Ilusiones Bajo Llave

PARTE 10

El jugador

La lluvia comenzó a caer como si en el cielo algo se hubiera roto de repente. Era densa, espesa, y caía con tanta fuerza que el limpiaparabrisas apenas podía seguirle el ritmo, mientras Antoine conducía por aquellos caminos.

—Menos mal que por aquí hay poco tráfico —murmuró—, porque apenas veo dos metros delante.

Recorrieron varios kilómetros sin apenas cruzarse con casas. Al fin, divisaron un pequeño grupo de viviendas —no más de cuatro— y, aprovechando que la lluvia había aflojado un poco, se detuvieron allí, con la esperanza de que algún vecino del lugar pudiera guiarlos hasta Pierre.

Habían pasado ya de las doce del mediodía cuando vieron salir de una de las casas a un hombre mayor.

Antoine y los chicos se bajaron del coche, y él fue el primero en hablar:

—Buenos días, señor. Estamos buscando a un vecino, un familiar, pero no somos de aquí y andamos preguntando a ver si damos con la dirección.

El hombre sonrió y dijo:

—Uf, pues a ver si puedo ayudarles. Ya habrá visto que esto es un laberinto de campos y casitas, una suerte de enredo para quien no lo conozca.

—Se llama Pierre Gassendi —explicó Antoine—, el de la tienda de tejidos en Paimpol.

El anciano los miró de arriba abajo y soltó una carcajada.

—¡Ah, sí, hombre, el jugador! —rió—. Ese viejo ha sido de armas tomar. Es vecino, sí. Pasa por aquí cada semana en su bicicleta, cuando va a comprar a la ciudad. ¿Familiares suyos, dice?

—Sí, es un tío mío —respondió Antoine, deseando que la conversación terminara con una dirección concreta.

El hombre se encogió de hombros.

—Pues su tío lleva un tiempo con la cabeza regular, ya sabe… Aquí, cuando para y ve a alguien, lo coge y no lo suelta. Horas contando su vida y milagros, siempre las mismas historias. Ese hombre no debería estar solo. Igual estaría mejor en una residencia, pero solo… no creo que esté bien.

—Bueno, se verá qué se puede hacer —dijo Antoine—. ¿Podría guiarme hasta su casa?

—Claro, no tiene pérdida. Desde aquí, siga el camino y, en cuanto vea una casa roja, la primera a la derecha, esa es.

—Muy agradecido, señor, por su amabilidad. No le robamos más tiempo.

—Gracias a ustedes —respondió el hombre, riendo—. Voy a aprovechar que ha parado un poco de llover, que las cosas no se hacen solas.

Siguieron las indicaciones y llegaron hasta la casa: una vivienda de una sola planta, bastante descuidada, que parecía tener más de cien años.

La entrada estaba cubierta de gravilla para evitar el barro, aunque apenas quedaban ya zonas sueltas. Al bajar del coche, tuvieron que andar con cuidado para no hundirse hasta los tobillos. A pesar del ruido del motor y de los portazos al cerrar el coche de alquiler, nadie salió a recibirlos.

Antoine se adelantó, se acercó a la puerta y llamó con los nudillos sobre la vieja madera.

Desde dentro se oyó una voz cansada que decía:

—¡Ya va, ya va!

La puerta se entreabrió y apareció un hombre mayor, con gesto desconfiado.

—¿Qué quiere usted? —preguntó.

—Soy un viejo amigo de Jean-Luc Morvan —dijo Antoine—. Quería hablar un momento con usted.

La lluvia, que había dado una tregua, empezó de nuevo a caer con fuerza. Antoine continuó:

—Si pudiéramos hablar dentro…

Pierre dudó unos segundos. Luego los miró de arriba abajo, empapados bajo la lluvia, y finalmente se apartó de la puerta sin decir nada, dejándoles pasar.

La casa olía a viejo en todos sus rincones. En las paredes colgaban piezas de caza menor, y entre ellas se intercalaban retratos familiares en blanco y negro. Un viejo tocadiscos descansaba sobre una mesita, y en el salón, dos sofás de piel, rajados en varios puntos, enfrentaban a un televisor antiguo que ocupaba medio mueble. Pierre se acercó al rincón para atizar el fuego en la chimenea de leña. Todo en aquel lugar parecía detenido en otra época una mezcla antigua y otra ochentera, como si el tiempo hubiera dejado de pasar.

Aun así, por cortesía, Antoine dijo antes de sentarse, al ver que Pierre lo hacía:

—Tiene usted una casa acogedora, señor Pierre.

—Era la casa de mis padres, ¿sabe? Aquí nací y crecí yo. Después tuve casa en Paimpol, ya sabe, los negocios y eso. Al morir mis padres decidí volver... creo que necesitaba sentirlos vivos de alguna forma. Al menos, aquí estoy rodeado de todas sus cosas —dijo, con una lágrima a punto de brotar.

Se levantó y añadió—: Si queréis calentaros un poco, aparte de la chimenea tengo un vino que calienta de verdad.

Antoine miró a los chicos, sonrió y respondió:

—No, no hace falta, gracias.

Pierre se sirvió un buen vaso, bebió un trago y se sentó de nuevo.

—¿Sigue vivo aún Jean-Luc? —preguntó.

—Sí, pero... —empezó Antoine.

Pierre lo interrumpió:




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