Imperio de cenizas

4 La primera noche

BIANCA

​La primera noche en el penthouse de Alessandro fue una tortura de silencio. He pasado la mañana revisando los archivos digitales que Marco me entregó por orden de su jefe. Mis ojos arden. Los números de mi padre no solo eran deficientes; eran ficticios. Lorenzo y él estaban cavando una fosa común financiera y yo solo estaba poniendo flores encima.
​Mi teléfono personal, el que Alessandro no me confiscó, vibra sobre la mesa de mármol. Mi corazón da un vuelco al ver el nombre en la pantalla: Adriano.
​Dudo. Sé que Alessandro probablemente vigila mis comunicaciones, pero la necesidad de escuchar una voz amiga, alguien que no me mire como si fuera un activo en una hoja de cálculo, es más fuerte que mi prudencia.
​—¿Adriano? —susurro, alejándome de la puerta de mi suite.
​—¡Bianca! Gracias a Dios que respondes —su voz suena agitada, con un trasfondo de ruido de tráfico—. He estado dando vueltas cerca del edificio. Ese animal no me deja pasar de la recepción. ¿Estás bien? ¿Te ha hecho algo?
​—Estoy bien, Adriano. Estoy... en una jaula muy cara —respondo, tratando de sonar fuerte—. Alessandro es... difícil. Pero no me ha puesto una mano encima.
​—Escúchame, Bianca. No voy a dejar que te pudras ahí. He estado hablando con tu padre. Estamos moviendo algunos hilos. Hay una forma de anular ese contrato matrimonial si demostramos coacción. Solo necesito que me envíes cualquier prueba de sus negocios ilegales. Tiene que tener algo en ese penthouse.
​—Adriano, es peligroso. Moretti no es como los hombres con los que solemos tratar. Él... él lo ve todo.
​—Confía en mí, Bianca. Te quiero. No voy a permitir que ese carnicero te trate como a su mercancía. Mañana intentaré entrar con la excusa de unos papeles de la empresa. Estate atenta.
​Cuelgo rápido, con las manos sudorosas. "Te quiero". Adriano siempre lo ha insinuado, pero escucharlo ahora, en medio de este caos, me produce una mezcla de alivio y miedo.

ALESSANDRO

​Estoy apoyado contra el marco de la puerta, que he dejado entreabierta apenas unos milímetros. El sistema de audio de la casa es excelente, pero prefiero escuchar su voz real, no la versión digitalizada que llega a mi centro de mando.
​Cada palabra de Valli es un clavo ardiendo en mi paciencia. "Te quiero". "Ese carnicero".
​Siento una presión violenta en el pecho, justo donde la cicatriz marca mi piel. La rabia es tan pura que el vaso de cristal en mi mano izquierda vibra. Entro en la habitación sin llamar. El aire parece desplazarse ante mi presencia.
​Bianca da un salto, escondiendo el teléfono tras su espalda como una niña pequeña pillada en una travesura. Sus ojos están muy abiertos, las pupilas dilatadas por el pánico.
​—Dámelo —digo. Mi voz es un susurro letal, más peligroso que un grito.
​—¿De qué hablas? Estaba revisando los archivos que me diste...
​—No me mientas, Bianca. Odio que me mientan —camino hacia ella, obligándola a retroceder hasta que sus corvas chocan con el borde del escritorio—. ¿Adriano Valli te quiere? ¿Eso es lo que dice mientras intenta que robes mi información?
​Ella palidece. Sabe que lo he oído todo.
​—Él solo está preocupado por mí. Es mi amigo, Alessandro. No todos en este mundo son monstruos que compran personas.
​Le arrebato el teléfono de un tirón. Ella intenta recuperarlo, pero la detengo agarrándola por la cintura y pegándola a mí. Es un choque de calor y resistencia. Huele a miedo y a esa maldita gardenia que empieza a obsesionarme.
​—Tu "amigo" es un cadáver andante si vuelve a poner un pie en mi propiedad —le siseo al oído, sintiendo cómo su respiración se entrecorta contra mi cuello—. Y tú... tú eres muy ingenua si crees que él quiere salvarte. Él quiere lo que yo tengo. Quiere el poder, quiere el dinero y, sobre todo, quiere tocar lo que me pertenece.
​—¡No soy tuya! —grita ella, golpeando mi pecho con los puños—. ¡Soy una persona, no una de tus malditas empresas!
​La sujeto con más fuerza, mis dedos hundiéndose en su cintura. Por un segundo, la furia se transforma en algo más oscuro, una tensión sexual que me quema la sangre.
​—Firmaste el contrato, Bianca. Cada centímetro de esta piel es mío —mi mirada baja a sus labios, y por un instante, el mundo exterior desaparece—. Si Valli intenta "rescatarte", se encontrará con una guerra que no puede ganar. Dile que se aleje. O la próxima vez que escuches su voz, será para identificar su cuerpo en la morgue.
​La suelto bruscamente. Ella cae sentada en la silla, temblando. Tiro su teléfono al suelo y lo aplasto con el tacón de mi zapato de cuero hasta que la pantalla estalla en mil pedazos de cristal.
​—Mañana a primera hora, Isabella vendrá a buscarte. Vas a empezar a trabajar en la auditoría de los muelles. Y si descubro que has filtrado un solo número a Adriano o a tu padre...
​No termino la frase. No hace falta. Me doy la vuelta y salgo de la habitación, pero antes de cerrar, la veo por el espejo. No está llorando. Está mirándome con un odio tan puro que me hace sonreír.
​Ese odio es lo único que nos mantiene a salvo. Porque si ese odio se convierte en otra cosa, ambos estamos condenados.
​Bajo al despacho principal. Marco e Isabella están allí, esperándome. Isabella tiene una expresión de triunfo mal disimulada al ver mi rostro desencajado.
​—¿Ha habido problemas con la "mercancía"? —pregunta ella, sirviéndome un whisky.
​—Valli ha llamado —digo, aceptando el trago—. Quiere jugar a ser el héroe. Marco, refuerza la seguridad en el perímetro. Si Adriano Valli se acerca a menos de cien metros de este edificio, no quiero que lo detengas. Quiero que lo rompas.
​Isabella sonríe y me pone una mano en el hombro.
—Es lo mejor, Alessandro. Esa mujer solo traerá problemas. Debes mantener la distancia.
​Asiento, pero mi mano sube instintivamente a mi pecho. La cicatriz me quema. Y por primera vez en mi vida, no es por el recuerdo de mi padre. Es por el recuerdo del cuerpo de Bianca contra el mío.




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