Imperio de cenizas

1 La novia del enemigo

BIANCA

​Nueva York está bajo una lluvia gris y persistente que parece querer lavar los pecados de la ciudad, aunque sé que haría falta algo más que una tormenta para limpiar lo que está a punto de suceder.
​Estoy frente al edificio de The Moretti Group. Es una estructura de acero negro y cristal que se alza en el cielo de Manhattan como una advertencia. El aire en el vestíbulo es frío, casi clínico. Aquí no hay retratos de antepasados ni terciopelo rojo como en la oficina de mi padre; aquí todo es eficiencia y poder moderno.
​—La señora Valenti para ver al señor Moretti —le digo a la recepcionista. Mi voz suena firme, aunque mis entrañas son un nudo de ansiedad.
​—Él la espera, señora. Última planta.
​El ascensor sube tan rápido que mis oídos crujen. Cuando las puertas se abren, no hay secretarias. Solo un pasillo largo que termina en una puerta de roble macizo. Antes de que pueda llamar, la puerta se abre de forma automática.
​El despacho es inmenso. Y allí está él.
​Alessandro Moretti no es lo que esperaba. No es un viejo decrépito ni un matón con traje barato. Es joven, quizás unos años mayor que yo, con una presencia que parece absorber el oxígeno de la habitación. Está sentado detrás de un escritorio de mármol negro, con la camisa blanca impecable y las mangas arremangadas, revelando unos antebrazos potentes.
​No se levanta para recibirme. Ni siquiera me mira. Está escribiendo algo en un papel.
​—Siéntate, Bianca —dice. Su voz es una vibración grave, un barítono que me recorre la columna vertebral.
​—Prefiero quedarme de pie —respondo, cruzando los brazos sobre mi pecho—. No estoy aquí para hacer vida social. Mi padre dice que tienes los pagarés de nuestra deuda.
​Él deja la pluma con una lentitud exasperante. Por fin levanta la vista. Sus ojos son de un marrón tan oscuro que parecen pozos de petróleo, y hay algo en ellos... una furia contenida que me hace querer dar un paso atrás. Pero no lo hago.
​—Tu padre dice muchas cosas —responde él, apoyando la espalda en su silla de cuero—. Pero lo único que importa es lo que yo digo. Y yo digo que tu familia me debe más de lo que todos sus órganos valdrían en el mercado negro.
​—He traído una propuesta de reestructuración —digo, dejando una carpeta sobre la mesa—. Si nos das dieciocho meses y reduces los intereses al cuatro por ciento, podemos...
​—No has escuchado —me interrumpe. Se pone de pie y, por primera vez, noto lo alto que es. Camina alrededor del escritorio con la elegancia de un animal de caza—. No quiero tu dinero, Bianca. El dinero va y viene. Yo busco algo más... permanente.
​Se detiene frente a mí, tan cerca que puedo oler su perfume: madera de sándalo y algo metálico, como la lluvia. Me obliga a mirarlo hacia arriba.
​—Eres hermosa. Tienes esa mirada de superioridad que solo tienen los que nunca han pasado hambre. Me pregunto cuánto tardaré en borrartela.
​—Eres un animal —susurro, apretando los dientes.
​Él sonríe, pero no hay alegría en su rostro. De repente, su mano se mueve tan rápido que no tengo tiempo de reaccionar. No me golpea. Simplemente me agarra por la barbilla, obligándome a mantener el contacto visual. Sus dedos son como tenazas de acero.
​—Soy el animal que acaba de comprar tu libertad, piccola. A partir de hoy, tu inteligencia, tu cuerpo y tu apellido me pertenecen. Mañana a las ocho, un coche te recogerá. Nos casaremos por lo civil. Sin fiestas, sin fotos. Solo un contrato que dice que eres mía.
​—Mi padre no permitirá que me trates así —digo, aunque sé que es mentira.
​Alessandro suelta una carcajada seca y se acerca a mi oído.
​—Tu padre me rogó que te aceptara a cambio de no ir a la cárcel. Me ofreció a su propia hija como si fueras un caballo de carreras.
​En ese momento, la puerta se abre de golpe. Un hombre joven, de aspecto pulcro y preocupado, entra en la oficina. Es Adriano.
​—¡Bianca! —exclama, dando un paso hacia nosotros. Ve la mano de Alessandro en mi cara y su rostro se tensa—. Moretti, suéltala. Solo hemos venido a hablar.
​Alessandro no me suelta. Al contrario, me pega más a su cuerpo, su otra mano bajando hasta mi cintura con una posesividad que me quema a través de la tela del vestido. Su mirada se clava en Adriano con un odio que no comprendo.
​—¿Y tú quién eres? —pregunta Alessandro con voz letal.
​—Es Adriano Valli, el director financiero de mi familia... y mi amigo —respondo, tratando de zafarme.
​Alessandro aprieta su agarre en mi cintura, marcando sus dedos en mi piel.
​—Un amigo —repite con desprecio—. Escúchame bien, Valli. No me gusta que nadie toque mi mercancía. Y Bianca es, desde este momento, la adquisición más cara de mi cartera. Si vuelves a entrar en mi oficina sin llamar, o si te acercas a ella a menos de un metro, te enviaré de vuelta a Vittorio en una caja de zapatos. ¿Ha quedado claro?
​Adriano palidece, pero asiente retrocediendo. Alessandro me suelta de golpe, como si ya se hubiera aburrido del juguete.
​—Vete, Bianca. Tienes mucho que empacar. Y dile a tu amigo que, si quiere conservar la vida, deje de mirarte como si fueras algo más que una propiedad privada.
​Salgo de la oficina con la cabeza dando vueltas. Adriano me sigue al ascensor, tratando de consolarme, pero no puedo escucharlo. Solo puedo pensar en el calor de la mano de Alessandro y en la oscuridad que vi en sus ojos.
​No me ha comprado por amor. Me ha comprado para destruirme.

