Capítulo 10
JOHANSEL
El invierno en Ciudad Tamirya tenía una forma particular de calar en los huesos, pero el frío que sentí aquella mañana no provenía de la tormenta.
Me encontraba en la torre oeste, observando cómo Yuka, con una paciencia que me recordaba a mi hermana, cambiaba las vendas del pequeño. La fiebre del niño finalmente había cedido. Sus ojos grises, fijos en el techo de piedra, comenzaban a recuperar la lucidez. El mechón de fuego en su frente se había apagado, volviendo a ese castaño oscuro tan característico de Tamirya cuando estaba viva, ocultando el secreto de su linaje a simple vista.
—Lo está haciendo bien, Yuka —le susurré, apoyando una mano en su hombro—. En unos días podrá levantarse.
Antes de que Yuka pudiera responder, las campanas de la fortaleza comenzaron a repicar. No era el tañido rítmico que anunciaba el cambio de guardia, ni el toque de rebato por un ataque de bandidos. Eran tres golpes largos, pausados, solemnes.
La heráldica real. Un miembro de la familia directa del emperador estaba cruzando las puertas.
La sangre se me congeló en las venas. Miré a Yuka, cuyos ojos grises se abrieron de par en par, reflejando el mismo pánico que me oprimía el pecho.
—Es él —dijo Yuka en un susurro apenas audible, llevando la mano instintivamente al pomo de su espada—. Johansel... ¿cómo puede ser? La capital está a semanas de viaje.
—Los espías —respondí, mi mente atando cabos a la velocidad del rayo—. Alguien reportó lo del carromato. Donald o alguno de los hombres. Sabía que se daría cuenta, pero no esperaba que se moviera tan rápido.
Me giré hacia la cama y tomé al niño por los hombros con suavidad pero con firmeza.
—Escúchame bien, pequeño. Tienes que esconderte. Yuka te llevará a las catacumbas de la torre inferior, donde guardamos los suministros de invierno. No salgas, no hables, no hagas el menor ruido, ¿entendiste? Tu vida depende de ello.
El niño asintió, temblando, contagiado por la urgencia de mi voz. Yuka lo tomó en brazos con cuidado, envolviéndolo en una manta común, y me miró con una lealtad que me dolió en el alma.
—¿Y usted, señor? —preguntó Yuka, deteniéndose en el umbral de la puerta secreta tras el tapiz—. Si Rhearis viene por el niño, no se marchará con las manos vacías.
—Yo voy a recibir a mi hermano —dije, desenvainando mi espada lo suficiente para escuchar el clic del acero contra la vaina antes de ajustarla a mi cinturón—. Mantén la posición abajo. Si escuchas que el acero choca en el patio, toma al niño y huye hacia los páramos del norte. No mires atrás.
Salí de mis aposentos a paso firme, cerrando la pesada puerta de roble tras de mí. Al bajar las escaleras de caracol hacia el patio de armas, el viento helado me golpeó el rostro, arrastrando copos de nieve que bailaban en el aire.
El patio estaba sumido en un silencio sepulcral. Mis soldados, hombres curtidos en la frontera, permanecían alineados en un saludo rígido, pero sus rostros delataban la incomodidad. En el centro del patio, rodeado por una docena de guardias imperiales de armaduras negras y capas translúcidas, se encontraba el carruaje real.
La puerta del carruaje se abrió. Una bota de cuero negro perfectamente pulida pisó la nieve sucia del patio.
Rhearis descendió con una elegancia impecable. El uniforme militar de la capital, negro con incrustaciones de plata fina, no tenía una sola mancha a pesar del largo viaje. Su cabello azabache estaba recogido hacia atrás, exponiendo unas facciones frías, afiladas, que no mostraban el menor cansancio. Paseó su mirada por las murallas de Ciudad Tamirya con la condescendencia de un dueño que inspecciona una propiedad menor, hasta que sus ojos se clavaron en mí.
Forzó una sonrisa ladina, cargada de una burla silenciosa que me revolvió el estómago.
—Vaya, Johansel —su voz, clara y arrastrada, cortó el viento del norte como una cuchilla—. Siete años en este agujero congelado y sigues teniendo ese pésimo gusto para recibir a las visitas. Qué decepción. Esperaba que al menos la arquitectura con el nombre de nuestra querida y difunta hermana te ablandara un poco el carácter. ¿Ni un abrazo para el hermano que te dio un techo tan grande que gobernar?
Caminé hacia él, deteniéndome a tres pasos de distancia. Mantuve las manos firmes a los costados, negándome a seguirle el juego diplomático ante la vista de mis soldados.
—No recordaba que el gobernador del imperio tuviera tiempo para perderlo jugando a las visitas en las fronteras, Rhearis —respondí, mi voz destilando una hostilidad gélida—. ¿A qué debo el honor de tu presencia? ¿Acaso nuestro padre se cansó de tus intrigas en la capital o vienes a asegurarte de que las cadenas de tu preciado ejército siguen bien apretadas?
Rhearis soltó una carcajada suave, un sonido seco e insultante que no reflejó ni un ápice de calor. Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio con la absoluta confianza de quien se sabe dueño de cada vida en este patio.
—Oh, por favor, Johansel. Deja el melodrama para tus cuentos de fogata —dijo, bajando la voz a un murmullo agudo y perverso, mientras sus ojos recorrían cada línea de mi rostro con un desparpajo cínico—. Vine porque me preocupas. Muchísimo. Llegaron rumores a la capital sobre tu repentina vocación como oficial de sanidad. Una caravana masacrada, una supuesta plaga fronteriza... y tú, arriesgando tu preciosa vida real para quemar carromatos con tus propias manos. Qué conmovedor. Siempre tan altruista, tan lleno de lástima por las causas perdidas. Casi me haces llorar.
Sostuve su mirada sin parpadear, apretando los dientes para no romperle la mandíbula allí mismo. Sabía que estaba saboreando mi tensión, disfrutando el veneno de sus propias sospechas.
—Los contrabandistas estaban muertos cuando llegamos —mentí con una rigidez de piedra—. Redujimos todo a cenizas para evitar que la enfermedad se propagara a los civiles. Viajaste semanas en carruaje solo para revisar un protocolo de higiene militar, hermano. Qué eficiencia la tuya.
Rhearis entornó los ojos y su sonrisa se volvió aún más torcida, revelando una crueldad helada. Apoyó la mano con una lentitud deliberada sobre el pomo de su daga de plata, acariciándola como si fuera un viejo juguete.
—Por supuesto, la higiene es crucial —susurró, inclinándose hacia mí con una ironía punzante—. Sería un absoluto dolor de cabeza descubrir que alguna rata callejera sobrevivió al fuego... o al agua. Ya sabes cómo odio las plagas, Johansel. Tienden a multiplicarse si no se les aplasta la cabeza a tiempo. Y el norte está tan limpio, tan pacífico... Sería una lástima tener que fumigar esta hermosa fortaleza piedra por piedra por culpa de un descuido tuyo.
Dio media vuelta, rompiendo la atmósfera asfixiante con un gesto teatral, y alzó la vista hacia la gran torre oeste, el lugar exacto donde Yuka mantenía oculto al niño.
—En fin, el viaje me ha dejado exhausto. Prepara tus mejores aposentos, hermanito. Voy a quedarme unos días a disfrutar de tu encantadora compañía. Me muero de ganas de ver cómo cuidas de mis tierras.