La pista del coche
Sábado, 9 de diciembre de 2023
Mientras los chicos aún dormían, Antoine aprovechó para salir temprano y acercarse a la Police Nationale, en pleno centro de Annecy, en el número 17 de la rue des Marquisats. Allí tenía buenos amigos, y el mejor, sin duda, era el comandante Henri Vallois. Entre cafés y la promesa —siempre cumplida— de compartir, con discreción y buena fe, cualquier cosa que llegara al periódico, Antoine solía obtener información que, en teoría, no debería salir de aquellas dependencias.
Nada más llegar, fue recibido con entusiasmo.
—¡Hombre, Antoine, dichosos los ojos! —exclamó Henri mientras le estrechaba la mano con firmeza y, al mismo tiempo, le sujetaba el brazo con afecto—. ¿Cuánto hace de nuestro último encuentro? Fue en la graduación de tu hija Elena, ¿no?
Antoine, sí, creo que sí, ya tocaba vernos. ¿Tomamos un café?
—Henri, uy… me parece a mí que algo te traes entre manos —dijo Antoine, con media sonrisa.
—Dame un momento —respondió Henri—. Aviso por aquí que salgo y cojo el abrigo. ¿Tienes algún sitio en mente o te llevo a uno que descubrí hace poco? Tienen unos dulces que engordas solo con mirarlos… pero están de buenos. Está a un kilómetro de aquí.
Antoine asintió.
—Por mí vale. Vamos en mi coche.
—Perfecto —contestó Henri—. Yo te guío. Se llama Slake Coffee, en el 29 de la rue Sommeiller
Por el camino surgieron las típicas preguntas de cortesía: qué tal la mujer, los hijos, el trabajo... Pero ya sentados en la cafetería, con un café con leche humeante frente a ellos, Henri fue directo al grano.
—Pues tú dirás.
—Verás, Henri… tú sabes que fui muy cabezón con un tema, ¿verdad? —dijo Antoine, evitando mirarle directamente.
—¡Vaya que sí! —respondió Henri, dejando la taza sobre el platillo con un leve golpe—. Casi nos cuesta la amistad. Te empeñabas una y otra vez en tratarnos a mí y a mis compañeros poco menos que de incompetentes… Y eso siendo fino, porque no quiero recordar palabras más fuertes que escuché de tu boca y que he preferido olvidar. No me digas que has vuelto a darle vueltas a ese asunto. Mira, entiendo que fue un golpe brutal para ti, era tu compañera, tu amiga, —en realidad lo fue para todo Annecy—, pero, por Dios, ¿cuánto hace ya de aquello?
—No te pongas a la defensiva, que aún no te he pedido nada.
Henri suspiró, ladeando la cabeza con una sonrisa cansada.
—Pero te conozco, y lo vas a hacer.
—Es que hay algo nuevo —dijo Antoine, bajando un poco la voz y mirando alrededor con cautela—. Aún no puedo contarte gran cosa, pero creo que ahora podría encontrarse un camino… un camino que nos lleve a resolver las dudas que quedaron en su momento.
Henri frunció el ceño, apoyando los codos sobre la mesa.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué sabes? ¿Qué has encontrado, Antoine?
—Tengo varios indicios —respondió este, casi en un susurro—. No son pruebas, al menos no todavía, pero si me facilitaras algunos datos… podría traerte algo sólido, algo a lo que agarrarte para reabrir la investigación.
Henri, confundido por lo que escuchaba, negó con la cabeza.
—Antoine, no sé… creo que no deberías volver con eso otra vez.
—Henri, no me estás escuchando, por lo que veo —replicó Antoine, alzando ligeramente el tono—. Te digo que tengo algo, pero antes de ponerte al día necesito que me ayudes. —Su voz se volvió más grave, tensa—. Llevo años sin pedirte nada. Al contrario: más de una vez te he puesto sobre la pista de algo importante. ¿Recuerdas aquella vez que entrevistamos a los padres por un caso de Servicios Sociales? Te avisé de que, por casualidad, vi algo que no debía ver: aquel laboratorio de cocaína. Bien que te vino aquella información.
Henri frunció el ceño.
—¿Eso qué es ahora, una especie de chantaje? Vamos, Antoine… Una cosa es ser amigos y otra muy distinta que cada vez que me pidas algo tenga que saltarme las normas. Me estás hablando de expedientes, de datos que no pueden salir del edificio ni de mis ordenadores. Lo sabes perfectamente. Desde hace años nos controlan todo. Antes sí, antes hacíamos y deshacíamos, pero ahora tienes que justificar cada búsqueda, dejar constancia de cada consulta. Y si bajas a los archivos de pruebas… ni te cuento: lo revisan con lupa, salvo que se trate de un caso abierto y en curso.
—Solo necesito una matrícula y una dirección —insistió Antoine—. La noche anterior, ¿recuerdas? Solo hubo un coche que salió de la zona del lago. Tomaste declaración a un testigo que lo vio marcharse. Me dijiste que no tenía relación, que tenía una coartada incontestable.
—Fue otro agente quien llevó esa parte —repuso Henri tras unos segundos de silencio—. Esa matrícula que mencionas no era de aquí. Pertenecía a otro distrito.
Antoine le insistió, acercándose un poco más.
—Henri, necesito esos datos. Después, cuando tenga algo en firme, tú serás el primero en saberlo, te lo prometo. —Su voz temblaba entre la urgencia y la determinación—. Esto ya no va de periódicos, ni artículos, amigo… esto va de justicia. De una justicia que creí perdida, y que, mira por dónde, la casualidad me puso ayer delante un hilo, una mínima esperanza para devolvérsela a Claudia.