Capítulo 7
JOHANSEL
Siete años después.
El viento de la frontera norte ya no me quemaba la piel; se había vuelto parte de mí.
Siete años habían pasado desde que el mapa del mundo cambió de color. Siete años desde que el Reino Alto dejó de existir para convertirse en Ciudad Tamirya. Durante todo este tiempo, me había asegurado de permanecer lo más lejos posible de la capital imperial y de la mirada de mi padre. Me refugié aquí, en los límites de nuestro nuevo y colosal territorio, liderando patrullas bajo el pretexto de asegurar los caminos comerciales. Pero la verdad era otra: no podía respirar el mismo aire que Rhearis sin sentir el impulso de enterrarle una daga en el cuello.
A mi lado, un soldado de la guardia del norte ajustó las riendas de su caballo. Ya no vestían el lobo de hierro; ahora portaban la heráldica del Cristal, pero sus ojos grises seguían conservando la dureza del invierno.
—Príncipe Johansel, la tormenta se acerca por el este —advirtió el guardia, señalando las nubes oscuras que amenazaban con devorar las cumbres montañosas—. Deberíamos regresar a la fortaleza de Ciudad Tamirya antes de que el paso se congele.
—Unos minutos más, Donald —respondí, deteniendo mi caballo en la cima de la colina.
Desde este punto alto, se podía contemplar la inmensidad del territorio conquistado. Ciudad Tamirya se alzaba a lo lejos como una bestia de piedra y hierro, rodeada por murallas que mis antepasados jamás habrían soñado poseer. El ejército que mi hermano compró con la sangre de nuestra hermana ahora era el escudo invisible que mantenía al imperio en una paz absoluta, inquebrantable... y maldita.
Nadie se atrevía a tocarnos. Los cazadores de cabezas de fuego habían desaparecido de los caminos fronterizos, aterrados por las ejecuciones masivas que Rhearis ordenaba ante la menor provocación.
Habíamos ganado la seguridad que yo tanto reclamaba en mi juventud, pero a costa de convertirnos en los tiranos del continente.
Giré las riendas de mi caballo dispuesto a emprender el regreso, cuando un movimiento extraño en la densa maleza del bosque bajo llamó mi atención. El instinto que los años de patrulla habían afilado me hizo ponernos en alerta máxima.
—¿Viste eso? —susurré, llevando la mano lentamente a la empuñadura de mi espada.
Donald asintió, desenvainando su arma con la rapidez de un veterano.
Descendimos de la colina a paso lento, tratando de no hacer ruido sobre la nieve blanda. Al adentrarnos en la arboleda, el olor a hierro y a pólvora húmeda nos golpeó de inmediato.
No tardamos en encontrar la escena: una pequeña caravana de comerciantes locales había sido emboscada. Los carros estaban destrozados, los caballos degollados y los cuerpos de los mercaderes yacían esparcidos por el suelo, congelándose rápidamente bajo la incipiente ventisca.
—Bandidos de los páramos, señor —dijo Donald, bajándose del caballo para examinar un cadáver—. Pero esto es reciente. No hace más de una hora.
Caminé entre los restos del desastre, buscando algún sobreviviente, cuando escuché un gemido ahogado proveniente del interior de uno de los carros volcados. Con un movimiento rápido de mi espada, corté la lona rasgada y me asomé al interior, esperando encontrar a algún comerciante herido.
Lo que encontré me congeló la sangre de una forma que el viento del norte jamás lograría.
Acurrucado en el fondo del carromato, temblando de terror y cubierto de hollín, había un niño de no más de siete años. Estaba herido, con un profundo corte en el hombro que sangraba profusamente. Pero no fue su herida lo que me hizo perder el aliento, ni tampoco sus ropas desgarradas.
Fue su cabello.
Una parte de su cabellera estaba manchada de sangre común, pero la hebra que caía sobre su frente, justo donde la vida parecía estarse escapando debido a la debilidad y la hipotermia, se había tornado de un rojizo vivo, ardiente, como una brasa encendida en mitad de la nieve. Una chispa de fuego puro que desafiaba la penumbra del bosque.
El mito de nuestra sangre. El misterio que solo ocurría al dar el último aliento.
—No... no puede ser —susurré, dejando caer la espada sobre la nieve con un sonido sordo.
El niño me miró con unos ojos grandes y aterrorizados. Unos ojos grises, idénticos a los del difunto príncipe Damon. Pero los rasgos de su pequeño rostro, la forma de su barbilla y la curva de sus cejas eran una copia exacta de los de mi hermana menor.
Siete años. El barco. La emboscada de Rhearis. El bebé que todos creímos muerto en el fondo del océano.
—¿Johansel? —la voz de Donald sonó a mis espaldas, acercándose al carro—. ¿Encontró algo?
En una fracción de segundo, la adrenalina me recorrió las venas con la fuerza de un rayo. Si Donald veía ese cabello, la noticia llegaría a la capital en cuestión de días. Si Rhearis se enteraba de que el hijo de Tamirya había sobrevivido a su carnicería y que una familia de comerciantes lo había mantenido oculto en la frontera durante todo este tiempo, mandaría un ejército entero para terminar el trabajo. El tablero de mi hermano se vendría abajo, y el niño no dudaría vivo ni un suspiro.
—¡Quédate atrás, Donald! —le ordené con una voz tan cortante que el guardia se detuvo en el acto, confundido—. Está infestado de peste fronteriza. Asegura el perímetro, no quiero sorpresas.
Sin esperar respuesta, me metí por completo en el carro. Me quité mi capa de pieles gruesas y, con manos temblorosas, envolví con cuidado al pequeño, asegurándome de cubrir por completo su cabeza y ese mechón de fuego ardiente que amenazaba con entregarlo. Lo pegué a mi pecho, sintiendo los débiles latidos de su corazón.
—Tranquilo, pequeño —le susurré al oído, con las lágrimas agolpándose en mis ojos por primera vez en siete años, mientras contenía el dolor de su herida para evitar que muriera en mis brazos—. Tu tío está aquí. Esta vez no voy a dejar que te hagan daño. Esta vez sí voy a pelear.