Capítulo 18
VIREON
El acero en mi mano derecha pesaba menos que la furia que me calcinaba el pecho. Durante veinte años me habían alimentado con la promesa de este día, con los susurros de mi tío Johansel sobre la justicia y las canciones de Magna sobre un norte que se negaba a morir.
Ahora, la herencia de mi madre vibraba en mi frente; el mechón de fuego ardía con una intensidad carmesí tan cegadora que podía sentir el calor lamiéndome las cejas, un reflejo del incendio con el que planeaba reducir a cenizas al verdugo de mi familia.
Frente a mí, en el claro del bosque, el suelo temblaba.
El rítmico estruendo de los cascos y el tintineo del acero anunciaban la llegada de las huestes del Cristal. Mis trescientos jinetes, la resistencia del sur, aguardaban en una formación de media luna perfecta. Sus flechas estaban encajadas; sus dedos, congelados por la expectativa.
—¡Fuego a mi señal! —bramé, y mi propia voz me sonó extraña, profunda, cargada con la autoridad de un rey que solo ha gobernado entre las sombras de los robles.
La vanguardia imperial apareció entre la bruma: las temidas armaduras negras, trescientos guardias imperiales con sus capas de seda translúcida ondeando al viento.
Pero no venían en formación de asalto. Sus ballestas colgaban de los hombros y los escudos permanecían a los costados. En el centro de la columna, un carruaje real de obsidiana y plata se detuvo con una parsimonia que me revolvió el estómago.
La puerta se abrió. Y de ella descendió el monstruo de las pesadillas de mi infancia.
Rhearis.
El asesino de mi madre.
El hombre que había cazado a mi tío hasta el cansancio. Su cabello azabache era ahora completamente blanco, ceñido por una diadema de plata pulida, y su rostro parecía el de un cuervo viejo y disecado, pero sus ojos grises conservaban esa misma lucidez cruel y paranoica que Johansel me hizo jurar que destruiría. Caminó hacia el centro del claro completamente desarmado, sin una sola daga en el cinturón.
Paseó su mirada por nuestras filas y se detuvo en mí. Una sonrisa lenta y torcida, cargada de una burla insoportable, se dibujó en sus labios.
—Vireon... —su voz arrastrada cortó el aire—. Vaya. El pequeño huérfano del norte se ha convertido en un "fantasma" bastante... pintoresco. ¿Ni un abrazo para el tío abuelo que vino desde la capital solo para verte? Me decepciona un poco el protocolo de tu resistencia, de verdad.
Apreté la empuñadura de mi espada con tanta fuerza que la madera crujió bajo mi guantelete. Di un paso al frente, dejando que el resplandor de mi frente me delatara por completo.
—¡Tú no eres mi familia, Rhearis! —escupí, sintiendo el sabor amargo de la rabia en la lengua—. Eres el verdugo de mi madre y el perseguidor de mi tío. Viniste a buscar guerra, y guerra es lo que tendrás.
Rhearis soltó una carcajada suave, un sonido seco que no reflejó ni un ápice de temor. Sacudió la cabeza con una lástima fingida que me encendió la sangre.
—Oh, por favor, Vireon. Deja el melodrama para tus cuentos de fogata. Siempre tan altruista, tan lleno de lástima por las causas perdidas. Casi me haces llorar.
Alzó una mano, interrumpiéndome antes de que pudiera dar la orden de masacrarlos. Se giró hacia el carruaje de obsidiana y extendió los brazos en un gesto pomposo, casi teatral.
—No he cruzado el imperio para una guerra vulgar, muchacho. He venido a traerte la paz. Y a presentarte el futuro.
De la cabina del carruaje, ayudados por un ama de llaves, descendieron dos niños. Un varón de unos seis años y una niña de no más de cuatro.
Vestían túnicas de terciopelo azul noche, bordadas con el halcón de plata de la capital. Tenían el cabello castaño y los mismos ojos grises y calculadores de Rhearis. Miraban nuestro campamento y nuestras armas con una curiosidad inocente, ajenos al océano de sangre que dividía a los hombres que tenían enfrente.
Me quedé helado. La punta de mi espada flaqueó por primera vez en mi vida. A mi espalda, escuché a Yuka contener el aliento y los murmullos desconcertados de mis soldados. ¿Niños? ¿En la frontera del sur?
Rhearis se colocó detrás de los pequeños, posando sus manos sobre sus hombros con una delicadeza que me pareció la mayor de las perversiones. Luego, clavó su mirada gris directamente en la mía, y el cinismo de sus ojos me golpeó como un témpano de hielo.
—Les presento a sus futuros gobernantes —anunció Rhearis, y su voz ya no era la de un anciano, sino la del rey absoluto que disfrutaba aplastando las esperanzas de sus enemigos—. El príncipe Kaelen y la princesa Elara. Mis hijos legítimos. La sangre pura que heredará cada rincón del Imperio de Cristal cuando yo ya no esté.
Se inclinó ligeramente hacia delante, restregándome cada palabra en la cara como si me estuviera abofeteando con el guantelete.
—Quería que los conocieras, Vireon. Para que entiendas, de una vez por todas, que tu resistencia no es más que humo. Algún día, este niño llevará la corona que tú sueñas en tus delirios de bandido. Ellos son los verdaderos dueños del Cristal. Todo lo que he hecho, todo este despliegue, es para que comprendas que la paz solo existe bajo su nombre. Tú no eres un heredero; eres una reliquia de un pasado que ya a nadie le importa.
Cada palabra suya era un veneno quirúrgico. Me estaba demostrando que mi existencia era irrelevante, que el trono ya estaba asegurado por su propia estirpe y que nos había cercado no con armas, sino con legitimidad.
Nos estaba condenando al olvido bajo la fachada de un tratado de paz.
Di un paso en falso hacia delante, con el mechón de fuego vibrando con una furia impotente que amenazaba con desbordarse, pero Yuka me tomó firmemente del hombro, frenándome.
Atacar a un hombre desarmado frente a sus hijos pequeños destruiría la moral de la resistencia; nos convertiría en los monstruos que la capital decía que éramos. Rhearis lo sabía.