Imperio Cristal

Capitulo 14

Capítulo 14

RHEARIS

El olor a vinagre, sosa y enfermedad me recibió en cuanto las pesadas puertas del ala médica se abrieron de par en par. Crucé el umbral manteniendo un pañuelo de seda fina impregnado de esencia de lavanda cerca de la nariz. Detestaba la fealdad de los hospitales tanto como detestaba la incompetencia.
A mi diestra, Johansel caminaba con una parsimonia que rozaba la insolencia. A su lado, el mocoso, Yuka, mantenía los ojos fijos al frente, con las manos entrelazadas en la espalda, adoptando esa rígida postura militar que mi hermano le había impuesto. Ambos parecían dos estatuas de sal. Demasiado tranquilos. Demasiado perfectos.

—Como verás, hermano —la voz de Johansel resonó en el pasillo abovedado, eco de una calma ensayada—, las pocas camas ocupadas son de soldados con congelamiento o fiebres comunes de los páramos. La supuesta peste del carromato fue contenida a tiempo gracias a la quema inmediata. No hay nada que ver aquí.

Ignoré sus palabras y le hice una seña con la mano a mi consejero. Mis guardias de armadura negra avanzaron en fila, apartando bruscamente a los sanadores locales y comenzando a levantar las sábanas de los enfermos, revisando los armarios de suministros, golpeando las paredes de piedra en busca de pasadizos o dobles fondos. Yo observaba fijamente el rostro de Johansel. Buscaba el tic en su mandíbula, la gota de sudor en su sien, el sutil destello de pánico que delatara que estábamos a escasos metros del premio.
Nada. Johansel ni siquiera parpadeó cuando un guardia tiró al suelo una fila de frascos de botica que se hicieron añicos contra el suelo.

—Revisen los sótanos y la torre oeste —ordené en voz alta, dejando que el cinismo arrastrara mis palabras—. No queremos que ninguna... rata se nos escape por las tuberías, ¿verdad, Johansel?

—Busca lo que quieras, Rhearis —respondió mi hermano, esbozando una sonrisa gélida y ladina que me revolvió el estómago—. Si te complace perder el tiempo entre la podredumbre del norte en lugar de gobernar el imperio, no seré yo quien te quite el capricho.

Pasaron los minutos. El eco de los muebles arrastrados y las maderas rotas llegaba desde los pisos superiores. Mi consejero regresó al cabo de una hora, con el rostro inexpresivo y una alarmante falta de aliento. Se inclinó hacia mi oído.

—Señor... no hay nada. Registramos los aposentos del príncipe, la habitación del muchacho, los almacenes de grano y el doble fondo del depósito de armas que nos indicó el mozo de cuadra. Está vacío. Solo había polvo y cajas de herraduras viejas.

Apreté los dientes, sintiendo una punzada de rabia fría perforarme la frente. ¿Vacío?

—¿Y las salidas? —susurré con un veneno apenas contenido—. ¿Las patrullas que envié a los caminos traseros?

—Reportaron total tranquilidad, mi señor. Nadie ha intentado salir por los muros ni por las catacumbas.

Solo los carromatos de los proveedores de víveres locales salieron por el puesto del este al amanecer, pero fueron inspeccionados por la guardia local como siempre. Pieles de oso y pescado congelado. No hay rastro del niño.
En ese instante, la verdad me golpeó con la fuerza de un témpano de hielo.
Me giré despacio hacia Johansel y Yuka. El muchacho de catorce años me miraba con una serenidad insultante, y en los ojos de mi hermano menor vi, por primera vez en siete años, el destello de una victoria absoluta. No se habían movido. Se habían quedado aquí, sirviendo de cebo, entregándose a la inspección para mantenerme entretenido en el ala médica mientras el verdadero cargamento se escurría bajo mis narices. Los proveedores de víveres. La guardia local del norte, que le era más leal a la memoria de Tamirya que a mi corona.
Había sobreestimado el miedo de Johansel. Pensé que actuaría como un animal acorralado, pero había jugado como un estratega.

—Señor... ¿continuamos con el registro del resto de las torres? —preguntó el consejero, temblando.

—No —siseé, bajando el pañuelo de lavanda y guardándolo en mi casaca con una brusquedad que delató mi furia—. Cancelen la búsqueda. Retiren a los hombres.

Caminé hacia Johansel, deteniéndome a un milímetro de su rostro. El olor a hierro y nieve de su ropa me inundó, pero lo que más me dolió fue la absoluta tranquilidad de su postura. El tablero estaba vacío. La pieza se había esfumado.

—hermanito —le susurré al oído, con una voz tan baja y cargada de una ironía letal que solo él pudo escuchar—. Les diste alas. Pero recuerda algo: el mundo fuera de estas murallas sigue siendo mi imperio. Puedes haber sacado la chispa de mi alcance hoy, pero el viento del invierno es largo, y tarde o temprano, las cenizas siempre vuelven al suelo.
Johansel no retrocedió. Su sonrisa se ensanchó apenas un milímetro.

—Buen viaje de regreso a la capital, Rhearis. Cuidado con los caminos; el hielo suele ser traicionero para los que no pertenecen al norte.




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