Imperio de cenizas

3 Votos de hielo


BIANCA

​El penthouse de Alessandro Moretti no es un hogar; es un mausoleo de lujo y poder. Está situado en lo alto de una torre de cristal en Hudson Yards, con techos de seis metros y paredes de mármol negro que devoran la luz del sol.
​Marco, la mano derecha de Alessandro, me guía en silencio. Es un hombre robusto, con ojos que parecen estar constantemente escaneando la habitación en busca de amenazas. A diferencia de Alessandro, que es pura tensión contenida, Marco exhala una calma peligrosa.
​—Estas son tus estancias —dice, abriendo una puerta doble que da a una suite que es más grande que mi antiguo apartamento entero—. El señor Moretti tiene su habitación en el ala este. No le gusta que lo molesten cuando trabaja.
​—¿Y cuándo no trabaja? —pregunto con sarcasmo, dejando mi bolso sobre una cama de seda.
​Marco me mira con una expresión indescifrable.
—Alessandro siempre está trabajando, señora.
​En ese momento, una mujer entra en la suite. Es la misma que vi en las oficinas: Isabella. Se mueve con una confianza que me dice que este lugar le pertenece tanto como a él.
​—Marco, Alessandro nos espera en el despacho —dice ella. Su voz es fría, pero cuando mira a Marco, hay una suavidad que desaparece en cuanto sus ojos se clavan en mí—. Bienvenida, Bianca. Espero que la habitación sea de tu agrado. La elegí personalmente, pensando en que pasarías mucho tiempo aquí... sola.
​—Gracias, Isabella. Es preciosa, aunque un poco oscura para mi gusto —respondo, sosteniéndole la mirada. Noto una vibración extraña entre ellos tres. No son solo empleados. Hay una camaradería, una historia compartida que me hace sentir como una intrusa en mi propio matrimonio.
​—Nosotros nos retiramos —interviene Marco, poniendo una mano en el hombro de Isabella—. Tenemos asuntos que atender. Si necesitas algo, usa el intercomunicador. El servicio te traerá la cena.
​Se van juntos, y por un momento los veo hablar en voz baja en el pasillo antes de que la puerta se cierre. Parecen un frente unido. Una familia. Y yo soy la moneda de cambio que acaba de entrar en su santuario.

ALESSANDRO

​Estoy sentado en mi despacho, con una botella de whisky abierta y los informes de Arslan Finans frente a mí. La puerta se abre y Marco e Isabella entran sin llamar. Solo ellos tienen ese privilegio. Somos los tres contra el mundo, como lo hemos sido desde que éramos adolescentes intentando no morir en los muelles.
​—¿Cómo está ella? —pregunto, sin levantar la vista del papel.
​—Furiosa. Pero contenida —responde Marco, sirviéndose un trago—. Tiene agallas, Alessandro. No ha soltado una sola lágrima desde que salió del registro.
​—Es una Valenti —escupe Isabella, sentándose con elegancia en el brazo del sofá—. Las lágrimas las reservan para cuando quieren manipular a alguien. No te dejes engañar por su cara de ángel, Ale. Su padre es una serpiente, y ella ha sido su mano derecha en las finanzas durante años. Sabe dónde están enterrados los cadáveres.
​—Por eso es útil —digo, cerrando la carpeta—. Mañana empezará a trabajar conmigo. Quiero que audite las cuentas de las empresas que le quitamos a su padre. Si hay dinero escondido, ella lo encontrará.
​—¿Confías en ella para eso? —Isabella se inclina hacia adelante, su tono cargado de una urgencia que me sorprende—. Podría estar borrando huellas en lugar de buscarlas. Déjame hacerlo a mí. Yo conozco tus sistemas mejor que nadie.
​—No —respondo con firmeza—. Quiero que sea ella. Quiero ver su reacción cuando descubra lo que su padre le ocultaba. Quiero que la verdad la rompa.
​Marco suelta una risa corta.
—Ten cuidado, hermano. A veces, cuando intentas romper algo, acabas cortándote tú mismo con los cristales. Esa mujer no es una mercancía común. Tiene fuego.
​—El fuego se apaga con el frío —sentencio, poniéndome en pie—. Y yo soy el hombre más frío que va a conocer en su vida.
​Isabella guarda silencio, pero su mirada se clava en la cicatriz que se adivina bajo mi camisa. Se levanta y me pone una mano en el brazo, un gesto que en ella es puramente fraternal, pero que esta noche me resulta asfixiante.
​—Estamos contigo, Alessandro. Siempre. No dejes que esa mujer se convierta en una distracción. Tenemos un objetivo, y estamos a punto de lograrlo.
​Asiento, pero mi mente ya se ha escapado del despacho. Está al final del pasillo, en la suite donde Bianca Moretti está ahora mismo, probablemente planeando cómo destruirme. Lo que ella no sabe es que yo ya estoy destruido. Solo queda el hierro.
​—Id a descansar —les digo—. Mañana empieza el verdadero trabajo.
​Cuando se van, me quedo solo con el silencio del penthouse. Camino por el pasillo, mis pasos silenciados por la alfombra de lana virgen. Me detengo frente a su puerta. No entro. Solo escucho.
​Escucho el sonido de unos papeles revolviéndose. Está trabajando. Incluso ahora, encerrada en una jaula de oro, busca una salida a través de los números.
​Una extraña admiración me recorre. Pero la aplasto. No he pagado millones por una socia. He pagado por una venganza. Y mañana, Bianca sabrá exactamente qué precio tiene el apellido que ahora lleva.




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