Capitulo 1
JOHANSEL
El crepúsculo teñía el cielo de un naranja tan intenso que parecía querer competir con las leyendas que guardo en la memoria.
Avivé la fogata con un trozo de madera seca, observando cómo las chispas danzaban antes de perderse en la penumbra de la noche.
A mi lado, el pequeño Yuka me miraba con los ojos abiertos de par en par, abrazando sus rodillas y esperando que mi voz rompiera finalmente el silencio.
—Acércate más al fuego, Yuka —le dije, regalándole una sonrisa mansa pero cargada con el peso de mis propios recuerdos—. La historia que me pides no es un cuento cualquiera para dormir. Es la historia de nuestra sangre, de nuestro hogar: el Imperio Cristal.
El niño obedeció de inmediato, arrastrándose un poco más por la manta hacia donde yo estaba.
—¿Es verdad lo del cabello, Johansel? ¿El cabello de fuego? —me preguntó en un susurro, como si temiera que el viento del norte le robara el secreto. ¡Cuéntame más, por favor! Cuéntame esa parte otra vez, la de los reyes de antes.
Solté un suspiro largo, clavando la mirada en las llamas que crepitaban ante nosotros.
Ver su entusiasmo me conmovió, pero también me trajo una oleada de amargura; él la veía como su fábula favorita, mientras que para mí era una realidad asfixiante.
—Es verdad, mi niño —respondí, complaciendo su petición de ahondar en el mito—. La familia real, los verdaderos gobernantes del Imperio Cristal, son conocidos en el mundo entero como los hombres y mujeres de cabellos de fuego. Pero no te equivoques, no caminan por los pasillos del palacio con la cabeza encendida. En vida, sus cabelleras pueden ser tan negras como el azabache o tan claras como la paja. El misterio... la maldición o bendición, según cómo decidas mirarlo, ocurre solo cuando dan su último aliento. Al fallecer, cuando la vida se les escapa, el cabello se les torna de un rojizo vivo, ardiente, como si la última chispa de su alma se concentra en cada hebra justo antes de partir.
Yuka contuvo la respiración, completamente fascinado. Sentí una punzada de amargura en el pecho, y mi tono de voz se volvió más sombrío al continuar.
—Es una maravilla visual, dicen los pocos que lo han presenciado con respeto. Pero el mundo exterior está lleno de hombres ignorantes, codiciosos y crueles, Yuka. Muchas personas, movidas por una curiosidad retorcida o por el simple deseo de profanar lo sagrado, viajan desde tierras lejanas con un solo propósito en mente: cazar a un miembro de nuestra realeza. Buscan matarlos en callejones oscuros o emboscadas, simplemente para ver si de verdad sucede ese acto. Quieren comprobar con sus propios ojos, mientras sostienen el cadáver, si el cabello realmente se tiñe de fuego.
—¿Y por qué no nos defendemos? ¿Por qué no hay guerra contra ellos? —me interrumpió Yuka, apretando los puños con la inocencia de quien no conoce el acero.
—Porque nuestro imperio lleva muchas, muchas generaciones viviendo en una paz absoluta —le expliqué, extendiendo mis manos hacia el calor de la fogata—. No recordamos lo que es un conflicto armado. No tenemos enemigos declarados, ni ejércitos marchando en nuestras fronteras bajo asedio. Nos hemos vuelto pacíficos, quizás demasiado. Vivimos en una burbuja de cristal, valga la redundancia.
Tomé la vara de metal y revolví las brasas, dejando que el silencio acentuara mis palabras antes de proseguir.
—Antes, las cosas eran muy distintas en el palacio. Para mantener el linaje puro, para asegurarse de que ese misterio del cabello de fuego no se diluyera con la sangre común del resto de los mortales, la tradición era estricta y despiadada. Los príncipes y princesas se casaban entre primos. Era la única forma que conocían para proteger el secreto, el trono y el poder de la sangre. Pero el tiempo pasa, Yuka, y el aislamiento total no sostiene a un imperio para siempre.
—¿Y ahora qué hacen? —me preguntó el niño, ladeando la cabeza, colgado de cada una de mis palabras.
—Ahora mandan los negocios y la política —le respondí, sin poder evitar una mueca de ironía—. En la actualidad, el oro, el comercio y las alianzas pesan más que las viejas tradiciones de sangre. Para asegurar rutas comerciales, tratados de no agresión y uniones políticas, los reyes han comenzado a entregar a sus hijos al mejor postor. Se hacen casamientos entre la familia real del Imperio Cristal y los reinos vecinos. Estamos mezclando la corona con extranjeros que solo ven en nosotros una mina de recursos... o un trofeo exótico que exhibir.
Me giré hacia el pequeño y, con mucha suavidad, le revolví el cabello, tratando de disipar la madurez de la historia que acababa de depositar sobre sus hombros.
—Por eso debes escuchar con atención y recordar lo que te digo, Yuka. Porque la paz de nuestro imperio es tan hermosa como el cristal, pero también igual de frágil. Y cuando la sangre de fuego se mezcle por completo con el exterior, o cuando los cazadores se vuelvan más audaces, no sé si este viejo reino recordará cómo defenderse.
Dejé a Yuka al cuidado de una de las sirvientas de confianza en los jardines bajos del palacio.
La calidez de la fogata se desvaneció de mi piel a medida que me adentraba en los fríos pasillos de piedra pulida y ventanales altos que daban hacia el corazón del Imperio Cristal.
El eco de mis propios pasos me resultaba molesto; en este lugar, el silencio era una norma impuesta por la solemnidad de una dinastía que se creía eterna.
Subí la gran escalinata hacia el ala este, donde se encontraban los aposentos privados del soberano.
Frente a las imponentes puertas de roble con incrustaciones de plata, los guardias reales ni siquiera se movieron. Solo me miraron y, con una inclinación de cabeza, abrieron paso.
Al entrar, el aroma a incienso, cera quemada y papel viejo me golpeó de inmediato. Al fondo de la habitación, junto a un enorme ventanal que mostraba las luces pacíficas de la capital, se encontraba él.