Capítulo 16
YUKA
El aire de los bosques del sur era espeso, impregnado de una humedad que jamás se sentiría en los páramos de Ciudad Tamirya. Durante estos seis meses, mi cuerpo había tenido que adaptarse a la pesadez de este nuevo clima, pero mi mente seguía tan afilada como el acero que el príncipe Johansel me había enseñado a empuñar.
Me mantuve firme a un costado de la chimenea, observando al pequeño Vireon. Había vuelto a tomar su cuchillo sin filo, concentrado en dar forma al trozo de madera. Johansel y Magna conversaban en susurros cerca de la mesa principal, trazando mapas invisibles con los dedos sobre la madera gastada, planeando rutas comerciales y alianzas que mantuvieran al niño fuera del radar de la capital.
—Vireon —llamé en voz baja, dando un paso hacia el niño.
Él alzó sus ojos grises, unos ojos que, a pesar de su corta edad, ya cargaban con la sombra de un linaje perseguido.
—¿Sí, Yuka? —preguntó, dejando el juguete a medio terminar sobre sus rodillas.
—Mañana empezaremos temprano —le dije, cruzándome de brazos con la rigidez de un instructor, imitando inconscientemente la postura que Johansel usaba conmigo—. Magna dice que ya dominas el arco para cazar presas pequeñas. Pero un heredero del norte no solo caza para comer; caza para sobrevivir. Te enseñaré a leer las huellas en el barro y a moverte sin que las hojas secas del bosque delaten tu posición.
Los ojos de Vireon se iluminaron con una chispa que me recordó de inmediato a las historias que Johansel contaba sobre la princesa Tamirya: un fuego indomable que ninguna tormenta imperial podría sofocar.
—¿Y me dejarás usar una espada de verdad? —preguntó en un susurro cómplice, mirando de reojo hacia donde su tío conversaba.
—Todo a su tiempo —respondí, esbozando una leve sonrisa de medio lado—. Primero debes aprender a dominar tu propio peso. El acero es un maestro severo; si no sabes mover los pies, la espada te controlará a ti.
De pronto, un crujido seco resonó en el exterior de la cabaña, rompiendo la calma del bosque.
El sonido fue casi imperceptible, el sutil lamento de una rama rota bajo el peso de una bota pesada. En una fracción de segundo, la atmósfera dentro de la habitación cambió por completo. La conversación entre Johansel y Magna se detuvo en seco.
Johansel llevó la mano al pomo de su espada con una velocidad aterradora, mientras Magna apagaba la vela principal de un soplido, sumergiendo la cabaña en la penumbra de la tarde que caía.
Yo no lo dudé. Di un paso al frente, interponiendo mi cuerpo entre la puerta y Vireon, desenvainando mi daga con un movimiento fluido y silencioso. El niño se tensó, pero no gritó; la disciplina de los últimos meses se impuso y se encogió contra la pared, buscando la sombra.
—Quédate atrás, Vireon —le ordené en un susurro apenas audible, manteniendo la vista fija en la ventana lateral.
A través del cristal empañado por la humedad, una silueta oscura se recortó contra los árboles. No vestía las armaduras negras de la guardia de Rhearis, sino los ropajes gastados de un mensajero de los caminos. El hombre se acercó a la puerta y golpeó tres veces: dos golpes rápidos, uno largo.
El código de los leales al norte.
Johansel exhaló un suspiro contenido y asintió hacia Magna, quien retiró el cerrojo de hierro con precaución. La puerta se abrió unos centímetros, dejando entrar una ráfaga de aire templado y al mensajero, que venía empapado de sudor y con el rostro pálido por el cansancio. El hombre cayó de rodillas de inmediato ante Johansel.
—Mi señor... príncipe Johansel —jadeó el mensajero, extrayendo un pequeño tubo de metal sellado con lacre gris de su casaca—. Traigo noticias urgentes de Ciudad Tamirya. El capitán Donald logró interceptar un edicto real antes de que fuera distribuido a las guarniciones del sur.
Johansel tomó el tubo de metal, rompió el sello con la punta de su daga y extrajo el pergamino. A medida que sus ojos recorrían las líneas escritas con la caligrafía impecable de la cancillería imperial, el rostro de mi protector se fue transformando en una máscara de piedra. La mandíbula se le tensó tanto que creí escuchar el crujir de sus dientes.
—¿Qué dice, Johansel? —preguntó Magna, con la voz cargada de una oscura premonición.
Johansel bajó el pergamino, mirando hacia el suelo, y luego clavó sus ojos en mí y en el pequeño Vireon.
—Rhearis no ha olvidado —sentenció Johansel, su voz destilando una furia gélida que hizo que el aire de la cabaña se sintiera tan frío como el invierno del norte—. Ha emitido un decreto de censo forzoso para todas las provincias del sur. Sus inspectores van a registrar cada hogar, cada granja y cada cabaña en los linderos de estos bosques en las próximas semanas. Busca niños huérfanos de entre seis y ocho años que hayan sido adoptados en el último año.
Miré a Vireon y luego a Johansel. El pánico intentó colarse en mi pecho, pero lo aplasté de inmediato. El gobernador del imperio seguía moviendo sus piezas, extendiendo sus garras desde el trono de la capital directo hacia el escondite que creíamos seguro.
—Sabe que está aquí —susurré, apretando la empuñadura de mi arma—. No tiene pruebas, pero está dispuesto a quemar el sur con tal de encontrarlo.
Johansel caminó hacia la chimenea, arrojando el pergamino imperial al fuego, observando cómo las llamas consumían las órdenes de su hermano. Se giró hacia nosotros, y en su mirada ya no había duda, solo la fría resolución del comandante que se prepara para la guerra.
—El tiempo de esconderse se está agotando —dijo Johansel, colocando una mano sobre mi hombro y mirando fijamente a Vireon—. Yuka, acelera el entrenamiento del niño. Ya no tenemos años de ventaja. Si Rhearis quiere enviar a sus sabuesos al sur, nos aseguraremos de que este bosque se convierta en su tumba. Vireon no será una presa. Aprenderá a ser el cazador antes de que el invierno vuelva a reclamar el Cristal.