Imperfecto dominio

1. Él no me ve

Alma

Roman Orlov no sabía prepararse un café.

Podía cerrar una negociación de doscientos millones de dólares sin pestañear, destruir a un competidor con tres llamadas y hacer que media sala de juntas se quedara en silencio solo con levantar la mirada, pero no sabía distinguir entre un espresso doble y ese veneno aguado que vendían en la cafetería del primer piso.

Yo sí.

También sabía que odiaba las camisas con botones de nácar, que revisaba los contratos dos veces cuando estaba preocupado y tres cuando estaba furioso, que nunca almorzaba antes de las tres, que no contestaba llamadas de números desconocidos, que su madre lo llamaba los domingos a las nueve y que él siempre dejaba sonar el teléfono hasta que la culpa le ganaba al orgullo.

Sabía demasiadas cosas de Roman Orlov y ese era mi primer problema.

El segundo era que él no sabía ninguna de mí.

—Alma.

Levanté la vista de la tablet antes de que terminara de pronunciar mi nombre. No porque fuera obediente. Bueno, sí, un poco, pero sobre todo porque llevaba dos años entrenada para anticiparme a sus órdenes como si mi estabilidad migratoria, mi sueldo y mi dignidad dependieran de ello.

Lo cual, para ser justos, era bastante cierto.

Roman estaba de pie frente al ventanal de su oficina, con Manhattan extendido a sus pies y el traje negro ajustado a ese cuerpo alto, frío y perfectamente diseñado para arruinarle la vida a una mujer con poca autoestima y demasiado buen gusto.

No me miraba. Nunca me miraba realmente.

—Cancela la reunión de las cuatro —ordenó—. Mueve a Keller para mañana. Dile a Maksim que no voy a asistir a la cena de esta noche y consigue el informe de adquisiciones antes del mediodía.

Asentí, aunque ya había hecho tres de esas cuatro cosas.

—La reunión fue cancelada hace veinte minutos, Keller aceptó mañana a las nueve, el informe está en su correo y el señor Sokolov dijo que, si intenta faltar a otra cena corporativa, enviará a Alexei Volkov personalmente a sacarlo de aquí.

Roman giró apenas la cabeza pero no lo suficiente para mirarme, solo lo suficiente para demostrar que me había escuchado.

—Entonces dile a Volkov que traiga esposas.

Tragué una sonrisa.

Ese era mi tercer problema.

Roman Orlov podía ser un tirano, un hielo ruso con complejo de zar y la capacidad emocional de una grapadora, pero a veces decía cosas así. Secas, oscuras e insoportablemente atractivas. Y yo, Alma Salazar, inmigrante venezolana, asistente ejecutiva, mujer adulta con facturas, metas y supuesta dignidad, seguía enamorada de mi jefe como una idiota profesional.

No era un enamoramiento bonito.

No era de esos que una podía confesarle a una amiga por teléfono mientras se pintaba las uñas y fingía que no estaba esperando un mensaje. No. Lo mío con Roman era más humillante, silencioso y bastante más peligroso, porque estaba construido sobre la rutina. Sobre la forma en que se quitaba el reloj al final del día y lo dejaba siempre del mismo lado del escritorio. Sobre el modo en que decía mi nombre sin suavidad, sin cariño, sin intención, y aun así conseguía que algo dentro de mí se ordenara y se rompiera al mismo tiempo.

Enamorarse de un hombre que no te veía era una estupidez.

Enamorarse de uno que necesitaba cada segundo de tu vida para funcionar y aun así no te veía era directamente una enfermedad.

—También tiene revisión con legal a las doce y media —añadí, deslizando el dedo sobre la tablet—. La presentación para inversores está lista, pero cambié la diapositiva diecisiete porque el gráfico anterior parecía hecho por alguien que odia el dinero y los ojos humanos. Su almuerzo llegará a las tres, sin champiñones, sin aceitunas y sin esa salsa que usted llama “desgracia italiana”.

Roman se volvió entonces, por fin y sus ojos grises encontraron los míos durante una fracción de segundo y yo hice lo que cualquier mujer sensata habría hecho bajo una mirada así: mantuve la expresión profesional y dejé que mi sistema nervioso se prendiera fuego en silencio.

A lo bonzo, carajo.

—¿Por qué cambié de opinión sobre las aceitunas? —me preguntó, con ese acento ruso embriagador.

—No cambió de opinión. Las odia desde siempre —dije, segura de todo lo que sabía de él.

—Yo no odio las aceitunas. —Me miró con el ceño arrugado.

—La semana pasada dijo que sabían a castigo mediterráneo.

Roman parpadeó con esa calma aterradora que usaba cuando un ejecutivo intentaba mentirle en una negociación.

—Eso no prueba nada —refutó, como si yo mintiera.

—Prueba que tiene mal gusto y memoria selectiva —dije, sonriendo.

El silencio se estiró entre nosotros.

Durante un segundo, pensé que me había excedido. No sería la primera vez. Mi lengua tenía una relación muy conflictiva con mi instinto de supervivencia, especialmente cuando llevaba más de seis horas alimentándome de café recalentado y ansiedad corporativa, pero Roman solo bajó la mirada al expediente abierto sobre su escritorio, como si yo fuera parte del mobiliario inteligente de la oficina, o una lámpara con piernas.




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