Cruzando la línea
Jueves, 30 de noviembre de 2023.
Alan acompañó una vez más a Simona a la gendarmería. Los dos sabían que estaban cruzando una línea invisible: si seguían adelante, ya no habría marcha atrás. Pero la decisión estaba tomada. Querían la verdad, aunque costara caro.
Louis los recibió con gesto hosco. Apenas se sentaron, comenzó a hablar, caminando en círculos dentro del estrecho despacho, como un depredador que mide a su presa.
—Vaya, otra vez aquí los chicos del misterio —dijo con un deje de ironía—.
Mirad, no estoy enfadado porque me hicierais perder aquel día el tiempo con Armand. Lo que me molesta es que os lo advertí: si no había nada, dejaríais este asunto. Y sin embargo aquí estáis, dándome más trabajo.
Se detuvo un segundo, clavando en ellos la mirada.
—No tengo nada personal contra vosotros, de verdad. Pero soy capitán, tengo un equipo a mi cargo, organizo investigaciones… ¿sabéis lo que significa eso? Que respondo ante jefes que no se andan con bromas. Y lo último que me pagan por hacer es inventarme pesquisas raras con adolescentes como protagonistas.
El silencio pesó unos segundos. Louis los observaba, buscando una grieta en su determinación.
—Y no hay que ser muy listo —añadió, deteniéndose frente a Simona— para saber que todo esto os está afectando a los estudios.
La frase cayó como un golpe seco, dirigida a ella más que a Alan.
Ella bajó la mirada, susurrando:
—Creo que no ha sido buena idea venir…
Louis se dejó caer en la silla frente a ellos, acomodándose como si al fin encontrara su sitio en aquel despacho estrecho. Luego habló con un tono más calmado, casi didáctico:
—Perdonad el discursito, pero necesito que lo entendáis. Esto es como llamar a los bomberos por un fuego que no existe. Simona, me da la impresión de que te empeñas en exprimir un misterio que, simplemente, no tiene nada.
Simona alzó la cabeza. Lo miró a los ojos con seriedad y replicó, con la voz firme y un punto más alta de lo normal:
—Te equivocas por completo. Y antes o después, te lo demostraré.
Louis arqueó una ceja, sorprendido por la fiereza de la respuesta.
—Vaya, con la fierecilla… —ironizó—. Escucha, ahora estas cosas te parecen gigantescas, fundamentales en vuestro pequeño mundo adolescente. Pero dentro de unos años verás que perder el tiempo con misterios y libros polvorientos no lleva a ningún sitio. En cambio, una buena carrera, estudios que te permitan vivir mejor que tus padres… eso sí que importa.
Se inclinó hacia adelante, bajando la voz.
—Cuando estuve en el restaurante de tu familia, no vi precisamente felicidad. Los vi agotados, trabajando día tras día para que tú tengas una vida mejor. Y en vez de aprovecharlo, lo gastas en… —hizo un gesto con la mano, despectivo, abarcando todo aquello en lo que habían invertido las últimas semanas— …esto.
Simona se levantó de golpe, con los ojos encendidos.
—Te repito que te equivocas. Más pronto que tarde daré con la verdad. En nada seré mayor de edad y me sigues tratando como a una niña. Está bien, si esa es tu forma de vernos… Pero ya sabemos dónde ocurrió todo. Y tranquilo, que no manchará tu bonita y apacible ciudad sin crímenes ni delitos. Alan, levanta. Nos vamos.
Alan comenzó a incorporarse, pero Louis se adelantó, golpeando la mesa con la mano y poniéndose de pie antes que él.
—¡Espera un momento! —su voz sonó más áspera de lo habitual—. ¿Qué significa eso de que sabes dónde fue?
Simona, aún alterada, lo miró de frente, sin titubear:
—Sí. Fue en Annecy. Y pronto sabremos más.
Louis soltó una carcajada seca, incrédula.
—¡Madre mía, Simona! ¿En Annecy? ¿Y eso por qué, porque también hay un lago? Joder, ¿en serio no te das cuenta de lo que haces?
Se inclinó hacia ellos, con el gesto endurecido.
—Además, viendo a Alan, me da la impresión de que lo estás arrastrando contigo. Y su padre es amigo mío, no lo olvides.
Se giró hacia Alan, con un dedo acusador.
—Mira, voy a estar pendiente de vosotros. Si me entero por tu padre, Alan, de que tus notas bajan o de que seguís con esta locura, hablaré con él… y con los tuyos también —añadió señalando a Simona.
El aire en el despacho se volvió denso, casi irrespirable.
Simona apretó los puños, decidida a no ceder un milímetro.
Alan permaneció en silencio, la mirada clavada en el suelo.
El pulso estaba echado.
Sin añadir una sola palabra más, se dieron media vuelta y salieron del despacho, dejando tras de sí un silencio cargado de amenazas no dichas.
Apenas cruzaron la puerta de la gendarmería, Alan habló en voz baja pero con un deje de reproche:
—Te lo dije, Simona… venir solo lo iba a complicar más. ¿No lo ves? Louis sigue quemado por lo de Armand. Estoy seguro de que se sintió ridiculizado aquel día, por habernos hecho caso y perder el tiempo interrogándolo… para nada.