susurros y miradas furtivas. Simona sintió un nudo en el estómago, pero fingió no notar nada y se dirigió a su asiento.
El murmullo solo se detuvo cuando el profesor entró en el aula y pidió silencio para dar inicio a la clase.
Desde atrás, Simona sintió un golpecito en la espalda. Sin girarse del todo, solo inclinó la cabeza y murmuró:
—¿Qué quieres? —susurró.