Capitulo 2
Sus ojos, idénticos a los míos, color Borgoña, me analizaron con frialdad.
—Historias... Siempre perdiendo el tiempo con cuentos del pasado y con el hijo de un sirviente. Deberías estar en la sala del consejo. Tus hermanos ya revisaron los últimos informes del Reino del Norte. La delegación extranjera llegará en tres días para sellar el acuerdo.
—¿El acuerdo? —sentí cómo la mandíbula se me tensaba—. Querrás decir el contrato de venta. ¿A cuál de mis primos vas a entregar esta vez, padre? ¿O acaso el negocio requiere que sea uno de tus propios hijos el que se arrodille ante un altar extranjero?
Los ojos del rey Balco se entrecerraron, fulminándome. Dio un paso hacia mí, y por un segundo, la energía que emanaba recordó a los antiguos reyes guerreros de las crónicas, aquellos que forjaron el imperio antes de que nos volviéramos predecibles y blandos.
—Mides mal tus palabras, muchacho —advirtió en un susurro peligroso—. Lo que tú llamas "venta", yo lo llamo supervivencia. Llevamos generaciones sin derramar una sola gota de sangre en una guerra. Mientras los reinos vecinos se desangran entre ellos, el Imperio Cristal prospera. Y prospera porque soy un rey pragmático. Las alianzas de sangre nos garantizan rutas marítimas, alimentos para el invierno y, sobre todo, que sus ejércitos miren hacia otro lado.
—Nos garantizan una paz falsa —retorqué, dando un paso al frente, sin dejarme intimidar—. ¿Crees que no lo sé? Los extranjeros nos ven como rarezas. Hay hombres cruzando nuestras fronteras armados, cazando a los nuestros en los caminos solo para ver si el mito de nuestro cabello es real. Los matan por pura curiosidad morbosa, padre, y tu respuesta es invitar a sus príncipes a cenar y ofrecerles a nuestras mujeres en matrimonio. Estamos diluyendo la sangre de fuego por un puñado de monedas y tratados que romperán en cuanto delemos una muestra de debilidad.
Balco guardó silencio durante unos largos y agónicos segundos. Se dio la vuelta y apoyó ambas manos en el alféizar de la ventana, mirando hacia el reino que gobernaba.
Cuando volvió a hablar, el tono amenazante había desaparecido, reemplazado por una fría y aplastante lucidez.
—La pureza de la sangre nos mantuvo aislados, Johansel, pero el aislamiento nos estaba matando de hambre. Prefiero que los salvajes del exterior maten a un miembro de la realeza en un callejón de vez en cuando por superstición, a que un ejército de cien mil hombres marche sobre nuestras murallas de cristal y nos extinga a todos por completo. Mis antepasados se casaban entre primos para proteger el linaje; yo uso ese linaje como escudo para proteger al pueblo.
Se giró de nuevo, mirándome con una severidad que no admitía réplica.
—El tratado con el Reino del Norte se firmará. Y tú, como príncipe de este imperio, estarás allí vistiendo tus mejores galas, sonriendo a los embajadores. Puedes odiar mis métodos todo lo que quieras, Johansel, pero mientras yo respire y mi cabello siga siendo negro, harás lo que sea necesario para mantener este reino a salvo. Ahora, retírate.
—Pero Padre…
—No me hagas repetir una orden.
Sostuve su mirada un segundo más, el tiempo suficiente para que supiera que mi silencio no era sumisión, sino una tregua temporal.
Di media vuelta y mis botas resonaron contra el suelo de madera noble mientras abandonaba sus aposentos.
Al cerrarse las pesadas puertas de roble a mi espalda, el eco de la plata al chocar contra el marco me sonó a una sentencia de muerte anticipada.
Caminé por el pasillo del ala este con la sangre hirviéndome en las venas. "Supervivencia", lo había llamado. Qué palabra tan cobarde para maquillar el miedo de un rey que prefería ver a sus propios hijos encadenados a tronos extranjeros antes que empuñar una espada.
—Johansel.
La voz, suave pero firme, interrumpió mis pensamientos. Me detuve a mitad del corredor y vi una silueta recortada bajo el arco de uno de los ventanales altos. Era Tamirya, mi hermana menor.
Su cabello oscuro caía en cascada sobre sus hombros, y en sus ojos se reflejaba la misma tormenta que yo llevaba por dentro. Ella también había estado en la sala del consejo; ella también sabía el precio del nuevo tratado.
—Te escuchó todo el ala este, hermano —dijo, acercándose a mí con pasos silenciosos—. ¿De verdad creíste que cambiarías la opinión de nuestro padre? Él ya ha entregado mapas, rutas y promesas. El Reino del Norte no viene a negociar, viene a cobrarse lo que ya le pertenece por contrato.
—No puedo quedarme de brazos cruzados, Tamirya—respondí, bajando la voz al notar la cercanía de dos guardias en la esquina—. Nos están cazando en las fronteras como si fuéramos animales exóticos, y la solución de Balco es meter al lobo directamente en nuestro comedor. ¿A cuál de mis hermanos le tocará esta vez? ¿A ti? ¿A Rhearis? ¿O acaso el rey del Norte quiere un príncipe del Cristal para su colección?
Tamirya desvió la mirada hacia el ventanal, contemplando las pacíficas luces de la capital que tanto enorgullecían a nuestro padre. Su mandíbula se apretó.
—No importa a quién elijan, Johansel. Ninguno de nosotros tiene voz en este palacio. Si el precio de mantener esa paz de cristal es que uno de nosotros termine con el cabello teñido de fuego en una tierra extraña... nuestro padre firmará el papel.
Sus palabras se clavaron en mi pecho con la fuerza de una verdad incómoda.
El reino era hermoso, rico y próspero, pero bajo el suelo que pisábamos, las raíces se estaban pudriendo.
En tres días, la delegación extranjera cruzaría las puertas de la ciudad.