BIANCA
La presión de los dedos de Marco sobre mi brazo era como una mordaza física, pero lo que realmente me impedía respirar era la escena ante mis ojos. El muelle, que hace unas horas era solo un lugar de trabajo sombrío, se había convertido en un coliseo de asfalto y sangre. Adriano, el hombre que me había enviado flores cada cumpleaños y que representaba la única normalidad en mi vida, parecía un animal herido bajo el resplandor metálico de las grúas.
—¡Suéltala, Moretti! —la voz de Adriano se quebró, un sonido agudo que rebotó contra los contenedores de acero.
—No puede soltar lo que es suyo, Adriano —intervino Isabella desde mi espalda. Su voz destilaba una satisfacción casi erótica—. Mira a tu alrededor. Estás solo.
Miré a Alessandro. Estaba de espaldas a Adriano, dándome la cara a mí con una arrogancia que desafiaba a la muerte. No parecía importarle que un hombre armado estuviera detrás de él; su única prioridad era devorarme con la mirada, buscando cualquier grieta en mi voluntad.
—Alessandro, por favor —supliqué, y mi propia voz me resultó ajena, cargada de una desesperación que odiaba—. Él no sabe lo que hace. Está fuera de sí. Deja que se vaya y haré lo que quieras.
Alessandro dio un paso hacia mí, ignorando el grito de advertencia de Adriano.
—¿Lo que yo quiera? —susurró, y su voz era el único sonido que mi cerebro registraba—. Esa es una promesa muy peligrosa para una mujer con tantos secretos. ¿Estás dispuesta a pagar su vida con tu obediencia absoluta? No más llamadas, no más mentiras sobre las cuentas de tu padre, no más resistencia cuando te reclame.
—¡No le pidas nada, Bianca! —gritó Adriano, intentando avanzar, pero un disparo de advertencia de uno de los hombres de Alessandro a sus pies lo hizo retroceder—. ¡Moretti, mírame a mí, cobarde!
Alessandro no se inmutó. Sus ojos oscuros estaban fijos en los míos, pesados, exigentes.
—Dilo, Bianca. Di que me perteneces delante de él —ordenó.
El silencio que siguió fue denso como el plomo. Sentí la mirada de Isabella quemándome la nuca, esperando mi caída. Miré a Adriano —sangriento, patético y desesperado— y luego a Alessandro —poderoso, cruel y extrañamente magnético—. Sabía que si no cedía, Alessandro daría la orden y Adriano moriría en ese suelo sucio.
—Te pertenezco. —repetí, mis labios apenas moviéndose—. Soy tuya, Alessandro. Solo... déjalo vivir.
ALESSANDRO
Escuchar esas palabras salir de su boca fue más embriagador que cualquier victoria financiera. "Soy tuya". No importaba que fuera una mentira dictada por el miedo; el sonido de su rendición frente al hombre que pretendía robármela fue el clímax de una guerra que ella ni siquiera sabía que estábamos librando.
Me giré lentamente hacia Valli. Su rostro era una máscara de horror y derrota.
—Ya la has oído, Adriano —dije, disfrutando de cada sílaba—. Ella ha elegido. Ha elegido al monstruo para salvar al niño. Vete de mis muelles antes de que cambie de opinión y decida que tu cadáver es un mejor mensaje para Vittorio que tu humillación.
—Te mataré... —sollozó Adriano, dejando caer el arma al suelo. El metal golpeó el asfalto con un sonido hueco, marcando el final de su valentía.
—Muchos lo han intentado. Todos están bajo tierra —le respondí con desprecio. Miré a Marco—. Sácalo de aquí. Tíralo en la puerta de la Torre Valenti como el paquete devuelto que es.
Marco se llevó a Adriano a rastras, mientras Isabella se quedaba quieta, con la mandíbula tensa. Sabía que ella no estaba contenta con mi clemencia. Ella quería sangre; yo quería algo mucho más íntimo: quería el alma de Bianca.
Caminé hacia Bianca. Estaba temblando, con la mirada fija en el lugar donde Adriano había desaparecido. La tomé por la barbilla, obligándola a mirarme. Sus ojos estaban llenos de lágrimas contenidas y un odio que podría haber quemado la ciudad entera.
—Has tomado la decisión correcta, piccola —le dije, pasando el pulgar por su labio inferior—. Pero las deudas de honor no se pagan con palabras. Me has prometido obediencia. Y esta noche, en el penthouse, voy a empezar a cobrarme los intereses.
La acerqué a mi cuerpo, sintiendo cómo se ponía rígida, pero no se apartó. No podía. El trato estaba sellado con la vida de su amigo.
—Isabella, llévate los archivos a la oficina central —ordené sin apartar la vista de Bianca—. Mi esposa y yo nos vamos a casa. Tenemos mucho que celebrar.
Subimos al helicóptero bajo la mirada cargada de Isabella. Mientras nos elevábamos sobre los muelles, observé a Bianca por el rabillo del ojo. Estaba rota, sí, pero en su destrucción había una belleza trágica que me hacía querer reconstruirla a mi imagen y semejanza. Ella creía que esto era el final, pero mientras sentía el latido furioso de la cicatriz en mi pecho, yo sabía que este era solo el prólogo de su verdadera cautividad. Esta noche, Bianca Valenti dejaría de existir para siempre. Solo quedaría Bianca Moretti, la joya que mi venganza había estado esperando durante muchos años.
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Editado: 07.01.2026