Ilusiones Bajo Llave

PARTE 12

El taller

Viernes, 12 de enero de 2024

Eran casi las dos de la tarde cuando Simona y Alan llegaron a la estación de Vannes. Allí los esperaba Antoine, apoyado en un coche de alquiler, con gesto impaciente y las llaves en la mano.

—Bueno —dijo en cuanto los vio—, ¿me vais a decir ya qué es eso tan importante que tengo que saber?

Simona sacó un papel arrugado del bolsillo y se lo tendió.

—Pon esta dirección en el GPS de tu movil —ordenó con voz seria—. Tenemos que ir ahí.

Antoine frunció el ceño mientras tecleaba.

—¿Y a dónde se supone que vamos? —preguntó Alan, algo desconcertado.

—Ten un poco de paciencia, ¿vale? —respondió Simona, mirando por la ventanilla—. He pasado la noche entera dándole vueltas a si debíamos hacerlo o no… pero creo que es lo mejor.

Antoine bufó con media sonrisa.

—No sé a qué viene tanto misterio, pero bueno, espero que valga la pena.

El coche arrancó. Durante un rato, solo se oía el ronroneo del motor y el sonido intermitente del GPS marcando la ruta. De pronto, Simona sacó de su mochila una vieja fotografía en blanco y negro, doblada por las esquinas. La sostuvo unos segundos en silencio antes de mostrársela a Antoine.

—Mira esto.

Antoine la miró de reojo sin soltar el volante, y sus ojos se abrieron de par en par.

—¿Pero qué…? Esta mujer… parece Claudia. O su clon. La foto es antiquísima. ¿Quién es? ¿Su madre? ¿De dónde has sacado esto?

Simona negó despacio.

—No. Y eso es lo sorprendente —dijo—. Es la madre de Jean-Luc… y de un tal Joseph.

Antoine giró la cabeza un instante, incrédulo.

—¿Espera, Jean-Luc tenía un hermano?

Simona asintió.

—Sí. Y todo encaja, Antoine. Ese tal Joseph es quien apareció de repente en la vida de Jean… y muy probablemente, la sombra, el criminal que llevamos buscando.

Alan, que hasta entonces había permanecido callado, tragó saliva.

—¿Quieres decir que el asesino… es el hermano de Jean?

Simona asintió de nuevo, con los ojos fijos en la carretera que se abría frente a ellos.

—Exacto. Y si tengo razón, en esa dirección que te di… vamos a encontrar algo que lo confirme.

Conforme se acercaban al destino, Alan empezó a mirar por la ventanilla con gesto de sospecha.

—Oye… —murmuró—, este sitio me suena. Creo que… cerca de aquí trabaja mi padre.

Nadie respondió. El silencio en el coche se volvió denso.

Finalmente, Antoine detuvo el vehículo al otro lado de la carretera, frente a un taller con el cartel algo descolorido: Taller Mécanique Le Goff.

Alan frunció el ceño, cada vez más alterado.

—¿Me puedes explicar qué hacemos aquí, Simona? —preguntó, mirándola fijamente

Antoine observaba la escena desde el asiento del conductor, pasando la vista del cartel a los dos chicos.

Simona se quedó callada, incapaz de articular una palabra.

—¿Qué pasa? —insistió Alan, subiendo el tono—. ¿Por qué te callas ahora?

—Chicos, tranquilos, ¿vale? —intervino Antoine, con las manos levantadas—. Voy a parar el coche del todo. Salgamos fuera y lo hablamos.

Los tres bajaron. Frente al taller, los coches pasaban sin cesar por aquella carretera. Antoine cruzó los brazos.

—Simona —dijo con voz firme—, se lo dices tú… o se lo digo yo.

—No, no —contestó ella enseguida—. Yo se lo digo.

Cogió a Alan del brazo y lo apartó unos metros, lejos de Antoine.

—Anda, ven. Te lo explico.

Alan la siguió a regañadientes. Simona respiró hondo antes de hablar.

—Mira, Alan… hay algo que tienes que saber. Tu padre… de algún modo podría estar relacionado con el caso.

Alan la miró sin entender.

—¿Qué estás diciendo?

—Una herramienta del taller, con el nombre en una pegatina —continuó Simona—, apareció el sótano. No parece vieja, es algo reciente. Y además… todo eso de que tu padre no tiene familia, ni pasado… no sé, empieza a sonar demasiado conveniente si lo que quiere es ocultar algo.

Alan negó, dando un paso atrás.

—Tú estás loca. Se te ha ido totalmente la cabeza. Mira, te he seguido en todo, eras mi amiga, pero meter a mi padre en esto… ¡eso es demasiado! ¿No tuviste bastante con lo de Armand?

El grito resonó en mitad de la calle. Antoine, que los observaba a distancia, tuvo que acercarse corriendo.

—Eh, eh, tranquilos los dos —dijo, poniéndose entre ellos—. Mira, Alan, lo de la llave es cierto, estaba allí. Pero eso no significa nada… y en eso te doy la razón. Aun así, si queremos avanzar, hay que tomar decisiones.

Alan lo miró con rabia contenida, respirando fuerte.




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