Ilusiones Bajo Llave

PARTE 4

El lago y los archivos

Viernes, 27 de octubre de 2023.

Simona, que había leído hasta tarde, se despertó aquel viernes algo confusa. Sin embargo, tras ducharse y mientras se preparaba para ir al instituto, algunas frases del libro que había leído la noche anterior revoloteaban en su cabeza, intentando ordenarse.

¿Y si, como siempre he pensado, no es ficción? Nunca he sentido un texto tan real… Está el lago, conozco su profesión… Un momento, las barcas de pesca… Yo también las he visto en este lago. Armand, el cliente y amigo de mi padre, pesca allí. Hoy iré a preguntarle. Él no se mueve del bar, algo podrá decirme.

Simona salió de casa y, esta vez, Alan sí estaba en la puerta. Se notaba nervioso por tener que volver al instituto, pero allí estaba, decidido a hacerlo.

Llegaron en sus bicicletas y entraron al recinto. Todo parecía bastante normal, hasta que, en la entrada, vieron al grupo de siempre: Gerard y sus inseparables seguidores. Simona y Alan continuaron avanzando con la cabeza baja, pero Gerard se interpuso en su camino.

—Vaya, pero si está aquí Alan —dijo con una sonrisa burlona—. Qué sorpresa… y con su amiguita inseparable.

—¿Puedes dejarnos en paz? —replicó Simona con firmeza—. Tenemos que ir a clase.

—Claro, claro… amiga del rarito. Pasad, pasad…

Simona avanzó primero, pero justo cuando Alan iba a hacerlo, Gerard le puso la zancadilla. Alan tropezó y cayó al suelo mientras las risas del grupo resonaban a su alrededor.

—Además de maricón, torpe… Lo tienes todo, chaval —soltó Gerard con una sonrisa cruel.

Simona se agachó de inmediato para ayudar a Alan a levantarse.

—Te dije que no era buena idea venir, Simona… —murmuró él, mientras se ponía en pie.

—Tonterías —respondió ella con seguridad—. En unos días se cansará de ti. Gerard siempre es así. ¿No te acuerdas de Maurice? Cuando le pusieron aparato, lo convirtió en su objetivo, pero unas semanas después lo dejó en paz. Contigo pasará lo mismo.

Alan suspiró, aún dolido, pero asintió.

—Eso espero…

Terminaron las clases y no hubo más incidentes. Simona y Alan salieron del instituto.

—Me gustaría pasar por el restaurante, si no te importa —dijo Simona.

—Claro, te acompaño —respondió Alan.

A eso de las seis y cuarto de la tarde, llegaron al restaurante. Afuera, algunas mesas estaban ocupadas por turistas; unos tomaban café, mientras que una familia de ingleses ya cenaba temprano. Dentro, como de costumbre, los vecinos habituales se agrupaban en la barra. Entre ellos, en su rincón de siempre, estaba Armand, con el vaso de vino medio vacío y la mirada perdida.

Al entrar, saludaron a todos. Marie, que acababa de salir de la cocina para dejar un plato en la barra, vio a su hija y sonrió.

—Hija, antes no venías nunca y esta semana has repetido. ¡Qué gusto verte por aquí! A este paso, te voy a poner un delantal para que me ayudes con las mesas —bromeó Marie.

—Ni se te ocurra —protestó Simona, medio en serio, medio en broma.

—¡Vaya genio! —rió Marie, sacudiéndose las manos en el delantal antes de volver a la cocina.

Simona se acercó a Armand.

—¡Hola, Armand!

El viejo pescador levantó la vista despacio. Le dedicó una sonrisa torcida y, con el gesto de siempre, le revolvió el pelo.

—Ya no soy tan pequeña —dijo ella, apartándose el mechón.

—Eso dices tú —gruñó él, con voz grave, como arrastrada por el humo y el mar.

—¿Podemos preguntarte algo? Es para un trabajo del insti.

—Ajá… —respondió, sin apartar los ojos del vaso—. Los trabajos del insti ahora son muy curiosos.

—Ven, siéntate con nosotros —insistió Simona, señalando una de las mesas libres.

Armand dudó un momento, pero acabó levantándose con un resoplido. Se dejó caer en la silla frente a ellos, apoyando el vaso sobre la mesa.

—Pues dime, pequeña.

—Tú vas mucho al lago, ¿no?

—Cuando quiero estar solo, sí —dijo él, sin mirarla.

—¿Y nunca pasó nada allí? No sé, una desaparición, un accidente…

Armand entrecerró los ojos, como si rebuscara en recuerdos incómodos.

—El lago guarda silencio, como debe ser —murmuró—. Y a veces es mejor no removerlo.

Simona tragó saliva y fingió naturalidad.

—Es solo por un trabajo de clase. Creí oír que hace años una chica desapareció cerca de allí… igual lo entendí mal.

El viejo pescador la miró por primera vez, clavándole unos ojos grises que parecían más viejos que su rostro.

—Las chicas desaparecen en todas partes, pequeña —dijo en un susurro áspero—. Pero aquí… aquí no he oído ningún caso.

Después de pronunciar aquella frase, apuró lo que quedaba en su vaso. Se levantó con calma y, al pasar junto a Simona, le dio una palmada seca en el hombro.




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