Capítulo 5
JOHANSEL
Un año después.
El mar siempre ha sido un testigo silencioso, pero esta vez se tiñó con la sangre de un imperio.
La noticia corrió por los pasillos de piedra pulida como un viento helado: el navío real que traía de regreso a mi hermana Tamirya, a su esposo el príncipe Damon y al primogénito de ambos —un bebé de apenas unos meses, el primer eslabón entre el Cristal y el Norte— había sido emboscado por piratas en las aguas profundas del estrecho. No hubo supervivientes. La tormenta y el fuego devoraron los barcos, dejando solo madera flotando y un vacío ensordecedor en el trono del Reino Alto.
Con la línea sucesoria de los soberanos del norte completamente extinta en alta mar, una cláusula oculta en los tratados de alianza civil se activó como un mecanismo de relojería perfecto: ante la falta de herederos directos, el control político, las tierras y, sobre todo, el ejército más poderoso del continente pasaban a manos del rey Balco.
Una jugada maestra de la geopolítica. Una tragedia perfecta. Demasiado perfecta.
Caminé con el corazón blindado por la sospecha hacia el ala oeste del palacio, donde se rumoreaba que la guardia real contenía una última variable. Mi padre, temeroso de que apareciera algún cabo suelto que reclamara los derechos del Reino Alto, había ordenado una búsqueda implacable de cualquier hijo bastardo que el difunto príncipe Damon hubiera dejado en las sombras antes de casarse con Tamirya. Y los espías habían encontrado a uno. Un solo muchacho, un joven de cabellos pálidos nacido en los suburbios de la frontera, cuya sola existencia ponía en riesgo el reclamo total de la corona del Cristal sobre el norte.
Cuando abrí las puertas de la antecámara del consejo, el olor a hierro fresco y a muerte me golpeó el rostro.
En el centro de la habitación, iluminado por la luz pálida de la tarde, se encontraba un cuerpo tendido en el suelo. Era un muchacho de no más de dieciséis años, con los ojos grises abiertos y fijos en el techo. A su lado, limpiando una daga con un pañuelo de seda blanca, estaba él.
Rhearis.
Mi hermano ni siquiera se inmutó al escuchar mis pasos. Continuó pasando la tela por el acero con una calma meticulosa, como si estuviera puliendo los cubiertos de la cena.
—Llegas tarde, Johansel —dijo Rhearis, usando un tono tan extrañamente sereno que me congeló la sangre—. El asunto ya ha sido resuelto. El linaje del norte está oficialmente cerrado.
—¿Qué has hecho? —mi voz vibró de pura indignación mientras me acercaba al cuerpo—. El rey Balco ordenó traerlo para interrogarlo, para confirmar su origen... ¡Era solo un chico, Rhearis!
—Mi padre es un rey pragmático, pero a veces su vejez lo vuelve lento —respondió Rhearis, guardando la daga en su vaina con un clic limpio—. Si este bastardo pisaba el salón del trono, el consejo del norte habría exigido una regencia. Habrían fragmentado el ejército para proteger los derechos de un hijo de taberna. Yo solo agilicé el trámite.
Miré a mi hermano, analizando la rigidez de su postura, la total ausencia de remordimiento en sus ojos azabache. Y entonces, como un rompecabezas cuyas piezas encajan con una crueldad aplastante, lo entendí todo. Los piratas en el mar. La ruta precisa del barco de Tamirya. La falta de escolta pesada en el estrecho.
—Fuiste tú —susurré, dando un paso atrás, sintiendo cómo el suelo se abría bajo mis pies—. El ataque al barco... No fueron delincuentes marinos. Tú planeaste la emboscada. Entregaste a nuestra hermana, a su esposo, ¡a su propio hijo!
Rhearis sostuvo mi mirada sin parpadear. Por primera vez, la máscara de hermano dócil y obediente se rompió por completo, revelando la mente fría y calculadora de un estratega dispuesto a quemar el mundo con tal de ganar la partida.
—Alguien tenía que hacerlo, Johansel —dijo en un susurro gélido, acortando la distancia entre los dos—. Te pasas la vida quejándote de que somos débiles, de que vivimos en una burbuja de cristal y de que los extranjeros nos cazan en las fronteras porque no sabemos defendernos. ¿Y cuál era tu solución? ¿Una rebelión sin armas? ¿Una guerra suicida contra el norte?
—¡Eran nuestra sangre! ¡Tamirya era tu hermana! —le grité, agarrándolo por las solapas de su uniforme.
—¡Y gracias a su sacrificio, ahora tenemos el ejército más poderoso del mundo bajo nuestro mando! —retorqué él, soltándose de mi agarre con un empujón firme—. Nuestro padre ahora gobierna ambos reinos. El Imperio Cristal ya no es una presa exótica esperando a ser devorada por los lobos; ahora nosotros somos los lobos. El norte nos pertenece, sus soldados marchan bajo nuestra bandera y nadie volverá a cruzar nuestras fronteras para cazar a los nuestros por pura diversión.
Rhearis se giró, mirando el cadáver del bastardo a sus pies con una fría indiferencia, antes de volver a clavar sus ojos en mí.
—Yo le di a este imperio los dientes que tú tanto reclamabas, Johansel. Mi padre cree que fue una bendición de la fortuna, y dejaré que siga pensándolo mientras firma los edictos militares. Pero tú y yo sabemos la verdad. La paz de cristal se rompió hace un año, y yo me encargué de reconstruirla con los cimientos más fuertes que existen: el miedo y el acero.
Caminó hacia la salida, deteniéndose justo al lado de la puerta, sin volverse.
—Llora a Tamirya todo lo que quieras. Pero cuando la delegación del norte jure lealtad ante el trono mañana por la mañana, te quiero allí, vistiendo tus mejores galas. Porque el nuevo imperio se ha forjado con sangre, hermano, y no voy a dejar que tu moralismo barato arruine mi obra.
La pesada puerta de roble se cerró tras él, dejándome a solas con el cuerpo del último testigo y el eco de una verdad terrible: el Imperio Cristal finalmente había aprendido a defenderse, pero el precio de su supervivencia había sido nuestra propia alma.