Imperio Cristal

Capítulo 3

Capítulo 3

JOHANSEL

El Gran Salón del palacio brillaba con una opulencia que me revolvía el estómago. Los candelabros de cristal colgaban del techo, multiplicando la luz de mil velas que se reflejaban en el suelo de mármol pulido, tan impecable que parecía agua congelada. Copas de plata, bandejas con manjares exóticos y risas diplomáticas llenaban el aire. Para cualquiera de los presentes, esto era una celebración de paz; para mí, era una subasta.
Al fondo del salón, sentados en la mesa presidencial, se encontraba la delegación del Reino Alto. Sus reyes, ataviados con pieles gruesas y pesados adornos de hierro y oro, contrastaban con la sutil elegancia de nuestra corte. Y junto a ellos, su hijo mayor y heredero: Damon.
Tenía una postura relajada, casi indolente, mientras sostenia una copa de vino. Su cabello, de un rubio tan pálido que rozaba el blanco, y sus ojos grises y calculadores no dejaban de recorrer el salón, deteniéndose con insistencia en un punto específico de nuestra mesa.
En mi hermana menor, Tamirya.
Tamirya permanecía rígida en su asiento, vistiendo las galas formales del imperio. Su cabello oscuro caía en cascada sobre sus hombros, impecablemente peinado, pero sus dedos, apretados alrededor del tallo de su copa, delataban la tensión que intentaba ocultar tras una máscara de serenidad real. Ella, que siempre había compartido conmigo la tormenta del inconformismo, se veía obligada a sostener la respiración ante el peso de su destino.
A su lado, mi hermano Rhearis me miró de reojo, manteniendo una sonrisa perfecta de cara a los invitados. Nos cruzamos una mirada de impotencia; sabíamos que la suerte ya estaba echada.
Antes de que pudiera apartar los ojos de mi hermana, el rey Balco se puso en pie. El murmullo del salón se extinguió de inmediato, reemplazado por un silencio sepulcral que solo demostaba el control absoluto que mi padre ejercía sobre este lugar. Elevó su copa de oro, y su voz grave resonó con una falsa calidez que me erizó los cabellos de la nuca.
—Gobernantes del Reino Alto, nobles y amigos —comenzó Balco, paseando su mirada por el salón—. Hoy no solo celebramos el inicio de una nueva era de comercio y prosperidad entre nuestras fronteras. Hoy celebramos la unión de nuestras raíces. La paz es un cristal hermoso, pero requiere que las manos más fuertes la sostengan para que no se quiebre.
El rey del Reino Alto, un hombre robusto de barba canosa, asintió con una sonrisa de satisfacción. Balco extendió una mano hacia Tamirya, obligándola a ponerse en pie bajo la mirada de cientos de ojos.
—Por ello, es un honor para el Imperio Cristal sellar este tratado de no agresión y cooperación con el compromiso matrimonial entre mi hija, la princesa Tamirya, y el heredero del Reino Alto, el príncipe Damon. Que esta unión asegure que nuestras tierras jamás conozcan la guerra.
Los aplausos estallaron en el salón, un eco ensordecedor que a mí me sonó como el golpe de un martillo sellando una condena.
Damon se levantó con elegancia, sosteniendo su copa en dirección a Tamirya. Sus ojos grises brillaron con una chispa de triunfo que no se molestó en ocultar.
—Aceptamos con orgullo este lazo, rey Balco —habló Damon, su voz clara, arrastrada y segura—. El Reino Alto sabe valorar las riquezas... y las rarezas únicas de este imperio. Prometo que la princesa Tamirya recibirá todos los honores que merece en nuestra corte del norte.
"Rarezas". La palabra flotó en el aire, y vi el sutil tic en la mandíbula de Tamirya al escucharla. Los extranjeros no veían una alianza; veían la adquisición de un linaje legendario. Querían la sangre de fuego en sus venas, querían el misticismo del Cristal en sus tronos, y mi padre se lo estaba sirviendo en bandeja de plata.
Tamirya forzó una inclinación de cabeza, bebiendo de su copa para sellar el pacto. Al sentarse de nuevo, sus ojos se encontraron con los míos por una fracción de segundo. Había una súplica silenciosa en ellos, el terror de una hermana que sabía que, en cuanto cruzara la frontera en dirección al norte, su vida dejaría de pertenecerle.
La cena continuó, pero para mí, el aire se había vuelto irrespirable. Miré a mi padre, que reía complacido junto a los reyes vecinos, y luego a Damon, que ya conversaba con sus consejereros, sin volver a mirar a Tamirya, como quien ya ha firmado el recibo de una compra y pierde el interés en el objeto hasta que llega el momento de empaquetarlo.
Me incliné hacia Rhearis, que estaba a mi otro costado, y me puse en pie.
—¿A dónde vas? —me susurró él, intentando no llamar la atención.
—Necesito aire —le dije, dándole una última mirada a Tamirya—. Antes de que cometa una locura de la que no pueda retractarme.
Crucé el Gran Salón con pasos rápidos, ignorando las miradas de los cortesanos. Al salir a los pasillos de piedra pulida, el frío de la noche me golpeó el rostro, pero no fue suficiente para apagar la rabia que me quemaba por dentro. El lobo ya estaba en nuestro comedor, tal como le había dicho a mi hermana, y acababa de elegir a su primera víctima.




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