Imperio Cristal

Capítulo 17

Capítulo 17

YUKA

Veinte años en los bosques del sur habían transformado la resina y los pinos en un recuerdo lejano. El mapa del continente había cambiado, teñido por la tiranía cada vez más asfixiante de la capital, pero mi lealtad seguía intacta, grabada a fuego en cada cicatriz de mi cuerpo.

A mis veintisiete años, mis manos ya no temblaban ante la inminencia de la sangre; se habían vuelto tan frías y calculadoras como las del hombre que me lo enseñó todo.

Johansel ya no estaba para guiar nuestros pasos. Sus restos descansaban bajo las raíces de un roble milenario en el corazón del bosque. Había partido demasiado pronto, con apenas treinta y nueve años, consumido por las secuelas de las viejas heridas de la frontera y el peso de una corona invisible.

Sin embargo, su espíritu se alzaba frente a mí, encarnado en el hombre que observaba el mapa del imperio sobre la mesa de piedra.

Vireon ya no era el niño asustado de la fortaleza. A sus veinte años, era una fuerza de la naturaleza en el cenit de su juventud.

Su cabello castaño oscuro caía descuidado sobre sus hombros, pero el mechón de fuego en su frente, aquel que habíamos ocultado durante décadas, ahora brillaba con una intensidad mágica y rebelde, libre de cualquier atadura.

Sus ojos grises, herencia maldita y bendita del norte, escudriñaban las líneas de suministro imperiales con una voracidad implacable.

—Las patrullas de Rhearis han tomado el paso alto de Ciudad Tamirya —dijo Vireon, su voz, un barítono profundo que resonaba con la autoridad de un rey sin corona, rompió el silencio de la cabaña fortificada—. Creen que al estrangular el comercio del norte sofocarán la rebelión que iniciamos en el sur. Mi tío me dijo una vez que Rhearis jugaba al ajedrez con la mente de sus enemigos.

—Rhearis es un anciano decrépito que roza los setenta años, Vireon, pero su mente es más retorcida y paranoica que nunca —respondí, dando un paso al frente y apoyando mis manos cubiertas por guanteletes de hierro sobre la mesa—. Sus sabuesos han quemado tres aldeas fronterizas esta semana buscando al "fantasma del sur". Sabe que el linaje de Tamirya sigue vivo. Lo huele. Cada día que pasa sin tu cabeza en una pica es un insulto a su reinado de cristal.

Magna, cuya cabellera blanca y rostro surcado de arrugas profundas delataban el peso de las décadas, avivó el fuego de la chimenea con un suspiro pesado. Ya no cargaba pieles, pero su presencia seguía siendo el pilar que nos unía a la tierra.

—Ese viejo monstruo se está quedando sin tiempo —intervino Magna, con su voz más rasposa que nunca—. El viejo emperador murió y Rhearis gobierna desde las sombras de un trono que no le pertenece legítimamente. El pueblo del norte está cansado de comer nieve y cadenas, Vireon. Solo necesitan ver la chispa para encender la pira.

En ese momento, la pesada puerta de madera reforzada de la guarnición se abrió con un golpe seco.

Uno de nuestros exploradores de la resistencia entró, cubierto de barro y con la respiración entrecortada. Se quitó la capa verde y se arrodilló de inmediato, no ante mí, sino ante el joven del mechón de fuego.

—Comandante Vireon... Sir Yuka —jadeó el hombre,ini extendiendo un pergamino sellado con el temido lacre de plata fina de la cancillería imperial—. Una comitiva real ha cruzado la frontera sur. No son inspectores ordinarios. El mismísimo gobernador del imperio, Rhearis, viaja en el carruaje central. Viene escoltado por trescientos guardias de la armadura negra. Su edicto ha sido claro: no regresar a la capital hasta que este bosque quede reducido a cenizas y el último bastardo sea ejecutado.

Un silencio sepulcral cayó sobre la habitación.

Miré a Vireon.

El pánico que había sentido cuando era solo un adolescente se había evaporado por completo, reemplazado por una adrenalina pura y un orgullo feroz.

El verdugo de nuestra familia, el hombre que había ahogado un reino en el mar y perseguido nuestra existencia durante dos décadas, finalmente había salido de su fortaleza de cristal.

Vireon extendió la mano hacia el pergamino, pero no lo leyó.

Lo arrojó directamente a las brasas de la chimenea, observando cómo el sello de plata de su tío abuelo se derretía y se deformaba en la oscuridad.

Desenvainó su espada, un acero imponente forjado con el hierro templado del norte y la resina del sur, que reflejó el brillo carmesí del fuego de su frente.

—Veinte años esperándote en las sombras, Rhearis —susurró Vireon, y por primera vez, vi en sus labios la misma sonrisa gélida e irónica que Johansel me describió el día de la cena en la fortaleza—. Yuka, prepara a los jinetes. Magna, asegura los túneles de evacuación para los civiles.

Vireon caminó hacia la salida, su capa ondeando como la sombra de un halcón listo para lanzarse sobre su presa. Se detuvo en el umbral, mirándome con una resolución indomable.

—Mi tío Johansel tenía mi edad cuando sacrificó su futuro para darme una oportunidad. Ahora es mi turno de enseñarle a Rhearis lo que pasa cuando intentas sofocar un incendio con la carne de mi gente. Que vengan sus armaduras negras. Este bosque no será nuestra tumba... será el cementerio de su imperio.




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