Imperio de cenizas

7 La marca de Alessandro


BIANCA

​El penthouse se sentía como un desierto de cristal y mármol tras la tormenta de los muelles. El silencio era tan denso que podía oír el roce de mi propia ropa contra mi piel mientras caminaba hacia el salón principal. Alessandro se había despojado de su chaqueta en el pasillo, arrojándola con una violencia contenida que delataba que su victoria no le había traído la paz.
​Me detuve frente al gran ventanal que dominaba el skyline de Manhattan. Las luces de la ciudad, que antes me parecían una promesa de libertad, ahora se veían como los puntos de luz de una red en la que estaba atrapada.
​—¿Vas a quedarte ahí parada toda la noche o vas a cumplir con tu parte del trato? —la voz de Alessandro llegó desde el bar. El tintineo del hielo contra el cristal sonó como una advertencia.
​Me giré lentamente. Él estaba allí, con la camisa blanca desabrochada en el cuello y las mangas arremangadas, revelando unos antebrazos tensos. Me acerqué, manteniendo una distancia de seguridad que me parecía insuficiente.
​—He salvado a Adriano. He cumplido —dije, tratando de que mi voz no temblara—. Ahora dime la verdad, Alessandro. ¿Por qué esas fotos? ¿Por qué seguirme durante años? Si solo querías el dinero de mi padre, podrías haberlo hundido sin necesidad de este... este teatro matrimonial.
​Alessandro dejó el vaso sobre la barra y se acercó a mí con pasos de depredador. Cada centímetro que acortaba hacía que el aire en mis pulmones se volviera más pesado.
​—El dinero es papel, Bianca. El papel arde —dijo, deteniéndose justo frente a mí—. Lo que yo quería era ver cómo se desmoronaba el pedestal sobre el que Vittorio te puso. Quería que la joya de los Valenti se diera cuenta de que su brillo proviene de la sangre de otros.
​En un gesto brusco, él se llevó la mano al pecho, agarrando la tela de su camisa como si algo debajo le quemara. Por un segundo, vi un destello de dolor genuino en sus ojos, una vulnerabilidad que no cuadraba con el monstruo que había visto en los muelles. Su mano tiró de la tela y vislumbré el inicio de algo... una marca rugosa, una sombra de tejido que no debería estar allí.
​—¿Qué es eso? —pregunté, dando un paso adelante, movida por una curiosidad que mi instinto de supervivencia me gritaba que reprimiera.
​Extendí la mano hacia su pecho, pero antes de que mis dedos pudieran rozar la tela, él me agarró la muñeca con una fuerza que me hizo soltar un gemido. Sus ojos se volvieron negros, vacíos de cualquier humanidad.
​—No toques lo que no entiendes, Bianca —siseó, su voz vibrando con una amenaza que me heló la sangre—. Has prometido obediencia. No has ganado el derecho a hacerme preguntas.

ALESSANDRO

​El contacto de su mirada en la zona de mi cicatriz fue como si el cuchillo de Vittorio estuviera cortándome de nuevo. Sentí una oleada de náuseas y furia revolviéndose en mi estómago. No podía permitir que ella viera el mapa de mi dolor. No podía permitir que una Valenti tuviera acceso a la única parte de mí que todavía era humana.
​La sujeté por la muñeca con más fuerza de la necesaria, sintiendo su pulso acelerado bajo mi pulgar. Estaba asustada, y esa era la única forma en que las cosas debían ser.
​—¿Te duele? —preguntó ella, y por un momento, creí detectar un rastro de empatía en su voz. Eso fue lo que me terminó de romper.
​—Lo que me duele es tu apellido —respondí, soltándola bruscamente—. Lo que me duele es cada segundo que paso recordando quién fue tu padre mientras te miro a la cara.
​Caminé hacia el ventanal, dándole la espalda para que no viera cómo me temblaba la mano. La cicatriz me quemaba bajo la camisa, un fuego que ninguna cantidad de whisky podía apagar. Escuché sus pasos acercándose por la alfombra, cautelosos, como si estuviera caminando sobre hielo fino.
​—Si tanto me odias por ser una Valenti, ¿por qué me obligaste a decir que soy tuya delante de Adriano? —su voz era más fuerte ahora, desafiante—. ¿Es por venganza o es porque necesitas que alguien sea tan infeliz como tú en este palacio de cristal?
​Me giré, y la distancia entre nosotros desapareció en un parpadeo. La acorralé contra la barra del bar, mis manos a ambos lados de su cuerpo, atrapándola en el espacio de mi propia furia.
​—Te obligué a decirlo porque quería ver cómo se le rompía el corazón al único hombre que creía que podías ser salvada —susurré, inclinándome hasta que mis labios rozaron su oído—. Y porque quiero que cada vez que cierres los ojos, mi nombre sea el único que escuches. No hay salvación para ti, Bianca. Solo hay este contrato y este techo.
​La tomé por la nuca, obligándola a mirarme. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no se apartó. Había una electricidad estática entre nosotros, una tensión que se alimentaba del odio y de algo mucho más primitivo que ninguno de los dos quería nombrar.
​—Esta noche —continué, mi voz bajando a un tono letalmente bajo—, vas a demostrarme esa obediencia. Vas a trabajar en los archivos de la Terminal 7 hasta que tus ojos ardan, y luego vas a dormir en la habitación de al lado de la mía, sabiendo que en cualquier momento puedo entrar y reclamar lo que legalmente me pertenece.
​La solté y caminé hacia mi despacho. Antes de cerrar la puerta, la miré una última vez. Estaba allí, pequeña pero entera, en medio de mi salón.
​—Isabella te enviará los informes adicionales en diez minutos —dije antes de cerrar—. No me decepciones, Bianca. Ya has visto lo que le pasa a la gente que me decepciona.
​Me encerré en el despacho y me quité la camisa, dejándola caer al suelo. Me miré en el espejo de cuerpo entero, observando la cicatriz que cruzaba mi pecho. Me recordaba quién era y por qué no podía permitirme sentir nada por la mujer que estaba al otro lado de la puerta. Ella era el enemigo. Ella era la hija del hombre que me mató por dentro. Y mientras el teléfono de mi línea privada empezaba a sonar, supe que la guerra apenas estaba empezando.




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