Imperio de cenizas

Prólogo

ALESSANDRO

​El olor a hierro y pólvora es algo que nunca se abandona. Se queda en los poros, se filtra en las sábanas y, veinte años después, sigue siendo mi único perfume.
​Tenía diez años cuando aprendí que el mundo no se divide en buenos y malos, sino en cazadores y presas. Mi padre, un hombre que creía en el honor, murió de rodillas en el salón de nuestra casa en Brooklyn. Mi madre... a ella ni siquiera le permitieron la dignidad de una ejecución rápida.
​—Mírame, chico —me dijo aquel hombre.
​No recuerdo su cara con claridad, solo sus ojos: gélidos, vacíos, los ojos de Vittorio Valenti. En su mano derecha sostenía un cuchillo de caza que brillaba bajo la luz de la lámpara.
​Me quedé inmóvil, oculto en el hueco del armario, viendo a través de la rendija cómo la sangre de mi familia manchaba la alfombra persa que mi madre tanto cuidaba. Cuando me encontró, no me mató. Decidió dejarme un recordatorio. Sentí el frío del acero hundiéndose en mi pecho, justo sobre el corazón, trazando una línea irregular y profunda que me hizo desear la muerte.
​—Vive con esto —me susurró al oído mientras yo me asfixiaba en mi propio dolor—. Vive para recordar que los Moretti han terminado.
​Él cometió un error. Me dejó vivo.
​Hoy, la cicatriz me arde bajo la camisa de seda italiana de mil dólares. Nueva York está a mis pies, y el imperio Valenti se desmorona como un castillo de naipes bajo mi presión financiera. He pasado cada día de mi vida construyendo una jaula de oro para la única cosa que Vittorio ama.
​Él me quitó a mi familia. Yo voy a quitarle a su hija. Pero no voy a matarla. Voy a convertirla en mi propiedad. Voy a hacer que cada vez que respire, recuerde que su vida me pertenece.

BIANCA

​Dicen que el dinero no tiene olor, pero mienten. En las oficinas de la planta 40 de la Torre Valenti, el dinero huele a cera cara, a café italiano y a la sutil fragancia del miedo que emana de los hombres que entran allí para pedir clemencia.
​Crecí entre balances de situación y susurros de pasillo sobre "negocios de familia" que nunca aparecían en los informes oficiales. Mientras otras niñas jugaban con muñecas, yo jugaba a descifrar los libros contables de mi padre. Aprendí pronto que, en nuestro mundo, la inteligencia es la única arma que no necesita licencia de uso, especialmente si eres una mujer en un nido de lobos.
​Mi padre, Vittorio, siempre me llamó su "joya más brillante". Pero las joyas no tienen voluntad. Se guardan en cajas fuertes, se lucen en galas para demostrar estatus y, cuando la situación lo requiere, se venden para saldar una deuda.
​Nunca me permitieron ver la sangre. Mi hermano Lorenzo se encargaba de la parte sucia, mientras yo me encargaba de que los números cuadraran, de que el rastro de nuestra fortuna fuera tan limpio como un quirófano. Me convencí a mí misma de que éramos diferentes, de que los Valenti éramos la aristocracia de este submundo.
​Qué estúpida fui.
​A veces, por la noche, miro por la ventana de mi apartamento en el Upper East Side y observo las luces de la ciudad. Siempre sentí que había una sombra cerniéndose sobre nosotros, una presencia que acechaba en los márgenes de nuestras cuentas bancarias, devorando nuestras empresas una a una. Un nombre que se repetía como una maldición en los labios de mi padre: Moretti.
​No conozco su rostro, pero conozco su rastro. Es un depredador financiero que no deja supervivientes.
​Mañana, esa sombra se hará carne. Mi padre me ha entregado como si fuera una partida de mercancía defectuosa para salvar su propio cuello. Lo que él no entiende, y lo que ese tal Alessandro Moretti está a punto de descubrir, es que las joyas pueden ser tan duras como el diamante.
​Si voy a entrar en el infierno, no lo haré de rodillas. Llevaré mis mejores tacones y mi mente más afilada. Él cree que me ha comprado para romperme, pero no sabe que soy la única que conoce los secretos que pueden hundir el imperio que tanto desea proteger.
​Que empiece el juego.




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