Imperio de cenizas

8 Entre el odio y el deseo

BIANCA

​El silencio del penthouse solo se veía interrumpido por el rítmico pasar de las hojas y el siseo del aire acondicionado. Alessandro me había confinado a su despacho privado para terminar la auditoría de la Terminal 7. Mis ojos me escocían tras horas de enfrentarme a columnas de números y facturas de embarque. En una de las carpetas más antiguas, oculto tras un doble fondo de cartulina, encontré lo que Alessandro tanto quería que viera: un registro de pagos manuales que no figuraban en el sistema digital.
​Mis dedos se detuvieron sobre una entrada específica de hace años. La caligrafía era inconfundible; la elegancia de los trazos de mi padre, Vittorio. Allí, junto a una suma exorbitante de dinero, aparecía el concepto: "Limpieza de escombros y eliminación de testigos - Muelle 4". Un escalofrío me recorrió la columna. El Muelle 4 era donde, según los rumores de la época, había ocurrido el incendio que acabó con el antiguo sindicato de los Moretti.
​Cerré el libro de golpe, sintiendo que el corazón me martilleaba en la garganta. No podía ser. Mi padre, el hombre que me leía cuentos y me enseñaba a montar a caballo, no podía haber ordenado una ejecución. Una parte de mí quería correr hacia Alessandro, entregarle la prueba y pedirle perdón, pero el peso de mi sangre fue más fuerte. Si le daba este libro, estaría firmando la sentencia de muerte definitiva de mi padre y, posiblemente, de mi hermano Lorenzo, cuyo nombre también empezaba a aparecer en transacciones más recientes y turbias.
​Oculté el libro bajo una pila de informes irrelevantes justo cuando la puerta se abrió. Me obligué a mantener la mirada fija en la pantalla del portátil, ocultando el temblor de mis manos. No diría nada. Guardaría este secreto, no por lealtad a un criminal, sino por el dolor de no querer aceptar que mi mundo entero había sido construido sobre cadáveres. La tristeza me inundaba; era el duelo por un padre que, en mi mente, ya estaba empezando a morir.

ALESSANDRO

​Entré en el despacho con la intención de presionarla, de ver si el peso de la verdad ya había empezado a agrietar su orgullo. Bianca estaba sentada frente al escritorio, rodeada de carpetas, con la luz de la lámpara acentuando las ojeras bajo sus ojos. Parecía frágil, pero había una rigidez en su espalda que me decía que seguía luchando.
​—¿Has terminado con la sección de pagos de los muelles? —pregunté, acercándome y apoyando mis manos sobre la mesa, invadiendo su espacio personal.
​—He revisado los últimos tres años —respondió ella sin mirarme. Su voz sonaba apagada, despojada de su habitual veneno—. Hay discrepancias, como dijiste. Mi padre no era un santo de las finanzas, Alessandro. Eso ya lo sabíamos.
​La observé con detenimiento. Había algo en su tono, una nota de excesiva cautela que activó todas mis alarmas. Ella sabía algo más. Podía oler el miedo y la duda en el aire. Sabía que Bianca era demasiado inteligente para no haber encontrado los registros manuales de la Terminal 7; yo mismo me aseguré de que estuvieran allí para que los encontrara.
​—No te he pedido que me digas lo que ya sé —dije, rodeando el escritorio hasta quedar justo detrás de su silla. Me incliné, sintiendo el aroma a gardenias que emanaba de su pelo—. Te he pedido que encuentres la verdad. La verdad que tu padre te ocultó mientras te compraba joyas con dinero manchado de sangre. ¿Seguro que no has encontrado nada... inusual?
​Sentí cómo se tensaba bajo mi cercanía. Estaba protegiéndolo. Incluso ahora, después de ver la podredumbre, Bianca Valenti elegía la lealtad familiar por encima de la justicia que yo le ofrecía. Esa lealtad me enfurecía y, al mismo tiempo, despertaba en mí una envidia oscura. Nadie me había sido tan fiel jamás.
​—Solo números, Alessandro. Solo números aburridos —mintió ella, clavando la vista en la pantalla.
​La tomé por los hombros, obligándola a levantarse y a encararme. Sus ojos estaban empañados, cargados de una tristeza profunda que no esperaba ver. No era el miedo a mí lo que la consumía, sino la decepción de su propia sangre.
​—Vas a seguir buscando —le susurré, mis dedos hundiéndose levemente en su piel—. Porque ambos sabemos que Vittorio no solo robaba dinero. Y tú vas a ser la que me entregue su cabeza, aunque ahora intentes ocultarla tras tu silencio.
​La solté bruscamente y salí del despacho. En el pasillo, Isabella me esperaba en las sombras, observándome con una mirada que juzgaba cada uno de mis movimientos.
​—Ella te está mintiendo, Alessandro —dijo Isabella con voz gélida—. Lo ha encontrado y lo está escondiendo. Si fuera yo, ya me habrías sacado la información por la fuerza. ¿Por qué con ella es diferente?
​Ignoré su pregunta y seguí caminando. Sabía que Isabella tenía razón, pero quería que Bianca llegara al límite por sí misma. Quería que el peso de los pecados de su padre fuera tan grande que ella misma necesitara confesarlos para poder respirar.




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