Capítulo 12
RHEARIS
Mis aposentos en la torre este de Ciudad Tamirya eran un insulto a mi posición, pero el frío y la austeridad del norte siempre me habían parecido herramientas magníficas para afilar el juicio. Me desabroché los puños de plata de mi uniforme y los dejé sobre la mesa auxiliar, observando cómo la llama de una sola vela luchaba contra la corriente de aire que se filtraba por el ventanal.
Caminé hacia el cristal y miré el patio de armas, sumido en la penumbra de la tormenta.
Johansel cree que es un actor brillante. Cree que siete años de jugar a ser el guardián de los páramos le han dado la astucia necesaria para sostener una mentira frente a mí. Qué tierno. Es incapaz de comprender que yo vi nacer cada una de sus muecas de indignación; conozco el lenguaje de sus silencios mucho mejor de lo que él conoce el peso de mi corona.
La forma en que apretó los dedos bajo la mesa cuando mencioné al huérfano. El sutil cambio en la respiración de sus guardias. El aire en ese Gran Salón no estaba cargado de protocolo, estaba cargado de pánico.
Un golpe suave y rítmico en la puerta interrumpió mis pensamientos.
—Adelante —dije, sin apartarme de la ventana.
Mi consejero entró como una sombra, cerrando el cerrojo tras de sí con un movimiento ensayado. Su rostro pálido reflejaba la urgencia de quien trae una pieza clave para el tablero.
—Mi señor —susurró, inclinando la cabeza—. Tenía razón. Registramos discretamente las bitácoras de la guardia del norte antes de que las sellaran por la noche. El capitán Donald no firmó el reporte de la quema del carromato. Lo hizo el propio príncipe Johansel. Y hay más: uno de los mozos de cuadra del ala médica jura que la noche en que llegó el príncipe, la torre oeste fue cerrada bajo llave por el muchacho, Yuka. Nadie vio salir ningún cuerpo, vivo o muerto.
Una sonrisa lenta, casi dolorosa de lo perfecta que era, se dibujó en mis labios.
—Johansel, Johansel... —susurré, apoyando la frente contra el vidrio helado—. Sigues siendo el mismo niño tonto que recolectaba conchas en la playa mientras yo aprendía a firmar sentencias de muerte.
—¿Qué ordenáis, príncipe? —preguntó el consejero, acariciando la empuñadura de su espada—. Si el bastardo de la princesa Tamirya sobrevivió a la tempestad de hace siete años y está en este castillo, podemos organizar una redada en la torre oeste ahora mismo. Mis hombres están listos.
—No seas vulgar —lo reprendí, girándome despacio para mirarlo con absoluto desprecio—. Si entro con la guardia imperial rompiendo puertas en la fortaleza de mi hermano, los soldados del norte verán una agresión. Este ejército es mío porque creen que soy el guardián de la memoria de su princesa. No voy a regalarles un mártir ni a levantar sospechas de traición antes de tiempo. Además... quiero ver hasta dónde es capaz de llegar Johansel por su preciada moral.
Caminé hacia la mesa y tomé mi daga de plata, el peso equilibrado del metal calmando mis instintos. La pasé de una mano a otra con movimientos ociosos.
El muchacho, Yuka, me había impresionado durante la cena. Sostuvo mi mirada con una firmeza que no pertenece al hijo de un sirviente. Tenía ojos de soldado, ojos grises... grises como los de la gente del norte, pero con una devoción ciega implantada por mi hermano. Johansel no solo ha escondido una variable en mis tierras; ha criado a un perro guardián para protegerla.
—Aumenta la vigilancia en las salidas traseras de la fortaleza y en el almacén de suministros subterráneo —ordené, mi voz arrastrando un cinismo implacable—. Si mi querido hermano menor intenta sacar su pequeño tesoro de la fortaleza en mitad de la tormenta, quiero que mis hombres los sigan sin hacer ruido. No los detengas en los muros. Deja que crean que han escapado. Es mucho más fácil limpiar un cabo suelto en la inmensidad de la nieve, donde los lobos salvajes siempre pueden cargar con la culpa de una muerte trágica.
—¿Y mañana, señor? Mencionó que quería revisar el ala médica.
—Oh, y lo haré —me reí, guardando la daga en mi cinturón—. Mañana llevaré a Johansel del brazo por cada rincón de su propio engaño. Quiero ver cómo se le descompone el rostro mientras busca una salida que no existe. Quiero saborear el momento exacto en que se dé cuenta de que la burbuja de cristal que tanto intentó reconstruir en este maldito norte... está a punto de estallar en mil pedazos bajo mis botas.
Hice un gesto con la mano, despidiendo al consejero. Cuando la puerta se cerró, me quedé a solas con la noche.