Imperio de cenizas

9 El baile de las dagas

BIANCA

​El vestido que Alessandro había hecho dejar en mi cama no era una sugerencia; era una orden envuelta en seda color esmeralda. Tenía un escote vertiginoso en la espalda y se ajustaba a mis curvas como una segunda piel, un tono que hacía que mis ojos parecieran cristales antiguos. Mientras me miraba al espejo, retocando mis labios con un rojo carmesí, sentía que me estaba preparando para una ejecución, no para una gala benéfica en el Metropolitan Museum.
​Alessandro quería lucirme. Quería que toda la élite de Nueva York, la misma que una vez me vio como la heredera de los Valenti, viera ahora la marca invisible de su propiedad en mi cuello.
​Cuando salí al salón, él ya me esperaba. Llevaba un esmoquin negro hecho a medida que resaltaba su envergadura. Al verme, su expresión se endureció. No hubo cumplidos, solo una mirada que recorrió mi cuerpo con una intensidad que me hizo sentir desnuda.
​—Ese vestido es demasiado —dijo, su voz vibrando con una posesividad que no intentó ocultar—. Te dije que quería que estuvieras elegante, no que provocaras un infarto masivo.
​—Tú lo elegiste, Alessandro —respondí, cruzando los brazos sobre mi pecho—. Si no te gusta lo que ves, podemos quedarnos aquí.
​Él dio un paso hacia mí y me rodeó la cintura con un brazo de hierro, pegándome a su cuerpo. Su aliento rozó mi oreja mientras su mano se hundía en la seda de mi cadera.
​—No te confundas, Bianca. Me encanta lo que veo. Lo que no me gusta es pensar en cuántos ojos se atreverán a tocarte esta noche. Mantente cerca de mí. Si te alejas un solo paso, nos iremos, y te aseguro que las consecuencias no te gustarán.
​Entramos en la fiesta bajo una lluvia de flashes y susurros. El salón era un mar de joyas y trajes caros. Sentía las miradas clavadas en nosotros: los Moretti y los Valenti, unidos por un contrato de sangre y matrimonio. Un antiguo socio de mi padre, un hombre llamado Julian Vane, se acercó con una sonrisa depredadora.
​—Bianca, querida, estás radiante. Parece que el matrimonio te sienta de maravilla —dijo, tomando mi mano y besándola con una lentitud innecesaria.
​Sentí que el brazo de Alessandro, que rodeaba mi cintura, se tensaba hasta volverse rígido como el acero. La temperatura a mi alrededor pareció bajar diez grados de golpe.

ALESSANDRO

​Desde el momento en que pusimos un pie en esa maldita gala, mi autocontrol empezó a desintegrarse. Sabía que Bianca atraería miradas, pero no estaba preparado para el hambre que veía en los ojos de cada hombre que se cruzaba en nuestro camino. Era mi mujer. Llevaba mi nombre. Y, sin embargo, esos buitres de la alta sociedad la desvestían con la mirada como si fuera una pieza de arte en subasta.
​Cuando Julian Vane tomó su mano, sentí un impulso violento de romperle cada uno de los dedos. Mi mandíbula crujió mientras forzaba una sonrisa que era más una advertencia de muerte que un gesto social.
​—Vane —dije, mi voz saliendo en un tono bajo y peligroso—. Es curioso que hables de cómo le sienta el matrimonio, teniendo en cuenta que tu propia esposa acaba de pedir el divorcio por tus... indiscreciones.
​Julian palideció y retiró la mano como si Bianca quemara. Le dediqué una mirada que le dejó claro que si volvía a tocarla, no volvería a usar esa mano para sostener una copa de champán.
​—Alessandro, estás montando una escena —susurró Bianca a mi lado, intentando soltarse suavemente de mi agarre.
​—No he empezado ni a calentar, Bianca —le siseé al oído, apretándola más contra mí—. Míralos. Todos esos imbéciles están imaginando cómo sería quitarte ese vestido. Si crees que voy a permitir que te devoren con los ojos sin que sientan el peso de mi bota en sus cuellos, es que no me conoces en absoluto.
​Fuimos hacia la zona VIP, pero la tensión no disminuía. Un joven heredero, visiblemente borracho, tuvo la osadía de guiñarle un ojo a Bianca mientras pasábamos. No me detuve a pensar. Lo agarré por el nudo de la corbata y lo estampé contra una columna de mármol antes de que nadie pudiera reaccionar. El sonido del impacto silenció la música en un radio de cinco metros.
​—Vuelve a mirarla —le dije, mi rostro a milímetros del suyo, sintiendo cómo la cicatriz de mi pecho ardía con una euforia oscura—, y te sacaré los ojos con una cuchara de postre. ¿Me has oído?
​—¡Alessandro, basta! —Bianca me puso una mano en el pecho, justo sobre la marca que me dolía. El contacto de sus dedos me hizo soltar al idiota, que huyó trastabillando.
​La miré, y la mezcla de terror y desafío en sus ojos casi me hizo perder la cabeza allí mismo. Estaba furioso, ciego de una posesividad que no podía razonar.
​—Nos vamos —ordené, tomándola por el brazo con una firmeza que no admitía réplica.
​—¡Acabamos de llegar! —protestó ella mientras la arrastraba hacia la salida.
​—Ya han visto suficiente —respondí, ignorando a Isabella, que nos observaba desde lejos con una expresión de absoluto triunfo y desprecio—. Ahora quiero que seas tú la que me mire a mí. Solo a mí.
​Mientras bajábamos las escaleras del Metropolitan, supe que esta noche marcaría un antes y un después. Ya no era solo venganza. Era una obsesión que me estaba consumiendo vivo, y ella era la única llama que podía calmar el incendio.




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