Imperfecto dominio

3. Aquella noche

Alma

La primera vez que desperté en la cama de Roman Orlov, no hubo flores, promesas ni una mano buscándome bajo las sábanas.

Solo hubo silencio y una luz gris entrando por los ventanales del penthouse.

El peso tibio de una sábana que no era mía contra mi piel desnuda y el horror lento, elegante y carísimo de saber que había cruzado una línea de la que ya no podía volver.

Durante varios segundos no me moví. Me quedé boca arriba, mirando el techo alto de aquella habitación donde todo parecía diseñado para recordarle al mundo que Roman Orlov no pertenecía a la misma especie que las personas normales. Las lámparas eran discretas, las paredes de un tono gris profundo que no necesitaba presumir su precio, las cortinas caían pesadas hasta el suelo y las sábanas olían a algodón limpio, perfume masculino y pecado reciente.

También olían a él y ese fue el problema. Otro bendito problema.

No el penthouse, no la cama, ni el hecho de que estuviera desnuda en una habitación que valía más que todos los departamentos en los que había vivido desde que llegué a Estados Unidos. El verdadero problema fue girar apenas la cabeza y verlo dormido a mi lado, con el coño hecho mierda, la dignidad olvidada en alguna parte de Manhattan y el corazón en el lodo.

Roman estaba boca abajo, con un brazo bajo la almohada y el rostro vuelto hacia mí. Tenía el cabello negro desordenado sobre la frente, la respiración profunda y lenta, los hombros desnudos marcados por la luz fría de la mañana. La sábana le cubría apenas la cintura, dejando visible la espalda amplia, las líneas tensas de un cuerpo que incluso dormido parecía demasiado controlado para ser humano.

No parecía un hombre que la noche anterior hubiese perdido el control. Conmigo. Parecía Roman Orlov.

Frío incluso en reposo. Hermoso de una forma injusta. Inalcanzable hasta estando a centímetros de mi cuerpo.

Sentí un nudo cerrándose en mi garganta y me obligué a respirar despacio, porque entrar en pánico desnuda en la cama de tu jefe ruso multimillonario no era una situación para la cual existiera manual de recursos humanos.

Dios mío.

Dios mío, Alma. ¿Qué hiciste?

La memoria no llegó completa. Llegó en fragmentos, como cristales dispersos sobre un piso oscuro y, tal vez, yo prefería que fuera así.

Roman demasiado cerca en el elevador, con una mano apoyada en la pared junto a mi cabeza y la mirada baja, fija en mi boca, como si hubiera pasado años sin verme y de pronto yo fuera lo único que el mundo le permitía mirar.

Su voz, grave por el alcohol y por algo más peligroso, murmurando mi nombre en ruso primero, en español después, como si intentara probar de qué forma le pertenecía mejor a su boca.

Mis dedos cerrados en la solapa de su chaqueta.

Mi propio susurro, tembloroso y sensato por última vez, diciéndole y recordándole que su estado no era el mejor:

—Está borracho, Roman.

Y él inclinándose apenas, con los ojos grises demasiado claros en la penumbra del ascensor.

—No lo suficiente para no saber que eres tú. —Dios mío, cuando dijo eso, me perdí a mí misma.

Cerré los ojos con fuerza. No. No podía pensar en eso. Si pensaba en eso, iba a llorar. Y yo no lloraba desnuda en camas ajenas, mucho menos en camas de hombres que seguramente tenían abogados capaces de convertir mis lágrimas en una cláusula de confidencialidad.

Muy bien, Alma. Perfecto. Excelente.

Te viniste a Nueva York buscando futuro, estabilidad, oportunidades, papeles en regla y una vida mejor, y terminaste desnuda en la cama de tu jefe ruso emocionalmente defectuoso.

Mi abuela habría encendido una vela. Mi madre habría gritado primero y rezado después. Yo, por mi parte, estaba considerando fingir mi muerte, cambiarme el nombre y abrir una arepera en Alaska, donde tal vez los hombres fríos no parecieran tan atractivos porque harían juego con el clima.

Roman se movió apenas y mi corazón intentó escapar por la tráquea.

Me quedé completamente quieta, con los ojos fijos en él, como si mi inmovilidad pudiera borrar la evidencia de mi existencia. Roman murmuró algo en ruso contra la almohada, una palabra ronca, incomprensible, y volvió a quedarse dormido.

Respiré, despacio, como si no estuviera viva, después de arder bajo su cuerpo, encima su cuerpo, delante de su cuerpo y en otras posiciones que no creí posibles. No, ahora no, Alma, concéntrate.

Me moví con cuidado, como una criminal en tacones.

Tenía que irme.

Esa fue la primera decisión sensata de la mañana. La segunda era no volver a beber champaña corporativa cerca de hombres con traumas, vodka y penthouses con ascensores privados. La tercera, quizá, sería buscar en internet cuánto costaba mudarse de país sin avisar, pero una cosa a la vez.

No podía con todo eso y la agenda de Orlov. Era demasiado.

Me incorporé despacio, sosteniendo la sábana contra mi pecho. El movimiento despertó un dolor íntimo en mis muslos, una conciencia física de la noche anterior que me hizo cerrar los ojos otra vez. No era vulgar, tal vez sí era brutal, o tal vez era peor.




Reportar suscripción




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.