Imperfecto dominio

2. La noche que jamás recordarás

Alma

A las seis y cuarto, después de resolver dos crisis menores, una amenaza de Roman a un proveedor y un correo de Maksim que decía únicamente “Asegúrate de que Orlov llegue”, fui al baño de mujeres del piso ejecutivo para cambiarme. Mi vestido no era nuevo, pero lo parecía si una no miraba demasiado cerca la costura del lado izquierdo. Era verde oscuro, sencillo, ajustado en la cintura, lo bastante formal para no desentonar y lo bastante barato para recordarme que la elegancia también podía comprarse en liquidación con un cupón del veinte por ciento.

Me recogí el cabello, me solté dos mechones cerca del rostro y me puse labial rojo porque mi madre siempre decía que una mujer podía estar destruida por dentro, pero con la boca pintada al menos parecía que iba a cobrar venganza.

Cuando salí, Roman estaba esperándome junto a mi escritorio.

Me detuve en seco.

Él ya llevaba el traje azul oscuro que había elegido para esa noche. Le quedaba como todo lo que tocaba Roman Orlov: de manera injusta. La tela resaltaba la amplitud de sus hombros, la línea dura de su mandíbula, la frialdad elegante de sus ojos. No llevaba corbata. Por supuesto que no. Roman tenía una relación complicada con cualquier cosa que pareciera insinuar que alguien podía apretarle el cuello, incluso de forma decorativa.

Su mirada pasó sobre mí, una vez, rápida y controlada. Insuficiente para ser admiración y demasiado lenta para ser indiferencia. Sentí que el corazón me daba un golpe estúpido en las costillas.

—Llegas tarde —dijo.

Y ahí estaba, el romance había muerto de forma administrativa.

—Todavía faltan cuarenta minutos para la recepción.

—El tráfico.

—Ya revisé el tráfico.

—Podría cambiar —discutió.

Quise poner los ojos en blanco, pero en vez de eso, dije:

—También podría caer un meteorito y librarnos de los discursos, pero no estoy basando la agenda en milagros.

Roman bajó la mirada a mis zapatos.

—¿Puedes caminar con eso?

Miré mis tacones, luego a él.

—Roman, soy venezolana. Nacimos preparadas para correr una emergencia nacional en tacones si hace falta.

—Eso explica muchas cosas —dijo, acomodándose el saco.

—No sé qué significa eso, pero elegiré ofenderme después —dije.

Pasé junto a él para tomar mi abrigo y mi bolso. Al hacerlo, percibí su perfume. Caro, oscuro, limpio. Una mezcla de madera, humo y algo frío que siempre parecía pertenecerle más que a la botella. Lo había olido en su oficina, en su abrigo, en los asientos traseros de los autos donde yo había revisado contratos mientras él hablaba por teléfono en ruso con esa voz baja que me hacía olvidar por momentos que tenía principios.

—¿Qué significa tvar? —pregunté de pronto.

Roman se quedó inmóvil.

—¿Dónde escuchaste eso?

—Usted se lo dijo al de contabilidad esta mañana —dije, curiosa.

—No necesitas saberlo.

—Eso significa que es algo horrible —pensé en voz alta.

—Significa criatura.

—¿Criatura? —quise saber.

—En contexto, algo peor.

—Roman.

—No lo repitas frente a recursos humanos.

—Eso reduce bastante mis oportunidades de usarlo.

Él tomó su abrigo del respaldo de mi silla como si le perteneciera. En cierto modo, todo en mi escritorio le pertenecía un poco, incluida mi cordura, pero intentaba no pensar demasiado en eso.

—Aprendes ruso demasiado rápido —dijo.

Sonreí. Roman me miró, otra vez ese destello mínimo. Otra vez esa grieta.

—Vamos, solnyshko.

Mi corazón, traicionero y tropical, hizo algo vergonzoso.

Lo seguí hasta el ascensor con la tablet en una mano, el bolso en la otra y una advertencia pesada instalándose en el estómago, porque había algo distinto en la cercanía. Tal vez era la forma en que Roman caminaba un poco más cerca de mí que de costumbre. Tal vez era el vestido verde, o el labial rojo, o el cansancio acumulado de tantos años siendo necesaria sin ser elegida.

Tal vez era simplemente la noche.

Nueva York brillaba detrás de los cristales cuando bajamos en silencio, esa ciudad imposible donde una podía sentirse poderosa y desamparada en la misma cuadra. Roman revisaba correos en su teléfono. Yo revisaba la agenda. Dos personas lado a lado, separadas por todo lo que él no sabía y todo lo que yo nunca me atrevía a decir.

Al llegar al lobby, el chofer abrió la puerta del auto y Roman esperó a que yo subiera primero.

Era un gesto automático, educado y sin significado. Me repetí eso mientras acomodaba el vestido sobre mis rodillas y él se sentaba a mi lado, llenando el interior del vehículo con su presencia oscura, su perfume caro y esa calma masculina que siempre parecía estar a medio paso de convertirse en peligro.




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