EPÍLOGO
VIREON
Hoy, la corona de plata, oro y cristal no representa sumisión, sino el inicio de una nueva era.
Al colocarla sobre mi cabeza, el mechón de fuego en mi frente vibró con una calidez mansa, en perfecta sintonía con el metal invernal. Yo, el huérfano del sur, era ahora el único y legítimo gobernador del Imperio de Cristal y de Ciudad Tamirya.
—Te queda mejor que a tu tío abuelo —dijo Yuka, acercándose a mi flanco con una sonrisa genuina, la primera en dos décadas—. El imperio finalmente está en paz, mi rey.
—No lo habría logrado sin ti, Yuka —respondí, estrechando su mano enguantada. A su lado, la carga del trono se sentía ligera.
—¡A un lado, abran paso al rey! —la voz rasposa de Magna resonó en la entrada del salón. La anciana se acercaba cargando una bandeja con té de resina del sur, con los ojos empañados en lágrimas de orgullo—. Johansel y tu madre están celebrando en las estrellas, mi niño.
—Gracias, Magna. Por mantener la cocina caliente incluso en los peores inviernos —le dije, dándole un abrazo que contenía todos los años de exilio.
La felicidad en el salón era real, palpable.
El norte había vuelto a casa.
Sin embargo, antes de que comenzara el banquete, mis ojos se desviaron hacia el gran ventanal del ala oeste. Allí, en el jardín interior de la fortaleza, bajo la supervisión de dos guardias de la resistencia, se encontraban Kaelen y Elara.
Los hijos de Rhearis y la ex reina Zulema, jugaban en silencio con la nieve blanda, ajenos a las cadenas que ahora arrastraba su padre en las catacumbas.
Me alejé de Yuka y de Magna con paso lento, saliendo al balcón que daba al patio. Me apoyé en la barandilla de piedra y simplemente los miré.
Los niños detuvieron su juego al notar mi presencia. Alzarón sus ojos grises —esos mismos ojos calculadores de su estirpe— y me observaron fijamente desde abajo. No había odio en sus rostros aún, solo una inocencia frágil que el tiempo se encargaría de moldear.
Un viento frío me acarició el rostro, haciendo oscilar los reflejos de mi corona. Los contemplé en un silencio denso, mientras una pregunta inevitable se instalaba en lo más profundo de mi mente: ¿Podrán algún día estas pequeñas criaturas hacer algo en mi contra?
Solo el tiempo dictaría si había salvado a mis futuros aliados o si acababa de perdonar la vida a mis propios enemigos.
Pero hoy, el Imperio de Cristal es mío.