Ilusiones Bajo Llave

PARTE 6

EL GRAFFITI

Lunes, 6 de noviembre de 2023.

Otro día más, Alan y Simona se dirigían al instituto. No soportaban llegar tarde, ni siquiera justos: preferían entrar con unos minutos de margen, dejar las bicicletas con calma y caminar sin prisas hasta la clase.

Cuando ya estaban en la allée Gabriel Deshayes, a pocos metros de la entrada, Alan frenó en seco. Simona, que pedaleaba a su lado, avanzó unos metros más antes de detenerse y girarse hacia él, intrigada.

—¿Qué pasa, Alan?, ¿por qué paras? —preguntó, al notar que se había quedado atrás.

Entonces lo vio. Su rostro se había transformado en una máscara irreconocible: los ojos abiertos de par en par, la boca desencajada, el gesto petrificado en una mezcla de horror y dolor insoportable. Simona jamás lo había visto así. Antes de que pudiera articular palabra, las lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de Alan, como si brotaran sin permiso de su cuerpo, mientras sus músculos seguían inmóviles.

Simona giró la vista hacia el instituto y lo entendió todo. Allí, en el muro de entrada por donde pasaban cada día cientos de alumnos, estaba la causa de aquel espanto: una pintada enorme, reciente, imposible de ignorar. El rumor de los pasillos, las miradas burlonas, las risitas crueles… nada se comparaba con aquello. Aquella frase, grabada a fuego en la pared, era como una puñalada que atravesaba cualquier defensa, un golpe brutal contra la dignidad de Alan.

El suelo pareció abrirse bajo sus pies, como si hubiera caído de golpe en un infierno del que no había salida.

El grafiti rezaba, en letras torpes y violentas:

“Alan pédé, donne ton cul.” (Alan maricón, entrega tu culo).

Simona soltó la bici allí mismo y corrió hacia Alan.

—Alan, por favor… sé que esto es gordo —le dijo mientras le cogía la mano.

Él rompió a llorar, con la voz rota:

—No puedo más… no puedo más. Te lo dije, lo sabía, no me iban a dejar en paz. Es mi fin, ¿lo entiendes? No puedo con esto ya.

—Mira, sé que ahora lo ves así, y no quiero quitarle importancia, pero podemos hacer cosas y lo sabes.

—¿Cómo qué? —balbuceó Alan entre sollozos.

—La dirección… se les puede caer el pelo si no toman medidas. Esto se les ha ido de las manos, y ellos son responsables del centro. Además, está la policía… Mira, podemos hablar con Louis; quizás, si les meten miedo…

Alan negó con la cabeza.

—No van a hacer nada. Para todo este puto mundo soy el raro, el bicho al que hay que apartar o del que hay que burlarse. ¿Quién va a dar la cara por mí? ¿Quién?

—Joder, Alan… ¿y yo no soy nadie? —replicó Simona, con rabia contenida.

Él seguía llorando, pero consiguió responder:

—Mi vida… mi vida no puede ser solo tú. Me voy a casa, no puedo entrar ahí.

—Pero si estás llorando, ni verás la carretera. Déjame que te acompañe.

—No —dijo Alan, tajante—. Quiero estar solo. Además, te pondrán falta por mi culpa.

—¿Y qué más da eso? ¡Quiero estar contigo, mira cómo estás!

—¡Que no! —alzando la voz, antes de suavizar el tono al darse cuenta de que le había gritado—. Mira… necesito estar solo y pensar, ya está.

Simona bajó los ojos y asintió con pesar.

—Bueno… está bien. Pero en cuanto salga voy a tu casa y hablamos.

Alan no contestó, pero tampoco lo negó. Se dio la vuelta y, casi sin fuerzas, comenzó el camino de regreso. Simona se quedó inmóvil, viéndolo alejarse hasta perderse al fondo de la calle. Solo entonces tomó aire, recogió la bici y entró al instituto, tarde, aunque aquello ahora importase bien poco.

Por primera vez, Simona tuvo miedo de verdad. Alan se deshacía ante sus ojos, y ella comprendió que a partir de ahora cada minuto sería una cuenta atrás para volver a verlo.

En la entrada del instituto, pequeños grupos de chicos —y alguna chica— se reían señalando la pintada. Simona los ignoró; solo tenía un objetivo: aguantar las clases como pudiera, mirando el reloj, y salir disparada a casa de Alan.

Las horas fueron eternas, pero al fin llegó la campana de salida. Subió a su bici y pedaleó tan rápido que batió su propio récord: aquel día voló hasta la puerta de Alan.

Tocó el timbre. Al poco apareció la madre, sonriendo al verla.

—Ah, Simona, ¡qué pronto habéis llegado! —dijo mirando el reloj—. Nunca llegáis tan rápido… ¿y Alan?

Simona sintió un vuelco en el estómago.

—Pero… no está aquí.

La sonrisa de la mujer se borró de golpe.

—¿Cómo que no está aquí? ¡Si salió contigo esta mañana! —respondió, buscando tras ella con la mirada. Sus manos comenzaron a temblar, sin saber dónde apoyarse—. Dime la verdad, Simona. ¿Qué ha pasado? Mi hijo es de rutinas perfectas… ¿dónde está?

Simona tragó saliva.

—Por favor, cálmese. Esta mañana había una pintada… sobre él, ya sabe. Muy degradante. Quise acompañarlo a casa, pero no me dejó. Pensé que se encerraría aquí…




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