Capítulo 13
JOHANSEL
El tic-tac del reloj de péndulo en la esquina de mis aposentos privados sonaba como una cuenta regresiva hacia el patíbulo. La tormenta seguía golpeando los cristales, pero el verdadero peligro caminaba unos pisos más abajo, vistiendo seda negra y destilando cinismo. Rhearis nos tenía cercados; sabía que vigilaba cada rendija de la fortaleza, esperando que Yuka o yo diéramos un paso en falso hacia las puertas traseras para cazarnos en la nieve.
—No podemos movernos, Yuka —dije en un susurro, clavando los ojos en el mapa de las catacumbas extendido sobre mi mesa—. Si intentamos sacarlo nosotros, o si las salidas muestran el menor indicio de movimiento, los guardias imperiales caerán sobre el niño antes de que cruce el foso. Rhearis quiere que intentemos escapar. Está saboreando la espera.
Yuka, que limpiaba una de las armaduras para mantener las manos ocupadas ante la ansiedad, apretó los dientes.
—¿Entonces qué hacemos, señor? Mañana nos obligará a recorrer el ala médica. Si nos quedamos aquí sin hacer nada, tarde o temprano sus hombres darán con el doble fondo del almacén de armas.
—Nos quedaremos aquí —sentencié, mirándolo fijamente—. Tú y yo no nos moveremos de esta fortaleza. Mañana caminaremos al lado de Rhearis, le sonreiremos, soportaremos sus ironías y le daremos exactamente lo que quiere: la ilusión de que nos tiene acorralados y bajo control. No sospechará que el niño se ha ido si nos ve a nosotros atrapados en su red.
—¿Y cómo va a salir el niño si nosotros estamos vigilados? —la confusión en los ojos grises de Yuka era evidente.
—Porque nosotros no lo sacaremos. Lo hará Magna.
Yuka abrió los ojos de par en par, entendiendo de inmediato. Magna. Una vieja y leal amiga de mis años de juventud en la capital, una mujer que compartía mi desprecio por la tiranía de mi padre y que, tras la anexión del norte, se había establecido en los suburbios de Ciudad Tamirya como la encargada del suministro de víveres y pieles para la fortaleza. Tenía libre acceso a las cocinas y los sótanos a través de los pasajes de servicio inferiores; pasajes tan antiguos y estrechos que la guardia imperial de la capital ni siquiera se había molestado en cartografiar.
Sin perder un segundo, utilicé los túneles internos de la torre para hacerla llamar en secreto. Veinte minutos después, la silueta robusta y envuelta en gruesas pieles de Magna emergió de la trampilla del suelo de mis aposentos. Se quitó la capucha, revelando un rostro curtido por el viento del norte y unos ojos cargados de una astucia inquebrantable.
—Johansel —dijo con voz baja y rasposa, mirando a Yuka y luego a mí—. Tus pasillos huelen a los cuervos de la capital. La guardia negra tiene tomada la entrada principal. ¿Qué está pasando?
Me acerqué a ella y, con una gravedad que la hizo enderezar la espalda, le revelé la verdad que guardábamos en las entrañas de la torre. Le hablé del niño, de la herencia de Tamirya y del monstruo que dormía en el ala este. Al terminar, Magna miró hacia el almacén subterráneo con una mezcla de horror y una resolución indomable.
—Ese bastardo de Rhearis no va a terminar lo que empezó en el mar —susurró, apretando mis manos con una fuerza implacable—. Tengo un carromato de doble fondo en el establo bajo, listo para salir hacia los reinos del sur al amanecer. Los guardias imperiales están revisando las salidas traseras y las patrullas altas, pero el puesto de control de los proveedores de víveres del este está cubierto por guardias locales, hombres de la frontera que me conocen desde hace años y no registrarán mis pieles de oso.
—Tienes que llevártelo lejos de este reino, Magna —le pedí, sintiendo un nudo en la garganta—. Cambia su nombre. Llévalo a las tierras donde la corona del Cristal no tenga poder. Es la última chispa de mi hermana. Si vive, hay esperanza.
—Considera el trabajo hecho, Johansel —Magna asintió, volviéndose a colocar la capucha—. Pero prométeme que sobrevivirás a esa hiena. No me gustaría regresar al norte y descubrir que tu cabeza adorna los muros.
—Rhearis quiere jugar al ajedrez con mi mente —respondí, esbozando una sonrisa amarga mientras sentía cómo la adrenalina reemplazaba al miedo—. Mañana le daré la mejor partida de su vida.
Yuka guio a Magna hacia las catacumbas para preparar al niño para el viaje. Cuando me quedé solo, caminé hacia el ventanal, mirando hacia el ala este donde descansaba mi hermano. Por primera vez en siete años, la rabia ya no era un peso muerto en mi pecho; era una estrategia. Rhearis creía que el norte era su tablero, pero mañana descubriría que los peones también saben cambiar de dirección cuando el rey está distraído con su propio ego.