Imperio Cristal

Capitulo 4

Capítulo 4

JOHANSEL

Caminé sin rumbo fijo por los pasillos oscuros, alejándome del eco ensordecedor de los aplausos y la música que celebraban la entrega de mi hermana. El aire del palacio, antes impregnado del aroma a incienso de los aposentos de mi padre, ahora me sabía a ceniza.
Terminé en los jardines altos, un balcón de piedra suspendido sobre el abismo de las murallas que rodeaban la capital. Desde aquí, las luces de la ciudad se extendían como un manto de estrellas caídas, ajenas por completo al comercio de vidas que se gestaba en la cima. Toda esa gente dormía tranquila, protegida por el sacrificio silencioso de una princesa.
Apoyé ambas manos en la barandilla de piedra, respirando el viento helado de la noche, intentando calmar la tormenta que me golpeaba el pecho.
—Sabía que te encontraría aquí.
Me giré sobresaltado. Rhearis caminaba hacia mí con pasos lentos, desabrochándose los primeros botones del rígido cuello de su uniforme formal. Su rostro, despojado de la máscara que había llevado durante toda la cena, se veía cansado, envejecido por una frustración idéntica a la mía.
—Deberías estar adentro, hermano —le dije, dándole la espalda de nuevo para mirar el horizonte—. El príncipe del norte podría notar tu ausencia y pensar que nuestra familia no es lo suficientemente sumisa.

—Rhearis se colocó a mi lado, apoyándose también en el alféizar—. Estoy tan furioso como tú. Ver a Tamirya parada allí, frente a ese maldito extranjero que la miraba como si fuera un caballo de carreras que acaba de comprar... Me costó cada gramo de autocontrol no saltar sobre la mesa.
—Pero no lo hiciste —retorqué, mi voz destilando una amargura que no pude frenar—. Ninguno de nosotros lo hizo. Nos quedamos allí sentados, bebiendo vino y aplaudiendo mientras nuestro padre le ponía las cadenas.
Rhearis soltó un suspiro pesado, y por un momento, el silencio de la noche nos envolvió, roto solo por el murmullo lejano de la fiesta.
—¿Y qué propones? ¿Iniciar una guerra que no sabemos cómo pelear? —preguntó, mirándome de reojo—. Balco tiene razón en algo: el Reino Alto tiene un ejército que triplica el nuestro. Sus hombres nacen con el acero en la mano. Nosotros... nosotros solo tenemos leyendas y un linaje que se apaga. Si nos rebelamos ahora, no habrá imperio que salvar.
—Prefiero morir peleando con el cabello encendido en llamas que vivir viendo cómo nos venden uno a uno, Rhearis —dije, girándome hacia él, clavando mis ojos en los suyos—. Hoy fue Tamirya. Mañana serás tú, o seré yo. ¿Cuándo va a parar? ¿Cuando el linaje del Cristal no sea más que un recuerdo diluido en las cortes extranjeras?
Rhearis no respondió. Sabía que mis palabras eran una verdad aplastante, pero su naturaleza pragmática, la misma que compartía con nuestro padre, lo mantenía encadenado a la prudencia.
Antes de que pudiera continuar, el sonido de unos pasos ligeros sobre la grava del jardín nos hizo ponernos en guardia. De entre las sombras de los rosales reales, emergió una figura.
Era Tamirya.
Aún vestía el fastuoso vestido de seda plateada que Balco le había ordenado usar para la ocasión, pero se había arrancado la pesada tiara de la cabeza, llevándola ahora en la mano como si fuera un trozo de chatarra. Sus ojos oscuros, fijos en nosotros, no tenían lágrimas. Tenían fuego.
—Si van a planear una rebelión en mi nombre, al menos tengan la decencia de incluirme —dijo, acercándose a nosotros con paso firme.
—Tamirya... —Rhearis dio un paso hacia ella, pero ella lo detuvo alzando una mano.
—No me compadezcas, Rhearis. Y tú, Johansel, no me mires como si ya estuviera muerta —su voz sonó cortante, fría como el acero del norte—. Acabo de hablar con Damon a solas. Mi padre nos dejó "conocernos" en la galería oeste bajo la supervisión de los guardias.
Un frío helado me recorrió la espina dorsal.
—¿Qué te dijo? —pregunté, apretando los puños.
Tamirya soltó una risa amarga y arrojó la tiara de plata contra el suelo de piedra, dejando que el sonido del metal chocando resonara en la quietud de la noche.
—No le intereso yo, ni el comercio, ni las rutas marítimas. Me lo dijo claramente al oído mientras se despedía: su padre quiere el tratado, pero él... él solo quiere ver si la leyenda es cierta. Me dijo que está ansioso por llevarme al norte, porque el invierno de sus tierras es muy largo, y quiere comprobar por sí mismo si mi cabello de verdad puede encender la nieve cuando dé mi último aliento.
La rabia que había estado conteniendo toda la noche estalló en mi interior. Di un paso al frente, pero fue Tamirya quien me tomó del brazo, deteniéndome. Sus dedos se clavaron en mi piel con una fuerza desesperada.
—No vamos a esperar tres días a que la delegación se marche conmigo, Johansel —susurró, mirándome fijamente, y por primera vez vi el abismo de terror y determinación en sus ojos—. Si este imperio no recuerda cómo defenderse, nosotros se lo vamos a enseñar. Pero tenemos que actuar antes de que me saquen de estas murallas.




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