ALESSANDRO

​La puerta se cierra con un golpe seco, pero el perfume de Bianca —una mezcla de gardenias y algo que huele a dinero antiguo— se queda suspendido en el aire de mi oficina, burlándose de mi autocontrol.
​Me acerco al ventanal y observo el tráfico de Manhattan. Veo a Bianca salir del edificio, escoltada por ese tal Adriano. Él le pone una mano en la espalda, un gesto protector que me hace apretar los puños hasta que los nudillos me duelen. Ese imbécil no tiene idea de lo cerca que ha estado de perder un dedo.
​Nadie toca lo que es mío. Y aunque ella no lo sepa, Bianca Valenti me pertenece desde el momento en que su padre apretó el gatillo hace veinticinco años.
​—Señor Moretti —la voz de mi segundo al mando, Marco, me saca de mis pensamientos desde la puerta.
​—Dime que tienes lo que te pedí —digo sin girarme.
​—El historial completo de Adriano Valli. Es el niño mimado de la familia Valli. Su padre y Vittorio Valenti han sido socios desde antes de que tú nacieras. Se crió con Bianca. Las malas lenguas dicen que Vittorio esperaba que se casaran para unir las dos firmas financieras.
​Siento una punzada de algo oscuro y amargo en el estómago. No son celos. No pueden serlo. Es solo el instinto del cazador que no quiere que nadie más toque a su presa.
​—Valli es débil —sentencio—. Pero es un problema. Bianca confía en él, y la confianza es una moneda que no puedo permitir que gaste con nadie que no sea yo. Vigílalo. Si intenta contactar con ella después de la boda, quiero saberlo.
​Vuelvo a mi escritorio y recojo la carpeta que Bianca dejó. La abro. Sus anotaciones al margen son precisas, elegantes. Ha intentado salvar el imperio de su padre con una brillantez que casi me hace sentir respeto por ella. Casi.
​Me paso la mano por el pecho, sintiendo el relieve de la cicatriz a través de la camisa de seda. El dolor fantasma siempre vuelve cuando pienso en los Valenti. He pasado años asfixiándolos financieramente, comprando sus deudas, sobornando a sus aliados, todo para llegar a este momento.
​Vittorio cree que ha salvado su pellejo entregándome a su hija. No sabe que Bianca es solo el principio. Ella es el caballo de Troya que voy a meter en su corazón para terminar de destruirlo.
​Pero hay un problema. Un problema que no previne.
​Cuando la tuve cerca, cuando mi mano rodeó su barbilla y la obligué a mirarme, no vi a una Valenti. Vi a una mujer con fuego en los ojos. Sus labios temblaban de rabia, no de miedo. Y por un segundo, un maldito segundo, el odio que ha alimentado mi vida durante décadas flaqueó ante la atracción más pura y violenta que he sentido jamás.
​"Es mercancía, Alessandro", me recuerdo a mí mismo, cerrando la carpeta con fuerza. "Es solo una transacción".
​Pero mientras me preparo para el día de mañana, sé que estoy mintiendo. El matrimonio civil será rápido, un trámite legal para asegurar mi propiedad. Pero lo que viene después... lo que haré para romper su orgullo y hacer que olvide el nombre de Adriano Valli, eso no será un trámite.
​Será mi obra maestra.
​Mañana, Bianca entrará en mi casa. Entrará en mi mundo. Y por el alma de mi madre juro que, para cuando termine con ella, no quedará nada del apellido Valenti en sus venas. Solo quedará Moretti.




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