Imperio de cenizas

5 El precio de un apellido

BIANCA

​El aire dentro del contenedor metálico que servía de oficina se volvió rancio rápidamente. El calor del mediodía golpeaba el techo de chapa, creando un zumbido constante que se mezclaba con el crujir de los papeles viejos. Isabella estaba de pie junto a la ventana, observando el puerto con una rigidez que me ponía los pelos de punta.
​—¿Disfrutando de las vistas, Bianca? —preguntó ella sin girarse. Su voz era como seda sobre cristales rotos.
​—No hay mucho que disfrutar aquí, Isabella. Solo archivos que huelen a muerte y negligencia —respondí, dejando caer una pesada carpeta sobre la mesa—. ¿Por qué me odias tanto? Ni siquiera me conoces. Solo soy una transacción para Alessandro.
​Isabella se giró lentamente, apoyando su peso sobre una pierna con una elegancia letal.
​—Te odio porque eres una distracción. Alessandro era un arma perfecta hasta que te compró. Ahora, en lugar de terminar con los Valenti, se dedica a vigilar cómo respiras. No eres una transacción, eres un virus.
​Me quedé helada al ver las fotos que me lanzó. Eran registros de mi vida privada que yo creía sagrados.
​—Me ha estado siguiendo... —susurré, viendo una foto mía riendo con mi madre meses antes de su muerte—. Esto no es justicia, es una obsesión enfermiza.
​—Es control —me corrigió ella, acercándose hasta que su rostro estuvo a centímetros del mío—. Alessandro no ama; él posee. Y ahora mismo, posee cada uno de tus recuerdos. Mira esa firma en la página 42, "princesa". Mira quién autorizó el envío de los rifles que mataron a un policía el año pasado en el Bronx.
​Mis ojos bajaron al papel. El trazo era inconfundible. La "V" elegante de Vittorio Valenti.
​—No... mi padre no haría esto —mi voz flaqueó por primera vez.
​—Tu padre es un carnicero con gemelos de oro —escupió Isabella—. Y tú eres su mayor cómplice, porque aunque no apretaras el gatillo, limpiaste la sangre de sus cuentas bancarias.
​En ese momento, la radio de su hombro estalló: "¡Impacto en la zona sur! ¡Es Valli! ¡Está armado!". Isabella sonrió, y fue la expresión más aterradora que he visto en mi vida.
​—Parece que tu caballero andante ha venido a morir por una causa perdida. ¿Quieres salir a ver cómo Alessandro lo convierte en abono para estos muelles?

ALESSANDRO

​El ruido de las aspas del helicóptero amortiguaba el caos de mis propios pensamientos, pero no la rabia. La radio seguía transmitiendo la voz de Marco, agitada por la adrenalina.
​—¿Situación, Marco? —pregunté, ajustando mi funda de hombro mientras el helicóptero comenzaba el descenso sobre la Terminal 7.
​—Valli está fuera de sí, Ale. Ha disparado contra los guardias de la puerta, pero no le ha dado a nadie. Está gritando que quiere ver a Bianca. Lo tengo en la mira, pero esperaré tus órdenes.
​—No dispares a matar. No todavía. Quiero que me escuche.
​Bajé del helicóptero antes de que terminara de aterrizar, corriendo bajo el viento huracanado de las aspas. Marco tenía a Adriano rodeado por tres hombres detrás de unos contenedores de carga. Valli estaba apoyado en su Jaguar destrozado, sangrando por la frente, con una pistola que le temblaba en la mano como si pesara cien kilos.
​—¡Moretti! —gritó Adriano al verme. Sus ojos estaban desorbitados—. ¡Sácala de aquí! ¡Sé lo que le estás haciendo! ¡Es una mujer, no un maldito fetiche de tu venganza!
​Me detuve a diez metros de él, con las manos abiertas a los lados, mostrando que no tenía mi arma desenfundada. La superioridad no se demuestra disparando, sino mostrando que no necesitas hacerlo.
​—Adriano, siempre fuiste un idiota, pero esto es nuevo —dije, mi voz proyectándose sobre el viento—. Has entrado en mi propiedad con un arma. Eso te convierte en un intruso legal. Puedo matarte aquí mismo y la policía me daría las gracias por limpiar las calles de basura.
​—¡Ella no te pertenece! —chilló él, intentando apuntarme, pero su mano no dejaba de oscilar.
​—Ahí es donde te equivocas —le respondí, dando un paso adelante, sintiendo cómo el calor de la cicatriz en mi pecho se convertía en un motor de odio puro—. Ella firmó. Su padre cobró. En este mundo, Adriano, lo que se paga, se posee. Y tú no tienes ni el dinero ni las pelotas para recomprarla.
​Miré hacia la oficina prefabricada. Isabella salía con Bianca. Vi la cara de Bianca palidecer al ver a Adriano en ese estado. Quise que viera su debilidad. Quise que viera que el hombre que "la amaba" era incapaz de protegerse a sí mismo, mucho menos a ella.
​—¡Bianca, ven conmigo! —gritó Adriano, dándose cuenta de su presencia.
​—¡Adriano, tira el arma! —gritó ella, intentando correr, pero Marco la sujetó por el brazo.
​Me giré hacia ella, ignorando el arma de Valli que me apuntaba a la espalda.
​—Míralo, Bianca —le dije con una calma letal—. Este es el hombre que querías que te salvara. Un niño con un juguete que no sabe usar. Si quieres que viva, vas a tener que pedírmelo de rodillas.




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