Imperio Cristal

Capitulo 6

Capítulo 6

JOHANSEL

La ceremonia de anexión fue una farsa de proporciones monumentales, un desfile de sumisión vestido de luto oficial.
Desde el balcón del Gran Salón, observé cómo los estandartes del Reino Alto —aquellos que ostentaban el lobo de hierro sobre el campo dorado— eran arriados uno a uno bajo el cielo plomizo. En su lugar, la bandera del Imperio Cristal se alzaba majestuosa, ondeando con una arrogancia que me revolvía las entrañas. Mi padre, el rey Balco, permanecía en el centro del estrado, con su corona de plata destellando bajo la luz pálida y sus hombros más erguidos que nunca. A su diestra, Rhearis mantenía la misma postura imperturbable, observando el fruto de su carnicería silenciosa con la satisfacción de un dios oscuro.
Los generales del norte, hombres corpulentos cuyas cicatrices hablaban de batallas reales, hincaron la rodilla ante Balco. No tenían otra opción. Sin un heredero legítimo, con el linaje de sus antiguos señores extinto en el fondo del mar y la última sombra de un bastardo borrada de la tierra, el tratado los obligaba a entregar sus espadas, sus tierras y el ejército más temido del continente al soberano del Cristal.
—A partir de este día —la voz de mi padre resonó en la plaza, amplificada por el eco de los muros y la solemnidad del momento—, el territorio del norte deja de ser una corona extranjera para convertirse en el bastión de nuestra fuerza. Su ejército marchará al unísono con el nuestro, y las fronteras que una vez nos dividieron quedan disueltas para siempre.
Balco hizo una pausa dramática, paseando su mirada severa por la multitud de rostros afligidos y soldados extranjeros. Su voz adoptó un tono impostado de profundo pesar.
—Y en honor a la memoria de mi amada hija, la princesa que entregó su vida para tejer este lazo, y cuyo trágico final nos une hoy en el dolor, decreto que la capital del norte sea rebautizada. Las tierras del Reino Alto dejarán de llamarse así. Desde este instante, la gran fortaleza del norte será conocida en toda la historia como **Ciudad Tamirya**. Un recordatorio eterno de su sacrificio.
Un aplauso unánime y ensayado rompió el aire. *Ciudad Tamirya*. Qué ironía tan maldita. Mi padre y mi hermano limpiaban la sangre de sus manos usando el nombre de la víctima como un trofeo de guerra disfrazado de homenaje. Le daban su nombre a la tierra que la había condenado, convirtiendo su memoria en el sello de propiedad de un territorio conquistado a base de traición.
No pude soportarlo más. Me di la vuelta antes de que los generales comenzaran el juramento de lealtad y abandoné el balcón.
Caminé a ciegas por el palacio, huyendo del ruido, de las trompetas y de la presencia asfixiante de Rhearis. Mis pasos me llevaron de manera inconsciente hacia el ala este, directo a los aposentos vacíos de Tamirya.
Al cruzar el umbral, el silencio me golpeó como un puñetazo en el pecho.
Todo seguía exactamente igual que el día en que se marchó hacia su boda. Sobre el tocador de madera tallada descansaban sus frascos de perfume, algunos pergaminos a medio escribir y el joyero de terciopelo que solía usar. Me acerqué lentamente, sintiendo que las piernas me pesaban una tonelada, y apoyé las manos sobre la mesa.
Fue entonces cuando el dique que contenía mi cordura se rompió por completo.
Me desplomé de rodillas contra el suelo, escondiendo el rostro entre las manos mientras un sollozo desgarrador, un gemido ahogado que llevaba meses congelado en mi garganta, escapó de mi pecho. El dolor no era una punzada limpia; era una herida abierta que supuraba rabia, impotencia y una culpa que me quemaba las entrañas.
—Tamirya... —susurré contra mis palmas, con la voz rota y temblorosa.
La recordé en el jardín alto, la noche de la cena, arrojando su tiara de plata contra el suelo con los ojos encendidos en furia, pidiéndome que hiciéramos algo, que defendiéramos el reino antes de que la sacaran de las murallas. Y yo no había hecho nada. Había permitido que el tiempo pasara, atrapado en mis propios discursos, mientras el monstruo de mi hermano tejía la red que acabaría con ella y con su hijo en mitad del océano.
Tomé una de las mantas de seda que aún conservaba su aroma y la apreté contra mi pecho, llorando con una violencia que me sacudió todo el cuerpo. El Imperio Cristal ahora tenía el ejército más poderoso del mundo. Mi padre ahora gobernaba un territorio inmenso. Ciudad Tamirya era una realidad en los mapas. Pero para mí, el palacio no era más que un mausoleo dorado edificado sobre los cadáveres de mi propia sangre.
Me quedé allí, en la penumbra de su habitación vacía, abrazado a sus recuerdos mientras el eco de los vítores de la plaza se filtraba por las ventanas. Estaba solo. En un reino que acababa de vender su alma por un ejército, yo era el único que guardaba el verdadero luto por la caída de la burbuja de cristal.




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