I'm not your Cinderella.

Capítulo 10: Una pequeña condición.

Volvió a tocar la puerta y esperó a que ella abriera. Tenía el vestido dentro de una bolsa para ropa que cargaba en su regazo.

 

—Samantha soy yo. ¿Podemos hablar?


Sabía que estaba ahí, pues fué a buscarla al centro comercial y Zoe le comentó que ese día no trabajaba.


—Samantha. Por favor abre. Necesito saber si... ¿Querrías fingir ser mi novia de nuevo? Solo por hoy. Tenías razón, sabes, mi abuelo preguntó por tí y ahora quiere volver a verte y también mi abuela.
Podrás reírte con todas las historias vergonzosas que te cuenten de mí. Y si quieres quedarte solo un rato, hazlo. Yo vendré a dejarte cuando quieras. No volverás a verme si no quieres Samantha. Solo esta noche. Por favor.
Y olvídate de los cien dólares y la ropa. No tienes que pagarme nada. Solo... Oye, lamento haberte besado el otro día es solo que... ¿Sam?


"¿Pero que estoy haciendo? Esto no tiene sentido. No es necesario ni de vida o muerte que ella me acompañe".


Entonces ¿Por qué deseaba que dijera: sí?


—Es el aniversario de la empresa. Y hoy es un día importante para mí y me gustaría que estuvieras ahí... Conmigo — dijo apoyando la frente en la puerta —.  Hasta te he traído un vestido.  Es tuyo aunque digas que no.


La puerta se abrió y él estuvo a punto de caer de bruces.


—¿Me trajiste un vestido? — preguntó ocultando la emoción.
—Sí.  Sí.  ¿Eso significa que me perdonas? ¿Irás conmigo?
—Primero el vestido — dijo seria —. Dijiste que podía quedármelo aunque no asista.
—Lo tengo en el auto — dijo pasando la bolsa detrás de él. 
—¿Y que es eso que tienes ahí?
—No es el vestido. Es una pijama nueva ya que solo usas viejas.


Samantha hizo una mueca que parecía más una sonrisa torcida.


—¿Quieres que vaya contigo o no?
—Sí — respondió con una sonrisa.


Así que Evan esperó en la sala mientras ella se vestía en la habitación. No podía creer que había resultado tan fácil de convencer.


Se paseaba por la pequeña estancia y se detuvo en aquellos curiosos adornos que estaban por toda la casa. Eran bastante rústicos, parecían hechos a mano.


—Evan ¿Puedes ayudarme por favor? — dijo caminando hacia él levantando la falda del vestido. Pues la arrastraba al caminar sin los tacones —.  No puedo ponérmela — explicó tendiéndole una fina cadena de plata con un dije minúsculo que no era más que un diamante circular.


Ella se dió la vuelta esperando a que él se lo colocara. Evan intentó abrir el broche hasta que por fin logró ponérselo. Le observó un momento mientras ella giraba para mirarlo.


El vestido le quedaba perfecto.  La parte superior que se ajustaba a ella, estaba hecha de delicada organza de un suave tono melocotón con el forro del mismo color. La falda caía suelta desde la cintura con mucho vuelo sin parecer pesada.
El vestido de sostenía a sus hombros con las pequeñas mangas. Dejando la zona de los omóplatos descubierta y llegando un poco más abajo de la mitad de su espalda.  No exponía mucha piel.


—Te ves preciosa — dijo sin pensar.  Ella sonrió pasando un mechón tras su oreja.
—Tu también te ves lindo — respondió con diversión.

 


Samantha disfrutó de aquella fiesta charlando con todos aquellos a quienes Evan la presentaba como su novia.  Una pequeña chispa de emoción la invadía cuando él lo decía mientras la sujetaba por la cintura.


Entre las conversaciones Evan aprendió algunas cosas interesantes sobre Samantha.  Cómo que ella era de un pueblo pequeño de Montana pero que había vivido en San Francisco, Manhattan y Washington por los negocios de su padre.  Y que cuando él falleció ella decidió establecerse en la ciudad.


Esto último se lo contó a su abuelo quien insistía en charlar todo lo posible con ella.


—Y ¿Cuánto tiempo llevan juntos chicos? — preguntó de pronto.
—Un año.
—Dos años.


Respondió cada uno.


—Tres años — rectificaron al mismo tiempo luego de decidir con la mirada que responder.
—Me alegro escuchar eso.  Sabes Samantha, nunca había a visto a mi nieto tan enamorado — dijo con una sonrisa mientras ellos se miraron nerviosos —.  Este chico trabaja mucho.  Algo que es excelente.  Yo se lo enseñé por supuesto, pero yo creo que el legado que dejamos a nuestros hijos es lo que hará que recuerden nuestro trabajo.  Pues si no hay quien nos recuerde ¿De servirá todo aquello?


Samantha estaba de acuerdo en eso.  Sus padres le enseñaron muchas cosas en su niñez.  Y todo aquello le había servido en su joven vida.  Ese conocimiento fue su legado.




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