Imperio de cenizas

2 El unbral de la fortaleza

BIANCA

​El vestido que he elegido no es blanco. Es de un color champán tan pálido que parece casi gris, como el cielo de Nueva York esta mañana. No hay flores, no hay damas de honor, y mi padre ha tenido la decencia de no aparecer, enviando a Lorenzo en su lugar para "entregarme".
​—Pareces un ángel yendo al matadero —susurra Lorenzo mientras el coche se detiene frente al ayuntamiento.
​—Cállate, Lorenzo —respondo sin mirarlo—. Tú eres el motivo por el que estoy en este coche. Si no hubieras apostado la mitad de nuestra liquidez en esos casinos de la costa, quizá habríamos tenido otra opción.
​—Moretti nos habría hundido de todas formas. Él nos quería a nosotros.
​—No —lo corrijo, bajando del coche y sintiendo el frío aire de la mañana—. Él me quería a mí.
​Entramos en la pequeña sala del registro. Alessandro ya está allí. No lleva un traje de novio; lleva el mismo traje oscuro y austero que usaría para una reunión de negocios. Se ve imponente, letal. A su lado, Marco observa la habitación con ojos de halcón.
​Alessandro me mira de arriba abajo. Su mirada es una caricia pesada que me hace querer cubrirme. No hay ni rastro de amabilidad en su rostro.
​—Llegas dos minutos tarde —es lo primero que dice.
​—Estaba despidiéndome de mi dignidad —respondo con amargura.
​Él suelta un soplido que podría ser una risa. Se acerca a mí y, sin previo aviso, toma mi mano derecha. Sus dedos son cálidos y callosos. Siento una descarga eléctrica que me recorre el brazo, pero me obligo a no apartarla.
​—Tu dignidad ahora me pertenece, Bianca. Aprende a vivir sin ella.
​El juez entra en la sala. El proceso dura apenas diez minutos. Palabras vacías sobre respeto y unión que suenan a blasfemia en este lugar. Cuando llega el momento de firmar, mi mano no tiembla. Firmo con mi apellido de soltera por última vez, viendo cómo la tinta sella mi destino.
​—Felicidades, señora Moretti —dice el juez con una sonrisa ensayada.
​Alessandro no me besa. Se limita a apretar mi mano con fuerza antes de soltarla.
​—Marco te llevará a casa para que instales tus cosas —me dice, dándose la vuelta para hablar con un abogado que acaba de entrar—. Yo tengo reuniones. No me esperes para cenar.
​Se marcha sin una mirada atrás, dejándome allí con mi hermano y un anillo de diamantes que pesa más que el plomo.
​—¿Eso es todo? —pregunta Lorenzo, atónito.
​—Eso es todo —respondo, mirando la puerta por la que Alessandro se ha ido—. Acaba de comprar la mercancía. Ahora solo falta que decida qué hacer con ella.

ALESSANDRO

​La tinta en el certificado de matrimonio apenas está seca, pero ya siento el peso de una nueva posesión. Bianca Valenti. Ahora Bianca Moretti. Una ironía amarga. Se supone que debería sentir el éxtasis de la venganza, pero en cambio, hay una punzada extraña en mi estómago. No es culpa. No puede ser.
​Desde la sala del registro, Marco me lleva directamente a mi oficina. Necesito concentrarme en los números, en las estrategias, no en los ojos furiosos de mi nueva esposa. Isabella me espera, sentada en la silla de cuero frente a mi escritorio. Lleva un traje sastre impecable de color oscuro, como siempre, y sus cabellos negros están recogidos en una coleta tirante.
​Isabella Rossi ha sido mi mano derecha desde que construí este imperio desde cero. Es brillante, letal con los números y completamente leal. Ciega, si acaso, a mis demonios más oscuros.
​—Felicidades, Alessandro —dice con una sonrisa que no llega a sus ojos. Hay un matiz en su voz que no consigo descifrar. ¿Preocupación? ¿Decepción? No, debe ser el cansancio.
​—No hay nada que felicitar, Isabella —respondo, desabrochándome la corbata y arrojándola sobre la mesa—. Es un negocio. Una adquisición necesaria.
​—Comprendo —ella se levanta y se acerca al ventanal, observando el mismo Manhattan que yo había mirado antes—. Solo... me preocupa la repercusión. Una Valenti en tu casa, Alessandro. La gente hablará.
​—Que hablen. Sus palabras son plumas contra mi acero —digo, abriendo mi camisa. La cicatriz en mi pecho parece arder hoy más que nunca, como si el alma de mi madre se quejara de la herejía de traer a una Valenti a mi lecho.
​Isabella se acerca a mí con una pequeña caja.
​—Te he traído esto. Un café cargado y unas pastas italianas de la panadería de la esquina. Sé que no has desayunado.
​Tomo el café. Su preocupación es constante. Es la única persona que ha visto el dolor que me consume, la única que sabe la verdad sobre mi pasado. Por eso, confío en ella ciegamente. Es mi roca, mi confidente.
​—Gracias, Isabella. Siempre sabes lo que necesito.
​Ella asiente, sin mirarme a los ojos, y vuelve a su asiento. Hay un silencio incómodo.
​—¿Alguna novedad sobre los movimientos de Adriano Valli? —pregunto, cambiando el tema.
​—Ninguna significativa. Intentó contactar a Bianca después de la boda, pero su celular está apagado. Supongo que estará instalándose en el penthouse.
​—Perfecto. Quiero un informe detallado de cada movimiento de Valli. Cada llamada, cada reunión. No lo quiero cerca de Bianca. Es una sanguijuela, y mi mercancía está fuera de su alcance.
​—¿Y ella? —pregunta Isabella con suavidad—. ¿Vas a permitirle que siga con los asuntos financieros de los Valenti?
​—A su tiempo. Primero, debe entender quién manda. Y luego, quiero que limpie sus propios números. Necesito que se ensucie las manos con la mierda de su padre y su hermano. Quiero que vea la podredumbre de su propia familia desde dentro.
​Isabella asiente, pero su mirada se dirige a mi pecho, a la cicatriz. Sé que ella entiende. Sabe que esta boda no es más que otra fase de mi plan, un paso inevitable en mi camino de venganza.
​—Necesitaré acceso a todos los archivos. Y el despacho de su padre... quiero que lo registren. Cada cajón, cada doble fondo. Cada rastro de los crímenes de Vittorio Valenti.
​—Enseguida, Alessandro —dice Isabella, volviendo a su profesionalidad—. ¿Algo más?
​—No. Ahora ve y consigue un poco de información sobre los viejos aliados de Valenti. Necesito saber quién sigue de su lado.
​Ella se levanta y se dirige a la puerta. Al llegar al umbral, se detiene y se gira.
​—Alessandro —su voz es casi un susurro—. Recuerda por qué haces esto. No dejes que la rabia te ciegue... o que nada te desvíe de tu objetivo.
​La miro, y por un momento, veo una preocupación genuina en sus ojos. Una advertencia. Isabella siempre ha sido mi ancla, la voz de la razón en mis momentos de mayor furia.
​—No lo haré, Isabella. Estoy más centrado que nunca.
​Ella asiente y sale, dejándome solo con el silencio y el eco de sus palabras. "No dejes que la rabia te ciegue". No es rabia lo que sentí cuando la tuve entre mis manos. No es rabia lo que me hace querer quemar el mundo si ese tal Adriano Valli vuelve a tocarla.
​Es una posesión. Es control. Y Bianca Moretti es ahora mi posesión más valiosa.




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