Imperio Cristal

Capítulo 9

Capítulo 9

RHEARIS

El silencio del palacio imperial es una obra de arte que yo mismo me encargué de esculpir.
Hacía siete años, los pasillos del ala este resonaban con las risas imprudentes de mi hermana Tamirya y los discursos idealistas de Johansel. Hoy, solo se escucha el eco rítmico y pesado de mis propias botas sobre el mármol negro. Me detuve frente al gran mapa del continente que dominaba la antesala del consejo. Con la yema del dedo índice, recorrí la línea fronteriza que antes nos separaba del norte, ahora borrada y pintada con el azul translúcido de nuestra bandera.
Ciudad Tamirya.
Un nombre hermoso para una fortaleza de hierro. Un monumento a la necesidad. Mi padre creía que el destino nos había regalado ese ejército, que la fortuna había ahogado a los herederos del norte en el estrecho para entregarnos las llaves de su reino. Dejaba que el anciano se meciera en su ignorancia beatífica mientras su cabello se llenaba de canas. Las coronas no se ganan con milagros; se ganan con decisiones que te queman el alma por dentro.
La puerta se abrió y mi consejero de confianza, un hombre gris de andar felino, se adentró en la sala con un pergamino sellado en la mano.

—Príncipe Rhearis —dijo, haciendo una reverencia tan baja que su frente casi rozó el mapa—. Llegaron los informes de las patrullas fronterizas del norte. El príncipe Johansel sigue ejecutando sus rondas habituales. No hay novedades de importancia.

—Johansel siempre cumple con su deber, por más que me odie —respondí, sin apartar la vista del mapa—. El exilio voluntario lo ha vuelto predecible. Cree que patrullar los páramos congelados lo purifica de la sangre que compartimos. ¿Algo más?

El consejero dudó una fracción de segundo. Ese sutil cambio en su postura fue suficiente para que yo me girara por completo, clavando mis ojos en él.

—Hubo un incidente menor hace dos días, mi señor. Una caravana de contrabandistas fue masacrada por bandidos en el paso alto, cerca de la fortaleza. Los hombres del príncipe Johansel limpiaron el lugar. No hubo sobrevivientes confirmados.

—¿Confirmados? —repetí, entornando los ojos. Un frío familiar, una alarma que los años de conspiraciones habían afilado, se encendió en mi nuca—. Sé más específico.

—El capitán Donald reportó que el carromato principal estaba infestado de peste fronteriza y que el príncipe Johansel ordenó quemarlo de inmediato, prohibiendo que los soldados se acercaran a los restos. Fue una medida sanitaria estándar, pero... los espías que tenemos infiltrados en la guardia del norte mencionan que Johansel regresó a la torre oeste cargando algo en sus propias manos. Algo envuelto en su capa.
Mis dedos se apretaron alrededor de la empuñadura de mi daga de plata.
Hacía siete años, cuando mis mercenarios asaltaron el barco en el estrecho, me aseguré de que el mar se tragara cada secreto. Pero la mar es traicionera y devuelve lo que le place. Recordé el rostro de Tamirya la noche en que se marchó, la mirada de desprecio que me lanzó, y el llanto de ese bebé que unía dos mundos. Recordé también al bastardo que degollé en esta misma habitación para no dejar cabos sueltos ante el consejo del norte.
Si Johansel había encontrado algo en ese carromato... si existía una sola variable que yo hubiera pasado por alto...

—Prepara mi escolta —ordené, mi voz descendiendo a un susurro gélido que hizo que el consejero diera un paso atrás—. Salimos hacia Ciudad Tamirya al amanecer.

—¿Le informamos al rey Balco, señor?
—No —sentencié, acomodándome el cuello rígido de mi uniforme militar—. Mi padre no necesita saber que voy a visitar a mi querido hermano menor.

Una risa seca se escapó de mis labios.




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