Imperio Cristal

Capítulo 8

Capítulo 8

JOHANSEL

Las imponentes puertas de hierro de la fortaleza de Ciudad Tamirya se abrieron de par en par con un chirrido que resonó contra las rocas congeladas. Entré al galope, manteniendo el cuerpo inclinado para proteger el bulto envuelto en mi capa de pieles contra el viento implacable. La tormenta finalmente nos había alcanzado, cubriendo el patio de armas con un manto blanco y espeso.
Antes de que mi caballo terminara de detenerse por completo, una silueta esbelta y ágil se abrió paso entre los soldados que acudían a recibirnos.
Era Yuka.

A sus catorce años, el niño asustadizo que solía abrazar sus rodillas junto a la fogata en los jardines del palacio imperial había quedado atrás. Ahora era un joven espigado, de hombros que empezaban a ensancharse y movimientos firmes, vestido con una armadura de cuero ligera que ostentaba las insignias de mi guardia personal. En estos siete años de exilio voluntario en la frontera, me había encargado de mantenerlo a mi lado, convirtiéndolo en mi protegido, mi alumno y, en el fondo de mi alma marchita, en el hijo que nunca tuve. Le había enseñado a empuñar la espada, a leer el terreno de batalla y a montar en las condiciones más extremas. Le había dado un propósito, y él me había devuelto la lealtad más pura.

—¡Príncipe Johansel! —exclamó Yuka, tomando las riendas de mi caballo con manos firmes, mientras sus ojos examinaban mi rostro con genuina preocupación—. Donald envió un mensajero adelantado. Dijo que sufrieron una emboscada en el camino alto y que...

—Silencio, Yuka —lo interrumpí con una voz baja pero cargada de una urgencia que lo hizo ponerse tenso de inmediato. Me bajé del caballo con extrema cautela, asegurándome de no sacudir el cuerpo que llevaba entre los brazos—. Despeja mis aposentos privados en la torre oeste. Que nadie, absolutamente nadie, entre. Ni sirvientes, ni guardias, ni sanadores de la ciudad. Hazlo ahora.

Yuka parpadeó, desconcertado por mi tono, pero la disciplina de caballero que le había inculcado se impuso. No hizo más preguntas.

—Entendido, mi señor. Sígame.

Cruzamos los pasillos de la fortaleza a paso veloz. Yuka caminaba un paso por delante de mí, abriendo las pesadas puertas de madera y usando su autoridad como mi mano derecha para alejar a cualquier soldado curioso que intentara acercarse. Al llegar a mis aposentos en la torre más alta, entramos y él trancó la pesada puerta de roble con el cerrojo de hierro, aislando el sonido de la tormenta exterior.

Caminé directo hacia la cama principal y, con una delicadeza que no creía poseer, deposité el bulto sobre las mantas. Retiré las gruesas pieles de mi capa con cuidado. El niño seguía inconsciente, con el rostro pálido como la cera y la respiración cortada debido a la fiebre de la herida en su hombro.
Yuka se acercó lentamente, con la mano apoyada en el pomo de su daga, mirando al pequeño con el ceño fruncido.

—¿Un niño, señor? —preguntó, con la voz rota por la confusión—. Donald dijo que la caravana había sido masacrada por bandidos de los páramos. ¿Por qué tanto misterio por el hijo de un comerciante? Si está herido, deberíamos llamar al médico de la fortaleza antes de que...

—Mira bien, Yuka —lo interrumpí, apartando suavemente con mis dedos los mechones de cabello que caían sobre la frente del pequeño.

La luz de las antorchas de la habitación iluminó el rostro del niño. Con el calor del interior, las hebras de su cabello que estaban pegadas a la sien debido a la herida y la cercanía de la muerte comenzaron a brillar. No era un reflejo de la luz. Era un tono rojizo vivo, ardiente, como una brasa que se negaba a apagarse.

Yuka dio un paso atrás, abriendo los ojos de par en par. La respiración se le atascó en la garganta. Él conocía ese mito mejor que nadie; era la misma historia que me había pedido que le contara una y otra vez cuando apenas era un niño en la capital.

—Es... es el cabello de fuego —susurró Yuka, con las manos temblando ligeramente mientras miraba al niño y luego me miraba a mí—. Pero... pero eso es imposible, Johansel. La familia real está en la capital. Tus hermanos mayores no han venido al norte, y la princesa Tamirya murió hace siete años en el mar. Los bastardos del príncipe Damon fueron...

—Fueron cazados por orden de mi padre y ejecutados por la mano de Rhearis —completé la frase, con una frialdad gélida que hizo que Yuka se estremeciera—. Excepto este.
Me senté en el borde de la cama, tomando un paño limpio y una vasija con agua tibia que ya estaba en la habitación para comenzar a limpiar la herida del pequeño con suma delicadeza.

—Míralo bien, Yuka. Mira la forma de sus ojos, la curva de su rostro. No es un bastardo de Damon. Es el hijo de mi hermana. El bebé que mi hermano Rhearis intentó ahogar en el océano para quedarse con el ejército del norte. Sobrevivió, y una familia de mercaderes lo ocultó todos estos años hasta que los bandidos los encontraron hoy.

Yuka estaba completamente abrumado. Su mente de soldado intentaba procesar la magnitud política de lo que estaba viendo, pero el choque era demasiado grande. Dio una vuelta sobre su propio eje, llevándose las manos a la cabeza, mirando las paredes como si temiera que las piedras tuvieran oídos.

—Johansel... esto es una locura —dijo Yuka en un susurro desesperado, acercándose de nuevo a la cama—. Si este niño es el hijo de la princesa Tamirya, él es el heredero legítimo de todo este territorio. Él es el verdadero señor de Ciudad Tamirya. Si el rey Balco o el príncipe Rhearis se enteran de que está vivo...

—Mandarán a toda la guardia imperial a sitiar esta fortaleza y nos colgarán a todos de las murallas —sentencié, mirándolo fijamente a los ojos.
Me puse en pie y coloqué mis manos sobre los hombros de Yuka, apretándolos con fuerza, transmitiéndole toda la madurez y la responsabilidad del peso que acababa de depositar sobre él. Ya no era el niño de los cuentos; ahora era el hombre en quien confiaba mi vida.




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