Capítulo 11
JOHANSEL
El banquete improvisado en el salón de la torre central era una réplica exacta de mis peores pesadillas. La mesa de roble, apenas decorada con velas de cera de abeja y jarras de vino espeso de la frontera, se sentía tan tensa como la cuerda de una ballesta a punto de disparar. Los guardias imperiales de Rhearis permanecían de pie junto a las puertas, con las manos sobre los pomos de sus espadas, mientras que mis hombres, liderados por un Donald visiblemente nervioso, se alineaban en la pared opuesta.
Rhearis cortaba un trozo de carne asada con una parsimonia exasperante. El tintineo de su cuchillo contra el plato de metal era el único sonido que competía con el aullido del viento que golpeaba los ventanales altos.
—Debo admitir, Johansel —comenzó Rhearis, dejando caer el cubierto con un golpe seco antes de llevarse la copa de vino a los labios—, que tu cocina es tan rústica como tus modales. Pero el vino... vaya, este brebaje norteño tiene un retrogusto a sangre y tierra que resulta extrañamente poético. ¿No te parece?
—En la frontera bebemos para calentarnos el cuerpo, no para buscar metáforas, Rhearis —respondí, mirándolo fijamente desde el otro extremo de la mesa, sin haber tocado mi plato—. Si estás tan aburrido de la sobriedad del norte, eres libre de empacar tus cosas y regresar a la capital mañana mismo.
Rhearis soltó una risita ahogada, sacudiendo la cabeza con una lástima fingida.
—¿Y perderme tu encantadora hospitalidad? Jamás. Además, todavía no he tenido el placer de conocer a tu nuevo juguete. —Hizo una pausa dramática, entornando sus ojos oscuros—. ¿Cómo se llama el muchacho? ¿Yuka?
El aire se atascó en mi garganta. Mis dedos se tensaron debajo de la mesa, clavándose en mis propios muslos para evitar cualquier reacción visible. Rhearis se reclinó en su silla, observando mi rigidez con un deleite sádico.
—Mis informantes me dicen que lo recogiste de los barrios bajos de la capital antes de tu... retiro espiritual —continuó, arrastrando las palabras con un cinismo quirúrgico—. Que le has enseñado tácticas de caballería, combate con espada, estrategia... Qué conmovedor, de verdad. El príncipe rebelde jugando a ser padre con el hijo de un sirviente. ¿Estás criando un caballero, Johansel, o simplemente te estás fabricando un heredero ante la falta de una esposa legítima?
—Yuka es mi subordinado y mi ayudante de campo —dije, manteniendo mi voz en un tono plano, despojado de cualquier emoción—. Su entrenamiento es asunto mío. No viola ningún edicto imperial.
—Oh, claro que no. Pero me resulta tan... curioso —Rhearis apoyó los codos sobre la mesa, entrelazando sus dedos de manera ociosa—. Vine con la intención de saludarlo, de ver si el pequeño huérfano es tan prometedor como dicen las malas lenguas. Pero me informan mis guardias que el chico desapareció de la fortaleza justo un par de horas antes de mi llegada. Qué coincidencia tan desafortunada. ¿Acaso le das miedo los uniformes de la capital, o es que lo enviaste a hacer un mandado urgente en mitad de la peor tormenta del año?
La presión en el salón se volvió insoportable. Sabía exactamente lo que Rhearis estaba haciendo: estaba rodeando la presa, olfateando el miedo, esperando que yo cometiera el más mínimo desliz para ordenar el registro total de la fortaleza. Si mencionaba que Yuka estaba en las catacumbas, o si alguno de mis hombres titubeaba, todo terminaría.
Antes de que pudiera formular una respuesta, la pesada puerta del salón se abrió.
Mis ojos se abrieron de par en par al ver entrar a Yuka.
Vestía su uniforme de guardia, pero su capa estaba empapada de nieve y sus botas cubiertas de barro fresco. Traía el rostro enrojecido por el frío del exterior y cargaba una pesada caja de madera entre los brazos. Caminó con paso firme, ignorando la mirada escrutadora de los guardias imperiales, y se detuvo a un costado de la mesa, haciendo una reverencia perfecta ante Rhearis.
—Lamento la interrupción, mi señor, príncipe Rhearis —habló Yuka, con una voz madura y firme que no flaqueó ni un segundo—. Y lamento mi ausencia. El príncipe Johansel me ordenó inspeccionar los almacenes de grano de la muralla exterior para asegurar que las provisiones del invierno no se dañaran con la humedad de la tormenta. Acabo de regresar.
Miré a Yuka, conteniendo el aliento. El chico estaba jugando con fuego, arriesgando su vida al presentarse voluntariamente ante el lobo.
Rhearis no se movió. Se limitó a analizarlo de arriba abajo, deteniendo su mirada gris en las manos del joven y luego en sus ojos. Una sonrisa lenta y torcida comenzó a dibujarse en sus labios.
—Vaya... así que tú eres la famosa mascota de mi hermano —dijo Rhearis, inclinando la cabeza con una ironía punzante—. Tienes buena postura para ser el hijo de un donadie. Dime, muchacho... ¿también te enseñó Johansel a mentir con tanta naturalidad, o eso es un talento innato de la gente de tu clase?
Yuka sostuvo la mirada del gobernador del imperio sin parpadear, manteniendo una serenidad de piedra que me llenó de un orgullo feroz.
—El príncipe Johansel solo me ha enseñado a servir al imperio con honor, mi señor.
Rhearis soltó una carcajada limpia, un sonido que resonó falso contra las paredes de piedra. Se puso en pie, alisándose las arrugas de su impecable uniforme negro, y caminó lentamente hacia Yuka, deteniéndose a solo unos centímetros de él. El peligro que emanaba mi hermano era casi tangible.
—El honor es un lujo de los muertos, chico —susurró Rhearis, pasando un dedo por el borde de la caja de madera que Yuka sostenía—. Ten cuidado con lo que guardas en tus almacenes. A veces, la humedad no es lo único que pudre las cosas desde adentro.
Se giró hacia mí, dándome una última mirada cargada de un cinismo absoluto.
—La cena ha sido... ilustrativa, Johansel. Pero el frío de tu fortaleza me está dando dolor de cabeza. Me retiraré a mis aposentos. Mañana quiero que tú y tu brillante ayudante me acompañen a revisar el ala médica. Quiero asegurarme personalmente de que esa "peste" de la que tanto hablaste quedó bien enterrada.
Rhearis caminó hacia la salida, seguido por su escolta de armaduras negras. Al cerrarse las puertas tras él, el silencio volvió a reinar, pero esta vez estaba cargado de un terror inminente.
Miré a Yuka de inmediato. El chico dejó caer la caja de madera sobre una silla y exhaló un suspiro largo, revelando que sus manos estaban temblando.