Ilusiones Bajo Llave

PARTE 11

La casa de Annecy

Miércoles, 10 de enero de 2024

Por la mañana Henri llamó a Antoine al teléfono.

—Antoine, cógete la tarde libre —dijo—. Pasaré a recogerte por casa. No quiero que nos vean juntos, ni en mi trabajo ni en tu oficina, si vamos a hacer esto.

Antoine sonrió al otro lado de la línea, aunque Henri no pudo verlo. —Sabía que no me fallarías —contestó con calma.

Henri respiró hondo, como si hubiera pensado la frase antes de pronunciarla. —En realidad he decidido no pensarlo demasiado —admitió—. Por eso te he llamado tan pronto. Si le hubiera dado vueltas quizá te habría dicho que no, pero aún corre por mis venas sangre de policía de verdad, de la calle, de los que intentan hacer algo por los demás. En mi despacho, entre papeles, no parezco un policía; entiendo que hay que dejar paso a los jóvenes, pero no puedo quedarme de brazos cruzados.

—Ese es mi amigo —dijo Antoine, seco y cariñoso a la vez.

—Más te vale que demos con algo —replicó Henri—, o te lo estaré restregando cada día mientras sigas respirando.

Antoine dejó escapar una pequeña carcajada. —De ti me lo creo.

Llegó la tarde y, a eso de las tres y media, Henri aparcó frente a la casa de Antoine. Este salió a toda prisa para no hacerlo esperar y se quedó mirando el coche con sorpresa: no le sonaba. Señalándolo, preguntó, entre divertido y extrañado:

—¿Y ese coche?

—Anda, sube —respondió Henri—. ¿Qué, creías que iba a venir con el mío a hacer esto? Se lo pedí a un amigo.

Antoine esbozó una media sonrisa y, con ese tono suyo entre broma y verdad, comentó:

—Policía hasta la muerte…

Henri soltó una breve carcajada y, mientras ajustaba el retrovisor, preguntó:

—A ver, ¿dónde está exactamente eso? ¿La tienes bien localizada?

—Más o menos —respondió Antoine.

—¿Cómo que “más o menos”? —insistió Henri, arqueando una ceja.

—Verás —empezó Antoine—, el mayordomo me dio unas indicaciones. Hace años, antes de que Jean-Luc sufriera el ictus, mandaba a gente allí antes de la temporada de invierno, para dejar la casa limpia y lista para cuando la familia quisiera usarla. Pero, según me contó, después de lo de Jean-Luc ya no tenía sentido mantenerla, y la dejaron abandonada. Por lo que me explicó, está al este del Parc des Glaisins. La casa se levanta en unos terrenos que lindan con el río Fier, al final de un camino llamado dit des Teppes. Si no nos perdemos, estaremos allí en unos quince minutos.

—Pues en marcha —dijo Henri, y el coche comenzó a moverse.

Llegaron hasta el camino de acceso: una senda de tierra que conducía a una casa solitaria. A lo lejos se distinguía la finca; descuidada, sí, pero aún se adivinaban los límites que un día tuvo. A pocos metros de la construcción, en el sendero, había una barrera oxidada sin cadena que Antoine apartó con facilidad para que pudieran llevar el coche hasta la puerta.

Aparcaron frente a la casa: una vivienda modesta, de unos cien metros cuadrados, con dos ventanas y una puerta sencilla. Rodearon el edificio por el exterior. Detrás, un pequeño porche de madera cubría un coche: tenía una funda vieja, raída por el tiempo. Antoine la levantó con cuidado… y allí estaba, el Mercedes verde de los años sesenta, con la matrícula que ambos conocían.

Henri se agachó, observó las ruedas y luego miró a Antoine.

—Cuando llegamos por el camino no te he dicho nada —comentó—, pero me fijé en que había surcos de neumáticos. No son de hoy ni de ayer… pero tampoco de hace veinte años. Y, casi con toda seguridad, coinciden con el ancho de estas ruedas. Mira —señaló—, los neumáticos de esa época son más estrechos que los actuales. Así que este coche ha circulado, y no creo que lo haya hecho solo.

Antoine sonrió con una mezcla de satisfacción y alivio: por fin Henri comenzaba a tomarse en serio su historia.

Siguieron mirando alrededor. Había leña apilada y un pequeño sendero, casi perdido entre la vegetación, que descendía hasta el río. La distancia desde la casa al rio no llegaría a cincuenta metros.

—En un sitio así puedes gritar lo que quieras —dijo Antoine—, es imposible que te escuchen.

Henri asintió, serio. Después preguntó:

—¿Y bien? ¿Qué quieres que hagamos ahora?

—Entrar —respondió Antoine, sin dudar.

Henri frunció el ceño.

—Sabes que si encontramos algo y es importante, no podremos usarlo jamás en un proceso.

—Ya lo sé —replicó Antoine—, pero tampoco nos habrían permitido venir aquí a registrar sin pruebas. Así que estamos en las mismas. La diferencia, Henri, está en que si algo aquí nos conduce al culpable… ya buscaremos la forma de hacerlo caer.

Antoine miró la puerta de madera; parecía recia. La tocó, la golpeó un par de veces y murmuró:

—No sé cómo vamos a abrir esto.

Henri no necesitó más. Abrió el maletero, sacó una barra de acero y, con un golpe seco de palanca, la puerta cedió a la primera.




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