Imperio Cristal

Capítulo 15

Capítulo 15

JOHANSEL

Seis meses después.

Los confines del sur eran el reverso exacto de las tierras de Ciudad Tamirya. Aquí, el aire no sabía a nieve y hierro, sino a tierra húmeda, pinos y el aroma dulzón de la resina. Había tardado medio año en encontrar la excusa militar perfecta para justificar ante la capital un viaje de inspección a las provincias fronterizas del sur, pero finalmente lo había logrado. Rhearis seguía obsesionado con la burocracia de sus rutas comerciales, convencido de que la chispa se había ahogado en el exilio.
Se equivocaba.

—Mantén los ojos abiertos, Yuka —susurré, desmontando de mi caballo en los linderos de un denso bosque de robles.

A mi lado, Yuka, que ya rozaba los quince años y mostraba una madurez que superaba con creces a la de cualquier soldado de la capital, asintió en silencio. Llevaba la mano apoyada en la empuñadura de su espada, patrullando con la mirada el sendero que conducía a una pequeña cabaña de piedra oculta entre la maleza.
La puerta de madera de la cabaña se abrió con un quejido suave. De la penumbra emergió la silueta familiar y robusta de Magna. No vestía sus pesadas pieles del norte; ahora usaba un jubón de cuero verde que se camuflaba con el entorno del sur. Al verme, sus labios se curvaron en una sonrisa amplia, una de esas pocas sonrisas verdaderas que el Imperio de Cristal aún no había logrado erradicar.

—Llegas tarde, Johansel —dijo con su habitual voz rasposa, cruzándose de brazos—. Empezaba a pensar que la hiena de tu hermano te había convertido en decoración para las murallas de la capital.

—Rhearis estuvo cerca, pero el norte sabe guardar sus secretos —respondí, dándole un abrazo rápido y firme—. ¿Cómo está él?

Magna se hizo a un lado, invitándonos a entrar con un gesto de la cabeza.

—Está fuerte. El aire del sur le ha devuelto el color a las mejillas. Aunque tuvimos que enterrar el pasado muy profundo para mantenerlo a salvo. Ya no existe el bebé que cruzó el mar, Johansel. Aquí, ante los ojos del mundo, se llama Vireon

—Vireon... —repetí el nombre en un susurro, saboreándolo. Sonaba a bosque, a vida, a un nuevo comienzo que no estaba manchado por los decretos de mi padre ni las masacres de mi hermano.

Al adentrarme en la cabaña, mis ojos tardaron un par de segundos en acostumbrarse a la luz tenue que se filtraba por las ventanas. Sentado junto a la chimenea, tallando una pequeña figura de madera con un cuchillo sin filo, estaba el niño.

Ya no era el pequeño moribundo y aterrorizado que saqué del carromato en mitad de la tormenta. Vireon vestía ropas sencillas de lino, sus mejillas estaban sonrosadas por el calor del hogar y sus ojos grises, agudos y despiertos, se clavaron en mí en cuanto crucé el umbral. Dejó el trozo de madera a un lado y se puso en pie de un salto.

—¡Tío Johansel! —exclamó.

Aunque solo nos habíamos visto durante aquellos días de fiebre en la fortaleza, el niño corrió hacia mí y me rodeó la cintura con sus pequeños brazos. Sentir el calor de su cuerpo y la fuerza de su abrazo me devolvió una parte del alma que creí perdida en el mar junto a su madre. Me arrodillé ante él, apoyando mis manos en sus hombros, mirándolo con un orgullo que me llenó el pecho de una calidez desconocida.

—Mírate, Vireon. Estás enorme —dije, sintiendo un nudo en la garganta.

Pasé mis dedos con cuidado por su frente. El mechón de fuego seguía oculto bajo ese castaño oscuro, pero la fuerza que emanaba de su mirada era inconfundible. Era la sangre del norte, el linaje indomable que Rhearis creía haber extinguido.

—Magna me ha enseñado a cazar con arco, tío —dijo Vireon, con los ojos brillando de entusiasmo—. Y dice que cuando cumpla ocho años me enseñará a montar a caballo como los jinetes del mapa.

—Y lo harás —intervino Yuka, dando un paso al frente y arrodillándose a mi lado. El joven caballero miró al niño con una devoción pura, la misma que había jurado en las catacumbas—. Y cuando llegue el momento, yo mismo te enseñaré a usar la espada, Vireon. Te convertirás en el guerrero más grande de este continente.

Vireon miró a Yuka con una mezcla de timidez y admiración, asintiendo con la cabeza con esa seriedad tan característica de nuestra familia.

Me puse en pie y miré a Magna, quien observaba la escena desde la cocina con los brazos cruzados. El tablero del imperio seguía siendo peligroso, y Rhearis continuaba gobernando desde su trono de cristal. Pero aquí, en el anonimato del sur, bajo el nombre de Vireon, la última chispa de mi hermana estaba creciendo, protegida por la lealtad de un caballero de quince años y la astucia de una vieja amiga.

—Gracias, Magna —le susurré.

—No me agradezcas todavía, Johansel —respondió ella, clavando sus ojos en los míos—. El niño está a salvo por ahora. Pero el fuego no se puede ocultar para siempre. Tarde o temprano, Vireon tendrá que reclamar lo que es suyo.

Miré de nuevo al pequeño, que volvía a su juego junto a la chimenea bajo la atenta y protectora mirada de Yuka. Sonreí de medio lado, sintiendo que los siete años de luto y silencio finalmente cobraban sentido.

—Que crezca fuerte —sentencié, con una resolución gélida—. Cuando el invierno vuelva a Ciudad Tamirya, el imperio descubrirá que el fuego que intentaron apagar se ha convertido en un incendio insaciable.




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