
Roman
Alma Salazar llevaba quince días siendo perfecta y yo empezaba a odiarlo.
No había cometido un solo error. No había llegado tarde, no había perdido documentos, no había discutido conmigo por el orden de las reuniones ni me había amenazado con esconder mis corbatas negras bajo el argumento ofensivo de que un hombre no necesitaba parecer “un viudo millonario buscando a quién demandar” todos los días de su vida.
Llegaba antes que yo, respondía correos con una eficiencia impecable, corregía contratos antes de que legal entendiera que había algo que corregir, preparaba mi café en el punto exacto y organizaba mi agenda con esa precisión casi violenta que siempre la había hecho indispensable.
Su rendimiento no había disminuido, su puntualidad era irreprochable, su tono era correcto y su trabajo era excelente. Entonces, por lógica, no debería haber ningún problema.
Y, sin embargo, algo estaba mal.
Alma seguía siendo eficiente, pero ya no era cálida. Ya no entraba a mi oficina como si llevara el sol caribeño metido bajo la piel y una guerra personal contra mi paciencia.
Ya no murmuraba barbaridades en español cuando creía que no la escuchaba. Ya no me miraba con esa mezcla de desafío, resignación y humor que parecía decir que yo era un castigo divino con traje italiano, pero que alguien tenía que evitar que el castigo muriera de hambre frente a una cafetera.
Ahora tocaba la puerta antes de entrar. Eso, en sí mismo, debería haber bastado para preocupar a cualquier hombre razonable.
Alma no tocaba la puerta. Alma irrumpía, porque decía que mi oficina era “territorio de alto riesgo administrativo” y que tocar antes de entrar solo le “daba más tiempo a mi ego para expandirse”.
Esa última frase, siempre me había hecho sonreír cuando estaba solo, en la oscuridad, pensando en ella.
Durante dos años había entrado con café, documentos, sarcasmo y una energía que siempre me pareció excesiva para una sola persona.
Ahora pedía permiso, como si yo fuera un extraño, como si ella no supiera exactamente dónde guardaba las aspirinas, qué llamadas no debía pasarme antes de las diez, qué camisas odiaba, qué inversores me aburrían y qué tono usaba cuando estaba a punto de destruir a alguien en una negociación.
Como si no me conociera y esa posibilidad me irritó más de lo que era razonable.
Revisé por tercera vez el informe de adquisiciones que ella había dejado sobre mi escritorio. No había errores. Por supuesto que no.
Alma corregía los errores antes de que los demás tuvieran la oportunidad de cometerlos. Había notas precisas en los márgenes, cláusulas señaladas con colores, una advertencia sobre un punto fiscal que incluso el abogado principal había pasado por alto y un comentario escrito en letra pequeña junto a una tabla financiera.
“Esto está mal. No de forma criminal, pero casi. Revisar antes de que Keller vuelva a respirar cerca del contrato.”
No sonreí, pero casi.
Apreté la pluma entre los dedos y miré hacia la puerta cerrada de mi oficina. Del otro lado, la escuchaba hablar por teléfono con alguien de logística. Su voz era profesional, amable, neutra. Eso era lo que me molestaba. Alma podía ser muchas cosas, pero neutra no.
Alma era ruido, color, calor, discusiones innecesarias sobre comida, clima y mi incapacidad de funcionar como un adulto sin supervisión. Alma era el tipo de mujer que podía llamarme “tirano” con una sonrisa dulce y hacer que pareciera una observación cultural y me encantaba.
Ahora decía “por supuesto”, “lo confirmo” y “quedo atenta”.
Quedo atenta. Qué frase más insoportable.
La primera vez que la escuché usar ese tono conmigo, pensé que estaba enferma. La segunda, consideré que recursos humanos había hecho algo estúpido. La tercera, me pregunté si tal vez estaba buscando otro empleo.
Esa idea no me gustó y no porque me importara personalmente. Por supuesto que no. Me importaba operativamente.
Alma era una pieza fundamental de mi estructura diaria, y las estructuras fundamentales no se reemplazaban sin un costo considerable.
Si ella se iba, alguien tendría que aprender mis horarios, mis contratos, mis preferencias, mis sistemas, mis silencios, mis negativas, mis límites y mis maneras de decir que algo era inaceptable sin usar exactamente esa palabra.
Sería ineficiente. Eso era todo.
Me levanté y caminé hacia el ventanal. Manhattan se extendía bajo la oficina con su arrogancia habitual, vidrio, acero, ambición y tráfico. En Moscú, el poder tenía otra textura. Más pesada, antigua y violenta. En Nueva York, el poder sonreía, compraba arte contemporáneo, fingía conciencia social y luego firmaba acuerdos capaces de arruinar familias enteras antes del almuerzo.
Prefería la honestidad rusa. Al menos cuando un hombre en Moscú quería hundirte, no te ofrecía primero un canapé.
Mi teléfono vibró sobre el escritorio. Un correo nuevo, de Alexei Volkov.